martes, 1 de julio de 2014

Elizabeth Bishop: 'The Man-Moth'






(Imagen: Jaroslaw Kubicki)





EL HOMBRE POLILLA



Aquí, arriba,
las grietas de los edificios se rellenan con luz de luna machacada.
La sombra entera  del Hombre no es mayor que su sombrero.
Yace a sus pies como un pedestal en círculo para una muñeca,
y él crea una aguja invertida, punta magnetizada hacia la luna.
No ve la luna; observa sólo sus vastas posesiones,
siente su extraña luz sobre sus manos, ni cálida ni fría,
de una temperatura irregistrable por los termómetros.


Pero cuando el Hombre Polilla
tributa sus raras, aunque periódicas, visitas a la superficie,
la luna le parece diferente. Él emerge
de una rendija bajo el borde de una de las aceras
y nerviosamente empieza a escalar los muros de los edificios.
Cree que la luna es un pequeño agujero en lo alto del cielo,
demostrando que el cielo no sirve de protección.  
Se estremece, pero debe investigar trepando hasta donde pueda.


Por las fachadas,
arrastrando tras de sí su sombra como un paño de fotógrafo
escala con temor, pensando que esta vez sí llegará
a meter su pequeña cabeza en esa limpia y redonda abertura
y atravesarla, como a través de un tubo, hecho volutas negras en la luz.
(El hombre, quieto debajo de él, no tiene esas ilusiones.)
Pero el Hombre Polilla debe hacer lo que más teme, aunque
fracase, por supuesto, y caiga asustado y por completo indemne.


            Después vuelve
a los pálidos túneles de cemento a los que llama hogar. Aletea,
revolotea, y se sube a los trenes silenciosos sin tiempo
de acomodarse. Las puertas se cierran muy deprisa.
El Hombre Polilla se sienta siempre en sentido contrario
y el tren arranca de golpe a toda máquina, velocidad terrible,
sin cambiar de marchas ni aumentar gradualmente.
No puede calcular cómo de rápido viaja hacia atrás.


            Cada noche debe
viajar por galerías artificiales y soñar sueños recurrentes.
Como los tirafondos bajo el tren, aquellos se repiten por debajo
de su mente acelerada. No se atreve a mirar por la ventana,
pues el tercer raíl, la incesante corriente de veneno,
pasa allí a su lado. Lo concibe como una enfermedad
a la que es susceptible por herencia. Debe mantener
las manos en los bolsillos, como otros llevan bufandas.


            Si lo alcanzas,
acerca una linterna a sus ojos. Son solo pupila negra,
una noche entera en sí misma, cuyo horizonte de vello se estrecha
al mirarte, y de pronto cerrarse. Luego desde los párpados
su única posesión, una lágrima, como aguijón de abeja, se desliza.
Furtivamente la atrapa, y si no prestas atención
se la traga. Pero si miras, la ofrecerá en la palma de su mano,
fresca de manantiales subterráneos y tan pura como para beberse.
  


***


Here, above,
cracks in the buildings are filled with battered moonlight.
The whole shadow of Man is only as big as his hat.
It lies at his feet like a circle for a doll to stand on,
and he makes an inverted pin, the point magnetized to the moon.
He does not see the moon; he observes only her vast properties,
feeling the queer light on his hands, neither warm nor cold,
of a temperature impossible to record in thermometers.

                     But when the Man-Moth
pays his rare, although occasional, visits to the surface,
the moon looks rather different to him. He emerges
from an opening under the edge of one of the sidewalks
and nervously begins to scale the faces of the buildings.
He thinks the moon is a small hole at the top of the sky,
proving the sky quite useless for protection.
He trembles, but must investigate as high as he can climb.

                     Up the façades,
his shadow dragging like a photographer’s cloth behind him
he climbs fearfully, thinking that this time he will manage
to push his small head through that round clean opening
and be forced through, as from a tube, in black scrolls on the light.
(Man, standing below him, has no such illusions.)
But what the Man-Moth fears most he must do, although
he fails, of course, and falls back scared but quite unhurt.


                   Then he returns
to the pale subways of cement he calls his home. He flits,
he flutters, and cannot get aboard the silent trains
fast enough to suit him. The doors close swiftly.
The Man-Moth always seats himself facing the wrong way
and the train starts at once at its full, terrible speed,
without a shift in gears or a gradation of any sort.
He cannot tell the rate at which he travels backwards.

                     Each night he must
be carried through artificial tunnels and dream recurrent dreams.
Just as the ties recur beneath his train, these underlie
his rushing brain. He does not dare look out the window,
for the third rail, the unbroken draught of poison,
runs there beside him. He regards it as a disease
he has inherited the susceptibility to. He has to keep
his hands in his pockets, as others must wear mufflers.

                     If you catch him,
hold up a flashlight to his eye. It’s all dark pupil,
an entire night itself, whose haired horizon tightens
as he stares back, and closes up the eye. Then from the lids
one tear, his only possession, like the bee’s sting, slips.
Slyly he palms it, and if you’re not paying attention
he’ll swallow it. However, if you watch, he’ll hand it over,
cool as from underground springs and pure enough to drink.





(Elizabeth Bishop, "The Man-Moth".
Traducción: Rubén Martín.)






jueves, 19 de junio de 2014

una especie de realismo






FRANCK MAUBERT: Así que [antes de dedicarse a la pintura] diseñaba muebles, sillas, mesas, alfombras, espejos... ¿Se pueden ver en algún sitio?

FRANCIS BACON: Quizá en Alemania, no sé muy bien dónde; se los llevaron durante la guerra... Una mujer alemana lo compró todo.

F.M.: ¿De qué estilo era aquel mobiliario?

F.B.: Se parecía más que nada a los muebles cromados de Le Corbusier y de Charlotte Perriand. En aquella época su trabajo me parecía interesante. Yo diseñaba mesas, escritorios, sillones con ese espíritu, y hasta me había comprado una de aquellas sillas, que me gustaba como escultura. Pero como silla no era nada cómoda, en absoluto. Eran objetos bellos, muy "clínicos".

F.M.: ¿De ahí le viene el gusto por lo que usted llama una pintura "clínica"?

F.B.: Yo quería hacer una pintura "clínica" en mi opinión, ¿comprende? Los objetos de arte más grandes son "clínicos".

F.M.: ¿Podría precisar ese término, por favor?

F.B.: En inglés se dice clinical. De modo que cuando empleo la palabra "clínico" quiero decir el realismo más total. Como hoy día es imposible de definir, es imposible hablar de él.

F.M.: Clínico ¿es algo frío, distante?

F.B.: Una especie de realismo, pero no tiene por qué ser frío. Ser "clínico" no es ser frío, es una actitud, es como cercenar alguna cosa. Pero es verdad que todo eso está relacionado con la frialdad y la distancia. A priori, no hay sentimientos. Pero, paradójicamente, puede provocar un enorme sentimiento. "Clínico" es estar lo más cerca posible del realismo, en lo más profundo de uno. Algo exacto y tajante. El realismo es algo que te turba...

F.M.: ¿Una relación directa entre su vida y su pintura quizá?

F.B.: Sí, sin la menor duda lo primero es trabajar sobre uno mismo... Yo querría lograr una pintura "clínica", en el sentido en que Macbeth es clínica. Los grandes poetas son unos formidables activadores de imágenes. Sus palabras me resultan indispensables, me estimulan, me abren las puertas del imaginario (...). Los poetas me ayudan. A pintar, sí, y sobre todo a vivir. Shakespeare puede decir cosas muy agudas... Pero, a veces, hay demasiada palabrería, muchos vuelos líricos. Me gusta, por encima de todo, Macbeth... Nada más terrorífico, más horrible que Macbeth. Es un concentrado del mal.





F.M.: Entonces, el verdadero disparador ["el que le suscitó las ganas de pintar"], ¿cuál fue?

F.B.: Más adelante, en Londres, hubo otro "disparador", como dice usted, ante el mostrador de la sección de carnicería de Harrods, los grandes almacenes. No se sabe por qué te emocionan ciertas cosas. Es verdad, adoro los rojos, los azules, los amarillos, la grasa de la carne. Somos de carne, ¿no? Cuando voy a la carnicería siempre me parece sorprendente no estar allí, en el sitio de los trozos de carne. Y luego, hay un verso de Esquilo que atormenta mi espíritu: "El olor a sangre humana no se me quita de los ojos"...

Se interrumpe, alza los ojos al techo y después continúa.

La carne ha impresionado de verdad todos mis instintos. Fue un choque visual. Magníficamente visual. Me dije, mira, se podría hacer algo con todas esas cosas que te emocionan. De vez en cuando hay algo que nace de ahí y se convierte en un material de trabajo. Y yo me lo he apropiado. Era algo que me venía muy bien. 

F.M.: La carne forma parte de la historia de la pintura desde hace mucho tiempo. De todas formas, ¿no conocía a Rembrandt, por ejemplo, antes de experimentar esas emociones?

F.B.: No. Y no se trataba de una emoción estética, ya que nuestras emociones raramente son estéticas... Era Rembrandt el que decía: "Echaos para atrás: el olor de la pintura no es sano".




F.M.: Dalí decía que ante las pinturas de Velázquez se veía hasta qué punto uno es una nulidad.

Se incorpora.

F.B.: Hablamos de pintura, ¿no? No me gusta demasiado la grandilocuencia de Dalí. Pero, respecto a lo que dijo de Velázquez, tengo que darle la razón. Un artista lo absorbe todo. ¿Qué artista no está influido por otro? Tomas de otro lo que puedes si te hace falta, Todos los pintores hablan de otro pintor y a veces roban cosas de otro. Es necesario intentar ir más allá. Yo lo probé con mis variaciones en torno al retrato del papa Inocencio X, en los años cincuenta, pero no estoy contento de esos papas.

F.M.: ¿Había visto el cuadro de Velázquez antes de emprender su serie?

F.B.: Solo en reproducciones, y ¡en blanco y negro! La idea de un papa en movimiento me vino de la acción. Cuando doy la primera pincelada sobre la tela, no sé adónde voy. (...) Al principio me interesé en la boca, solo la boca. Todo el interior, sus formas y sus colores. Tenía aquel libro sobre las enfermedades de la boca y quería tratarla como una puesta de sol de Monet. El asunto fracasó, por supuesto. Quizá algún día lo consiga...




F.M.: Sabemos que usted es uno de los pintores vivos mejor cotizados, y cuando se pronuncia su nombre la gente se pregunta enseguida qué hace usted con su dinero. Y aún se lo puede preguntar uno más cuando ve la gran austeridad con la que vive y trabaja. ¿Qué hace con el dinero?

Francis Bacon, como tantas veces, se ríe a carcajadas y barre la superficie de la mesa con el revés de la mano.


F.B.: ¡Ah, el dinero! ¡Mi dinero! El dinero, ¿sabe usted?, me importa un bledo. ¡No me dedico a la pintura por dinero! Doy bastante. La mayor parte de lo que gano es para mi hermana y para uno de mis amigos más queridos. (Risas) Mi hermana es nueve años menor que yo y vive en Sudáfrica. Y pago impuestos, ¿sabe? Me quitan más de la mitad de lo que gano, pero me importa un bledo. No me parece escandaloso. Hay que ayudar a los hospitales, por ejemplo. Ahora los servicios de salud están cambiando...

F.M.: Dicen que a veces reparte fajos de billetes entre desconocidos, por la calle, de noche...

F.B.: ¿Quién le ha contado eso? Sí, es verdad, ha ocurrido alguna vez, por la noche, en la calle... ¿Qué importancia tiene?

F.M.: De todas formas, con su dinero ayuda también a personas cercanas en dificultades, es generoso...

Se inclina ligeramente de hombros.

F.B.: El dinero es para gastarlo, ¿no cree?





F.M.: De manera que el dinero no le interesa.

F.B.: ¡Claro que sí! ¡Sí, me gusta el dinero! Pero yo no tengo necesidades, invito a los amigos, viajo de vez en cuando. Tengo muy pocos gastos. Me gusta ir a buenos restaurantes. Y comprar ropa, también...

F.M.: ¿Ropa? Pero si casi siempre lleva las mismas camisas y la misma cazadora.

F.B.: ¿De verdad? (Risas). Cuando uno envejece se vuelve tan espantoso que hay que compensarlo con la ropa. La ropa ayuda. El dinero sirve para tener una vida menos imposible.

F.M.: Se encuentra espantoso, pero aun así se ha representado bastante. Todos esos autorretratos...

F.B.: Soy viejo y feo. Y detesto mi cara, igual que me resulta penoso oír mi voz. Es espantosa. Lo mismo que ver fotos de mí mismo. Cuando hacía autorretratos era porque en aquel momento no tenía nadie más a quien pintar. ¿Sabe usted?, Franck, he perdido muchos amigos. Prefiero a la gente guapa. La juventud lo es todo.

F.M.: De todos modos, tortura usted la belleza.

F.B.: Me gustan las heridas, los accidentes, todo aquello donde la realidad abandona sus fantasmas... (Risas). Pero bueno, la fealdad puede ser interesante y fascinante, ¿no?









jueves, 3 de abril de 2014

Acerca de "Fármaco"



"el martillo, el cincel y la cizalla están aquí..."




El Estado y sus metáforas clínicas. Adolf Hitler como “cirujano de Alemania”, Jorge Videla hablando de la subversión como tumor que era preciso “operar sin anestesia” y “hasta el hueso”. O Fidel Castro en 1985: "La deuda es un cáncer, entiéndase que es un cáncer que se multiplica, que liquida el organismo, acaba con el organismo; es un cáncer que requiere una operación quirúrgica. Toda solución que no sea quirúrgica, les aseguro, no resuelve el problema". Menos llamativas acaso, por habernos acostumbrado a ellas, las metáforas clínicas de la Economía: oímos continuamente hablar de ‘activos tóxicos’, del ‘contagio’ de la crisis, su ‘diagnóstico’ y sus ‘síntomas’, de ‘países intervenidos’, de ‘inyecciones de liquidez’, de ‘medidas preventivas’ para el ‘saneamiento’… 


Todas ellas conformando un mismo metarrelato: las acciones del estadista o tecnócrata representadas como intervenciones quirúrgicas, con la asepsia del quirófano y el ascetismo de la ciencia; el temor a la enfermedad y la muerte extendido a todo el cuerpo social; el sufrimiento como mal necesario (pre y postoperatorio); la objetividad fría e inevitable del diagnóstico; la extirpación de los elementos necrosados o infectos; el investimiento con la pureza moral del cirujano y su poder demiúrgico, taumatúrgico. Traumatúrgico.



***


Fármaco (un tríptico) es un texto escrito con rabia como intento de respuesta -visceral e intelectual- a este tumor de lenguaje, a esta proliferación del miedo, entre finales de agosto y mediados de noviembre de 2013. También como un nuevo ajuste de cuentas con otras cuestiones que me han obsesionado desde hace muchos años. Es grito y tesis doctoral al mismo tiempo, resultado de un trabajo de investigación y recreación diarios durante el periodo mencionado. El sentimiento de urgencia -irracional, supongo, en gran medida- que lo provocó hizo que, por primera vez, concibiera el poema como algo que debía ser publicado de inmediato, pues no pertenece sino a este ahora y este aquí. Podéis leerlo en el número de febrero de la revista digital Kokoro.






domingo, 9 de marzo de 2014

Dos poemas de Leopoldo María Panero





(Joel-Peter Witkin, The Kiss)






EVE


Porque hiciste mi gesto eterno supe
que eras la muerte: porque ella sólo podía
amarme si no había
                             hombres para mí, vivos:
sólo ella
             podía amarme: y supe también que tú eras
la muerte, y que me amabas.
El rostro de la Humanidad era
para mí el de nadie: como para ella,
como para ti: eres negra y no quieres
nada de lo que vive y no sabe
hasta morir que te desea.
                                      Y vi a través de ti, cómo surgían
y surgen cabezas de la tierra helada:
cabezas, yelmos, corazas, espadas
es el fruto que cosecha la tierra en este año
que tanto recuerda al Último, al siguiente,
y me amaste porque yo lo veía, porque
veía crecer ya en el huerto el fruto
monstruoso que incorporaba en sí
todo dolor e injusticia y desastre
y me dijiste: «He aquí mi primer hijo
yo que nada sabía del ridículo gesto
de nacer!». Y agregaste:
«Este reirá de todo,
y lo encenagará todo con
el veneno de su risa mortal:
                                         cuando no haya nadie
que recuerde cómo se reía, este reirá».
Y te reíste de mí, como mi madre
al ver que yo había nacido de ella.
                                                    Tan inmenso
era el frío en las ciudades
que algunos sabían que no era locura
ni es, creer que caerán —sobre mí
o seré yo el que caiga al morir sobre tu cuerpo.
                                                          Pero en el frío crecían
seguían creciendo —la peor de las alfombras
de césped— los huesos y la carne de los soldados
que crecían sobre la tierra helada. Y me dijiste:
«ellos no tendrán miedo, porque están
muertos, lo mismo que tú que me amas,
                                                             a mí que soy negra
como la vida e hice una piedra de tu gesto»
Y los muertos brotaban sobre la tierra húmeda
—cabezas, yelmos, corazas y espadas
porque la Muerte se había hecho vida.
                                                           Y pregunté
—te pregunté entonces—: «Será mi alma
buen alimento para perros?» Y contestaste: «no esperes
que ella sirva para otra cosa: fue creada
y pensada lo mismo que tu cuerpo y huesos para
nutrición de los perros finales —lo mismo
que tu palabra». «Y ¿nada he de esperar?» «Nada».
Y vi como espadas y corazas y yelmos
surgían sobre el campo más yermo.
Y me olvidé.











(David Nebreda)






MANCHA AZUL SOBRE EL PAPEL


Para encontrarse otra vez como perdido
- Hegel


Leí mucho y no recuerdo nada. Y en la
habitación del fondo mi madre
se pudre, es un pez. El
palacio de la locura está
lleno de animales
                           verdes con
motas anaranjadas como ácidos y
cubiertos de polvo: entra,
ven.
        No me acuerdo de ti, Pere
decía, creo, lo contrario, Pound
sin talento, a Paz le
gustó mucho: moscas
vuelan alrededor del árbol. Oh, yo
también devoro moscas, a veces me atraganto, tantas
hay, crudas, sí, que no resisten
la cocción (Capítulo III de
L´Alchimie rétablie de Canseliet, «So-
llicitations trompeuses et..............»),
los senos del niño. Enormes y caídos. Qui
scribit bis legit.
                        Y en los ojos una escalera empieza.
Y vuelvo, vuelvo como un sueño,
como los sueños vuelven, sin entrar,
vuelve a soñarme, allí. Mientras duermen,
duermen, duermen, en la Morgue
"avec les yeux grand ouverts" —vuelve
y la casa desierta, o hay extrañas
gentes que no conozco, cerebros ilegibles. Largo
el viaje por mar. Y en la habitación condenada se
encontró, muertos,
los extraños que vivían allí,
en la casa del confín (Hogdson)
                                                 sin hablar, un niño
enteramente recubierto de escamas —al tocarlo
sentimos una humedad, afilada y
fría como un cuchillo: sin conocernos. Había
también la soga colgada de una moldura
con la forma, en su extremo,
de una cabeza.
Suicidarse y seguir viviendo,
esta frase pertenece a alguien, a
Nijinski, quizá,
no estoy seguro —Largo
el viaje por mar. En una isla había
una caverna y dentro un
enano que no quiso decirnos su nombre.
Una rana le colgaba de la boca, casi lo olvido.
                                                                       Y mi madre
acariciaba al niño de escamas, y de
vez en cuando retraía
la mano y la ponía
cerca de sus ojos, para mirar la humedad, las
gotas de agua fría deslizándose
sobre la piel. (Estaba
ciega como yo.) El
palacio de la locura está
lleno de agua y peces ciegos que tropiezan
en las profundidades, que relumbran. Ven, así
estás a salvo (golpeado, año tras año
por un látigo de luz, hasta la muerte), mucho menos
atroz estás a salvo: los peces
no hablan, lo mismo que los niños, no
se encadenan a una charla en la
que nadie responde ni te
responderá nunca, y que cesa
nada más formularse la pregunta —Do
I dare demasiado me atreví: sale agua
de mis ojos, y los ojos cosidos y la
boca ve y ando con los oídos. Escú-
chame tú, que pasas al lado, que me rozas
por la calle, ange à moitié mort. Que me rezas.
Cesa todo cuando se pregunta, dejan
de hablar. Se van. Guardó la
mano muerta de su hija en un vaso
con agua.
                Una mosca
come en mi mano. Una lluvia de sangre
cayendo en el cerebro de Charles. Hacía
frío Fort, la noche en que murió hacía
frío, sí, lo recuerdo, llovía. Pere
Gimferrer  —contrapunto
como en el canto VII de Pound  —no mera
sucesión de pinceladas, narración
ciega, sino la vida
y la mente toda puestas en juego,
y perdidas— aquí. Pere
Gimferrer y Carnero se casaron
en octubre, y su hija
de enorme falo goteando,
colgando, muerta.
Balanceándose como un péndulo,
mortal, goteando, en lo oscuro.
Hay un falo en mi boca, dos, y otro
erecto en mi ano, otro
lo arrastran mis pies.
                                Otro
cuelga de mi cabeza y araña
al pasar las paredes y deja
un rastro, y un sonido. Pero
al morir Charles Fort dijo:
Mi hijo está desnudo, allí,
en el suelo, la llave. Y esos no son
de mi Pueblo. Oculto
donde todos me ven, sello
de la carta robada, soy una princesa.
                                                         Ven a donde huyo.
Jamás me pudieron encontrar. Dije: estaré
siempre en el bosque, perdido,
en el bosque donde nací. Llueve,
llueve sobre el sexo de una mujer. Y bajo
el sol, rodeado de muchos, tengo frío. Y dije:
                                                                      «Ese que va allí,
ese que corre, que
                              al volverme hace una mueca,
                                                                           soy yo.
                                                                      Ácido disuelto
                                                                                en agua
caída sobre el papel.»






(De Narciso en el acorde último de las flautas, 1979)




ADDENDA: GLOSA A UN EPITAFIO




(De izquierda a derecha: Leopoldo María Panero, Sebensuí A. Sánchez, Rubén Martín y Begoña Callejón, Granada, 2010)


Conocí a Leopoldo María Panero durante una desquiciada semana del año 2010 en la cual permaneció en Granada. La única vez que el poeta visitó esta ciudad: nunca antes había sido invitado a engrosar la caudalosa lista de recitales, premios, conferencias y presentaciones de libros que se celebran anualmente en ella. Por supuesto, nada que tuvo que ver la Universidad ni otros cauces de la cultura oficial, sino con la obsesión de dos personas: Tomás García, editor de la modestísima editorial Alea Blanca, y Alfredo Rasines, quien peregrinó a las Islas Canarias y se instaló allí durante meses viviendo al parecer en una situación de casi indigencia hasta lograr gestionar su visita. De Rasines me diría Panero: está demasiado loco, me da miedo; esto permite hacerse una idea del talante de aquel proyecto del que había escuchado hablar, y por el que personalmente no hubiera apostado un céntimo, pero que terminó haciéndose realidad gracias también al poeta canario Sebensuí A. Sánchez, quien estaba encargado de acompañar al escritor y velar por su salud. Meses antes, recibí la llamada de Tomás García, confirmando que Panero venía a la ciudad y que Alea Blanca iba a organizar un recital y un pequeño volumen con inéditos; me instó a colaborar en todo ello, junto a Begoña Callejón, de quien solo conocía Las putas comen sushi, un pequeño poemario de feroz filiación paneriana. La propuesta me sorprendió bastante, ya que por entonces no podía estar más alejado del ambiente poético local y, salvo mi traducción de Emily Dickinson y algunos poemas publicados en plaquettes con motivo de un par de recitales, apenas tenía nada nuevo que mostrar desde hacía años, ni intención de hacerlo en breve.

Nos había elegido a Begoña y a mí porque deducía nuestra admiración por el autor de Last river together; una devoción no basada en su leyenda maldita ('que no usen mi torpe biografía para juzgarme', llevaba pidiendo desde hacía mucho) sino en sus demoledores e inclasificables libros de los años 70 y 80. No la locura, sino el discurso de la locura. Poemas como estos: brutales, monstruosos, en los que se jugaba a vida o muerte con la literatura concebida como demencia colectiva, atravesados de referencias a Pound, Lacan, la cosmología gnóstica o el Apocalipsis. Al parecer no éramos tantos los que en Granada un lugar donde la apacible sombra de la llamada "poesía de la experiencia", con su halo de desprecio a toda indagación en el lenguaje que no oliera a Jaime Gil de Biedma y sus epígonos, gravitaba aún pudiéramos decirnos influidos por él. Panero ejercía fascinación, pero probablemente muchos de los que asistieron a aquel multitudinario recital en el Jardín Botánico sabían de él -en el mejor de los casos- poco más que lo mostrado en la película de Jaime Chávarri. Con todo, fuimos unos privilegiados y no me sorprendió que hubiera quienes nos miraran con desconfianza, pese a que algunos que lo hicieron no serían capaces de mencionar siquiera dos libros suyos. (No me cabe duda de que Panero es uno de los poetas más leídos de España, pese a no haber recibido nunca un premio literario; pero se dice que en España la poesía se lee poco y mal.)

¡Rubén Martín...! ¡Poeta loco! fueron las primeras palabras que me dirigió, tras darme la mano sonriendo y antes de estallar en una rugosa carcajada, una risa inimaginablemente extraña que sería una de las constantes vitales de aquella semana. La noche en que me presentaron a Leopoldo María Panero acabaría siendo una de las más relevantes de mi vida reciente, pues también conocí a Begoña Callejón, quien sería después para mí la hermana que nunca tuve y me ayudó como nadie a sobrevivir a una de las etapas más caóticas de mi existencia. No tengo claro por qué cuento esto. Tal vez no puedo disociar esa risa desquiciada de la mirada luminosa y la sonrisa delirante de Begoña, con el fondo de mi propio estado mental derruido que sin embargo se dejaba contagiar por todo ello. El librito que íbamos a sacar para celebrar ese encuentro se titularía, irónicamente, Locos de altar. Para Panero no era más que una excusa para salir del manicomio, y en ningún momento trató de disimularlo; para nosotros, una excusa para conocer a Panero. Todos contentos y nosotros, concretamente, eufóricos. 


(Begoña Callejón y Leopoldo María Panero, 2010)

En ese primer encuentro en un bar del centro de Granada, en el cual Panero bebía coca-colas a tal velocidad que los camareros pasaron de la confusión a la desesperación, al no dar abasto con el registro de tapas que correspondían a las consumiciones, apenas hablé con él; la impresión de estar delante del autor de poemas que me han fascinado durante años era demasiado entumecedora, y me refugié en ir trazando lazos con Begoña y Sebensuí. Tras ser pagada la cuenta, el poeta nos acompañó al cuartel general de Alea Blanca, que recuerdo como un almacén repleto de ordenadores obsoletos y libros antiguos de toda índole; allí fuimos comprobando cómo la conversación con Leopoldo María Panero era muy semejante a sus poemas: a veces hilarante, a veces mortalmente seria, siempre enferma de la más poderosa literatura. En un solo parlamento cruzaba de forma vertiginosa frases en sus idiomas originales de Dante, Corbière, Blake, Virgilio o Pound. Reconocí una cita de este último ("the frogs singing against the fauns") y él respondió, muy serio: vaya, por fin un hombre con el que se puede hablar, para después soltar una de sus explosivas carcajadas. A partir de ese momento acercarme a él fue mucho más sencillo, aunque la tensión jamás se perdía. Panero era imprevisible y quizá por ello resultaba tan agotador seguir su torrente verbal y vital, seguirle hacia lugares desconocidos y de pronto delirantes. Reía y bromeaba, y de pronto su mirada se ensombrecía terriblemente, afirmando con crudeza: no soy un niño gilipollas. Recitó unos versos en inglés que no pude identificar y señaló: John Donne es mi poeta favorito. Aproveché para mencionarle su poema 'Ann Donne: undone'; me miró fijamente y corrigió mi pronunciación de la palabra undone con una fría rotundidad que me puso literalmente la carne de gallina, para después hablarnos de la dedicatoria de ese poema y otros a Ana María Moix. Era imposible rehuir la sensación de que, debido a la tortura yatrogénica de la que había sido víctima, Panero vivía en gran medida atrapado en el pasado, no sabría decir si por voluntad propia. A lo largo de esa semana, el hueco sintáctico de John Donne lo cubrirían muchos otros: T. S. Eliot es mi poeta favorito; Mallarmé es mi poeta favorito; Villamediana es mi poeta favorito; Ezra Pound es mi poeta favorito, en sentencias que parecían obedecer a las fluctuaciones de su estado de ánimo. 





Dictó a Tomás García un puñado de poemas inéditos, con una mezcla de desinterés y desdén hacia ellos; en cambio, cuando le mencionábamos alguno de sus poemas de Teoría o Narciso en el acorde último de las flautas comenzaba a recitarlos de memoria, con verdadero orgullo, con tremenda gravedad. Panero nunca ha ocultado que escribe por dinero desde hace muchos años. Ese fue el titular de la entrevista que le hicieron esos días en un periódico local, donde respondió a las ingenuas preguntas del periodista con su habitual talante corrosivo: Detesto el 'Romancero Gitano' de Lorca, me parece un libro repugnante. Ese tipo de herejías que la Poesía Española nunca le ha perdonado, menos aún que su talento o su escandalosa vida, como cuando dijo que Antonio Machado es un poeta para el bachillerato o No me gusta el Quijote, es una novela río asquerosa. El placer de blasfemar, de decir como los niños lo que muchos adultos respetables opinan y callan, es un privilegio exquisito del loco y un atentado contra quienes viven de la sacralización de la literatura. Contra la cultura española en general, y sus altares. Qué feo es Javier Bardem. Yo creo que podría matarlo telepáticamente. Conozco a un loco de mi manicomio que provocó con telepatía un accidente de trenesOtro privilegio: la fabulación, el cruce laberíntico donde la ficción trasmuta quién sabe qué realidades. ¿Sabes, Rubén? La CIA nos encerró en un manicomio a todos los de la antología de Castellet. Si no llega a ser por los poderes de Gimferrer, no hubiéramos podido escapar, me diría en otro momento. Qué listo es Gimferrer, era el más inteligente de todos...



                                                                                      (Leopoldo María Panero y R.M., 2010)


Como no podía ser de otra forma, el recital que organizamos en el Jardín Botánico fue un completo desastre. Begoña Callejón y yo intentamos recitar unos cuantos poemas para caldear el ambiente, pero Leopoldo, sentado cerca del micro, no dejaba de hacernos reír con bromas de mal gusto, obscenidades y frases inconexas. Después fue su turno y continuó haciendo lo mismo; se negó a leer los poemas de Locos de altar "este libro es una mierda, no quiero leer poemas de él", y comenzó a divagar sobre la CIA y sobre que España es un país insoportable, que si hubiera nacido en Francia las cosas serían distintas para él. El público por lo general estaba contento de la oportunidad de oírle, aunque un paleto con pinta de no haber abierto un libro en su vida ni ayudado de fórceps se sintió estafado y rebuznó improperios en voz alta, ante la risueña indiferencia del poeta. Todo ello en la ciudad donde se expele el premio de poesía más ambicioso del país, con una pantagruélica dotación de decenas de miles de euros, discursos de concejales de 'cultura' y copiosas cenas a costa de dinero público. Pensado así, su performance era un involuntario y refrescante corte de mangas.   

Después hubo una especie de celebración, en un café-bar cercano a la calle Pedro Antonio de Alarcón, al que por desgracia Begoña no pudo asistir. Se instaló un micro e improvisó un escenario, donde varios espontáneos recitamos poemas suyos. Leí 'La canción del crupier del Mississippi' y Leopoldo, que estaba sentado cerca, murmuraba o declamaba entre dientes algunos de sus versos: "Escribir en España no es llorar, es beber, / es beber la rabia del que no se resigna / a morir en las esquinas, es beber y mal / decir, blasfemar contra España / contra este país sin dioses pero con / estatuas de dioses...". A pesar del alcohol o gracias a él, pocas veces me he sentido tan electrificado por lo que recitaba como aquella vez: "... caerse húmedo babeante y tonto y / derrumbarse como un árbol ante los farolillos / de esta verbena cultural". De las muchas anécdotas memorables, quizá me quedo con una protagonizada por la poeta Natalia Manzano, que tímidamente se acercó a la mesa en que estábamos para decirme algo que no recuerdo. ¿Tú me has leído?, le preguntó Panero de pronto. «Sí», respondió ella. Entonces siéntate aquí. Hubo después más días con Leopoldo María Panero, más momentos de extrañeza, deslumbramiento y desconciertos, pero al fin y al cabo todo se reduce a eso, a ese gesto cordial y al mismo tiempo orgullosamente exclusivo, sectario casi. Estábamos allí sentados con Panero porque lo habíamos leído. No por el malditismo ni la leyenda ni el morbo que algunos pretenden cifrar como su única razón de ser, y que no son nada. "Vivo en la fantasía paranoica del fin del mundo y no solo no pretendo salir, sino que pretendo que los demás entren en ella", nos dijo también, citando de memoria palabras suyas de hacía décadas. Ahora el fin del mundo personal de Leopoldo ha llegado, después de sobrevivir a sus padres, sus hermanos, a Ana María Moix tan solo unas semanas. Inevitable pensar en aquello de la 'muerte propia' rilkeana, al fin con un gesto de paz y serenidad según cuenta su doctor. Inevitable sentirse triste, aunque Leopoldo se jactara de llevar muchos años ya muerto. Inevitable sentirse parte de unos pocos escogidos. Hora por fin de leer al poeta y olvidar al loco, el muerto viviente, el outsider. De leer el poema.






martes, 11 de febrero de 2014

Jorie Graham: 'Bucle de retroalimentación positiva"






Estoy escuchando en este silencio que precede. Olvida
todo, empieza a escuchar. Punto de inflexión, punto
de ignición,
chimeneas convectivas en los mares que Groenlandia delimita. Hace tiempo hubo allí trueno y
salvas en las cuatro esquinas del horizonte, era la 
                                               guerra.
En el Infierno vacían de arena tus manos, te dicen que las llenes de polvo e intentes
                                               pensar las Aguas Profundas del Atlántico Norte
                                              que asimismo contienen 
aportaciones del Mar del Labrador y arrastres de otras masas de agua, intenta pensar un
                                               colapso completo, en la corriente del Atlántico, en la
                                               circulación termohalina, esto
                                               ocurrirá,
los peces mueren de hambre en la Gran Barrera de Coral, la nueva Era de las Extinciones ha
                                               llegado
                                               dice el silencio-que-precede—no sabes lo que
se acerca, un tiempo
                                               más allá de lo creíble. ¿Quién es uno cuando uno se llama a sí mismo              
                                               uno? Una orquesta se apaga. Tenemos otros planes
                                               para tu verano es la canción. También para tu
invierno. Quizá las esclusas de Isigny
                                               resistan, iré a
                                               verlas
mañana. Aprenderé cuanto hay allí sobre este mi cónyuge, el futuro, aquí en mi
                                               tierra la casa de mis padres, el jardín de
                                               seguir pensando
en ellos, no existe nada más de hecho que el
                                               pasado, cuenta los días cuenta las ciudades que
                                               has
visitado, incluso lo que viene a mantenerte en vela, o el rocío cuando por fin duermes—¿podrás algún
                                               día penetrar en lo extraño, el nombre que es tuyo, que
                                               “es” tú?—
el lugar donde los muertos te abrazan, y puedes sentirlo, el sabor de la
amargura, y querrías hablar por toda tu especie pero
se reirían de ti—los nombres y la especie—hasta el aire enrarecido se reiría es lo que
hace mira—
pluma, ciénaga invisible,
retroalimentaciones positivas—y otra vez las chimeneas, y cómo es que al rayo de sol se lo asimila
                                               libremente, y acaso podía ser de otra forma para
                                               este huésped
                                               nuestro invitado,
nosotros que empezamos como manos, magia de dedos, levantando umbrales nuestros piedra a piedra,
                                               piel desplegada entre la vida y la muerte,
siempre alzando humo para hacer propicia la estrella que podría oscurecerse, compensadla pronto
                                               antes que os mate, piensa más y más en ella,
                                               hasta que tus mismos pies estén
                                               exhaustos no sólo tu
                                               corazón—la
piel, la carne, el calor, la tierra, el grano, el sonido del canto de cada pájaro escuchado a través de los
milenios, las estrategias del otoño para con el invierno, esquirlas de tiempos de ensoñación, belleza
                                               punzante, sí, siempre fuimos
                                               vulnerables a la
                                               belleza, por qué no iba a ser
así—las maravillas del tiempo cuando pasa y las cosas crecen, y los desgarros de la muerte
                                               cicatrizan, y llegan las flores que uno puede
                                               mirar solo
                                               un instante
                                               más, asimilarlas, y la mente
se encuentra insegura otra vez, llama, algo le cuelga la llamada, tal que así, escuchas
                                               cómo el receptor se apaga, la corriente y su final,
                                               un algo más que sonríe en otro lugar de otro mundo,
nosotros en La Gran Agonía otra vez, la hora en que la vida terrestre vuelve a ser casi por completo
erradicada—debemos ser pacientes—debemos esperar—es un
                                               hermoso atardecer, un poco de comida un poco de bebida—
                                               saldremos
al porche y el atardecer vendrá a envolvernos, descarado,
                                               parpadeante, abundante, como si nos descubriera,
todo dentro y fuera debajo del alero, hasta la hierba que parece empujar dentro de este mundo
nuestro como si brotara de
añoranza por él,
                                               reluciente.







                                             
(Del libro Rompiente, de Jorie Graham.
Próxima publicación en Bartleby Editores.
Traducción: Rubén Martín)                  





POSITIVE FEEDBACK LOOP
(June 2007)


I am listening in this silence that precedes. Forget
                                                               everything, start listening. Tipping point, flash
                                                               point,
convective chimneys in the seas bounded by Greenland. Once there was thunder and also
                                                               salvos at the four corners of the horizon, that was
                                                               war.
In Hell they empty your hands of sand, they tell you to refill them with dust and try
to hold in mind the North Atlantic Deep Water
which also contains
contributions from the Labrador Sea and entrainment of other water masses, try to hold a
complete collapse, in the North Atlantic Drift, in the
thermohaline circulation, this
will happen,
fish are starving to death in the Great Barrier Reef, the new Age of Extinctions is
now
says the silence-that-precedes—you know not what
you
are entering, a time
beyond belief. Who is one when one calls oneself
one? An orchestra dies down. We have other plans
for your summer is the tune. Also your
winter. Maybe the locks at Isigny
                                                               will hold, I will go look at
                                                               them
tomorrow. I will learn everything there is of this my spouse the future, here on my
                                                               earth my parents´ house, the garden of
                                                               the continuing to think
about them, there is nothing else in fact but the
                                                               past, count the days count the cities you
                                                               have
visited, also what comes to keep you awake, also dew while you finally sleep—can you ever
                                                               enter the strange thing, the name that is yours, that
                                                               “is” you—
the place where the dead put their arms around you, & you can just taste it the
                                                               bitterness, & you would speak for your kind but
they will laugh at you—both the naming and the kind—also thin air will laugh that´s what
                                                               it´s doing look—
                                                               feather, invisible bog,
positive feedback loops—& the chimneys again, & how it is the ray of sun is taken in
                                                               in freedom, & was there another way for
                                                               this host,
                                                               our guest,
we who began as hands, magic of fingers, laying our thresholds stone upon stone,
                                                               stretched skins between life and death,
always smoke rising to propitiate the star that might turn black, quick give back to it
                                                               before it kills you, speed your thought of it,
                                                               till your feet themselves are
                                                               weary not just your
                                                               heart—the
skins, the flesh, the heat, the soil, the grain, the sound of each birdcall heard over the
millenia, autumn´s maneuverings into winter, splinters of dream-filled times, beauty
                                                               that pierces, yes, always we were
                                                               vulnerable to
                                                               beauty, why should it be
otherwise—time and its wonders as it passes and things grow, & the rippings of death
                                                               heal, & the blossoms come which one can
                                                               just for a
                                                               minute longer
                                                               look at, take in, & the mind
finds itself uncertain again, it calls, something hangs up on it, just like that, you hear
                                                               the receiver go down, power and its end,
                                                               something else smiling elsewhere on another world,
us in The Great Dying again, the time in which life on earth is all but wiped out
                                                               again—we must be patient—we must wait—it is a
                                                               lovely evening, a bit of food a bit of drink—we
shall walk
out onto the porch and the evening shall come on around us, unconcealed,
blinking, abundant, as if catching sight of us,
everything in and out under the eaves, even the grass seeming to push up into this our
world as if out of
homesickness for it,
gleaming.



(Jorie Graham, Sea Change, 2008)