
(Hans Bellmer, La muñeca)
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"Desde luego, Serena no participaba nunca de nuestras conversaciones, y ése era sin duda un vital elemento de su encanto. Mis amigos y yo pertenecíamos a esa generación de hombres que al comienzo de la madurez se había visto obligada, aunque sólo fuese por necesidad sexual, a una aburrida aceptación del feminismo militante, y había algo en la pasiva belleza de Serena, en su inmaculado pero anticuado maquillaje, y ante todo en su inquebrantable silencio, que expresaba una profunda y grata deferencia hacia nuestra herida masculinidad. En todos los sentidos, Serena era el tipo de mujer que inventan los hombres.
(...)
Una noche de domingo, en noviembre, aprendí algo más sobre Serena Cockayne. Después de trabajar toda la tarde en el estudio levanté la mirada del escritorio y la vi sentada de espaldas en el rincón. Distraído por un problema profesional, la había dejado allí sin darme cuenta después del almuerzo, y se le notaba una cierta melancolía en los hombros cargados, casi como si hubiese caído en desgracia.
Al hacerla girar hacia mí noté una pequeña mancha en su hombro izquierdo, tal vez una partícula de yeso caída del cielo raso. Intenté cepillarla, pero la mancha no desapareció. Se me ocurrió que la piel sintética, probablemente fabricada con algún plástico experimental primitivo, podría haber comenzado a deteriorarse. Encendí una lámpara de mesa y examiné los hombros de Serena con mayor atención.
Contra el oscuro fondo del estudio, la aureola de vello que cubría la piel de Serena confirmaba toda mi admiración por el genio de su hacedor. Defectos casi imperceptibles, manchas sutilmente tenues que sugerían superficiales vasos capilares, arraigaban la ilusión en el realismo más firme. Yo siempre había creído que esa obra maestra de imitación cutánea no se prolongaría más allá de unos cinco centímetros por debajo del vestido, y que el resto del cuerpo de Serena estaría hecho con madera y cartón piedra.
Mirando los angulosos planos de esos omóplatos, las modestas curvaturas de los pechos tan bien ocultos, di rienda suelta a un impulso repentino y nada lascivo. De pie detrás de Serena, tomé entre los dedos el cierre plateado y, con un solo movimiento, se lo bajé hasta la cintura.

Mientras miraba la ininterrumpida extensión de piel blanca que se prolongaba hasta un par de caderas rollizas y los inconfundibles hemisferios de las nalgas, comprendí que el maniquí que tenía delante representaba a una mujer completa, y que su creador había prodigado tanta habilidad y arte en esas partes cubiertas de su anatomía como en las visibles.
El cierre se había atascado en el extremo inferior de la oxidada cremallera. Había algo de ofensivo en el forcejeo con el vestido suelto de esa mujer semidesnuda. Mis dedos tocaron la piel de la espalda, sacando el polvo que se había acumulado allí durante años.
Entre la columna y la cadera, en diagonal, presentaba la huella de una considerable cicatriz. Di por sentado que esa marca señalaba una abertura esencial para la fabricación de esos modelos. Pero las hileras de suturas, a ambos lados de la cicatriz, eran demasiado evidentes. Me levanté, y por unos instantes observé a esa mujer parcialmente desnuda, que miraba plácidamente la chimenea con la cabeza ladeada y las manos enlazadas.
Cuidando de no dañarla, le aflojé el corpiño.
Aparecieron las curvaturas superiores de los pechos, marcadas por los breteles. Entonces vi, dos centímetros por encima del pezón izquierdo todavía oculto, un enorme lunar negro. Le subí el cierre del vestido y le alisé con suavidad la tela sobre los hombros. Me arrodillé en la alfombra delante de ella y le miré con atención el rostro, las tenues fisuras de las comisuras de la boca, las diminutas venas de la mejilla, una cicatriz infantil debajo de la barbilla. Me dominó una curiosa sensacion de excitación y de asco, como si hubiera cometido un acto de canibalismo."
(J.G. Ballard, "La sonrisa" -fragmento-, en Mitos del futuro próximo, 1982)







