Este viernes 3 de junio harán diez años del momento en que Mark Sandman, cantante y bajista del trío de rock-jazz Morphine, cayó sobre el escenario a causa de un ataque al corazón, en mitad de un concierto en Pallestrina, a las afueras de Roma.
Durante las dos últimas semanas, el bueno de Mark ha sido el confidente silencioso de mis secretos, enfados y deseos; y es que su voz tiene esa cadencia de bourbon y testosterona que sólo alcanzan gente como Leonard Cohen o Nick Cave, pero con una mezcla de distancia irónica y humanidad que le hace más cercano. Con sus perezosos fraseos y sus imprevisibles líneas de bajo -ese slide bass de dos cuerdas, creado por él- parece decirte: "hombre, qué te voy a contar, yo sí que te comprendo...", y es capaz de convertir una frase tan macarra como "a good woman is hard to find" en todo un axioma existencialista.
No vamos a hacer aquí un réquiem plañidero, que a él no le hubiera gustado nada -imagino por el peculiar sentido del humor de sus letras-, sino a celebrar toda la estupenda música que nos dejó, con Morphine y en colaboración con otros músicos. Echadle un vistazo a esta página si os llama la atención.
- Actuación de Morphine en 1993, interpretando "Buena", de su disco Cure for pain. Ambientazo.
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- En un escenario más típicamente rock, no sé la fecha, "The saddest song", del debut de la banda, Good (1992).
"En cierto modo la aflicción es un hermoso estado. Puedes encontrar fortaleza y claridad en la aflicción. Como las drogas, o el amor, o nuestros propios dones, puede ser a la vez peligrosa y bella" (entrevista con P. Smith, 1996)
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Suele ser lenta y gradual mi reacción ante la música. Algunos de mis discos favoritos me dejaron indiferente la primera vez que me acerqué a ellos, y pocas veces un tema me causa inmediatamente esa revelación que después, con las sucesivas escuchas, se va haciendo más profunda. Pero hay excepciones: piezas que desde los primeros compases te provocan una conmoción indescriptible, con síntomas físicos incluso -aceleración del ritmo cardíaco, lágrimas, euforia-. Recuerdo como ejemplos Metástasis de Iannis Xenakis, el tercer movimiento del Quinteto de cuerda en Do mayor de Schubert, la liturgia armenia con la que Diamanda Galás abre Defixiones, will and testament, algunos momentos de los discos Geek the Girl de Lisa Germano y Nada! de Death in June (este último estuvo a punto de provocarme un accidente de coche, donde lo escuché por primera vez) o -pronto hará diez años- el tema "Fireflies" de Patti Smith, en el álbum Gone Again (1996; podéis escucharlo aquí). Pero antes de hablar acerca de él, es preciso contar una historia. Ésta no es una entrada sobre música, o no sólo eso. Es una pequeña historia sobre la muerte, el dolor, el exorcismo y la redención. La historia de Patti Smith o la de cualquiera que sobrevive. Hoy día la Smith es una de esas leyendas vivas de la música rock, admirada y laureada, una mujer de sesenta y dos años que sigue pateando escenarios, con más carisma que energía, y una modesta intelectual ("sólo por haber podido visitar la casa de Lorcaen Granada, ha merecido la pena todo este camino", declaró en una reciente entrevista). Pero imaginemos los finales de los 60, cuando una esquelética adolescente hija de testigos de Jehová obsesionada con Rimbaud decide mudarse a Nueva York. Allí se impregna de todo ese magma creativo (el Max´s Kansas City de Warhol y la Velvet, los recitales de Allen Ginsberg...) y encuentra al que será su compañero más fiel, Robert Mapplethorpe, que aún no era un genio de la fotografía, sino un joven enfermizo, tan confundido y ambicioso como ella ("Patti no se parecía a nadie que hubiera conocido antes... Si no hubiera descubierto el arte, habría acabado en un sanatorio mental"). Ambos se van a malvivir al mítico Hotel Chelsea, que Leonard Cohen inmortalizaría en una inolvidable canción; él la retrata en una polaroid que se convertirá en todo un icono queer y un imprevisto símbolo de rebeldía sexual, la que será en 1974 la portada de su primer disco, Horses:
Los siguientes años son historia del rock: Horses, sí, pero después Radio Ethiopia (1976) eEaster(1978), componiendojunto a Lenny Kaye, J. D. Daugherty, Ivan Kral y Richard Sohl una de las trilogías más imponentes de la década. Llevaron al género por un sendero inesperado, combinando poesía beatnik y electricidad de una manera delirante, acelerando la explosión punk y anticipando el noise-rock. "Éramos inocentes y peligrosos como niños en un campo de minas", reflexionaba Patti; en 1977 estuvo a punto de matarse en pleno concierto, rompiéndose dos vértebras en una caída. A finales de la década conoce a Fred "Sonic" Smith, el guitarrista de MC5, quien le inspiraría una de las canciones de amor más directas y conmovedoras de la época, "Dancing Barefoot", y le llevaría al matrimonio en 1980.
(Fred y Patti Smith, finales de los 70)
Aquí empieza una larga época de silencio, como cerrando el círculo de esa fascinación por Rimbaud que marcó su juventud. Se despide de su público en un concierto con vocación de ser el último, en Florencia, 1979, y se muda a un suburbio de Detroit con su marido. Desplanta a las feministas que la alzaron como bandera al afirmar que, de no tener el mismo apellido que su esposo, no hubiera importado adoptar el de éste. Desaparecer de la escena, dejar la música, tener hijos, intentar ser una persona normal, fue su particular huida a Abisinia. De este período aparentemente feliz es testimonio su único disco de los 80 y su trabajo más olvidable, Dream of Life (1988), compuesto a medias con Fred, una oda a la esperanza y la maternidad. Pero pronto las minas empiezan a estallar, de un modo en que ni ella ni nadie hubiese esperado en los 70: Robert Mapplethorpe se convierte en una de las primeras celebridades víctimas del SIDA en 1989. Al año siguiente, Richard Sohl, íntimo amigo y teclista de su antiguo grupo, muere a los 37 de un ataque al corazón. Le siguen Fred Smith en 1994 (cuarenta y cinco años) y el hermano de Patti, Todd, pocos meses más tarde.
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(Robert Mapplethorpe, Autorretrato, 1988)
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En estas circunstancias extremas, decidió romper ocho años de silencio con Gone Again (1996). Es una obra extraña e irregular, que parece escrita en diferentes momentos vitales -de hecho, Fred Smith participó en la composición de los dos temas más clásicamente rockeros, según los créditos-, pero ninguno de sus discos me impresiona como éste. Escribo esto mientras vuelvo a escucharlo de cabo a rabo, por primera vez en años.
Gone Again comienza con la canción que da título al disco, un crudo, lineal e intenso ejercicio de country-rock. No sería un tema sorprendente, de no ser por la rugosidad de la voz de Patti, por la que parecen haber pasado siglos, y por un destello de belleza en forma de recitado (“Here a man, man's own kin / he turned his back and his own people shot him / and he fell on his knees before the burning plane…”). La letra, críptica, evoca una historia de muerte y resurrección en clave de western.
Pero a continuación nos encontramos con “Beneath the Southern Cross”, y aquí empezamos a convocar fantasmas más reales. Es una sencilla balada, cuya melodía apacible contrasta con un texto que se pregunta por el misterio de dejar simplemente de existir (“Oh, to be / not anyone. / Gone”). Hacia el final aparece una voz masculina, etérea: la de Jeff Buckley, que moriría un año después de esta grabación, ahogado en el Mississipi, en circunstancias aún misteriosas. Fue su última colaboración.
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(Jeff Buckley, años 90)
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Pese a ello, nada nos hace esperar lo que viene después. La tercera pista del álbum se titula “About a Boy”, y en el libreto aparece con una escueta dedicatoria: “to Kurt Cobain”. Como es de dominio público, el cantante de Nirvana se descerrajó un tiro en 1994. De repente una guitarra acoplada emerge de un fondo de tenso silencio, acompañada de espectrales percusiones y susurros. La voz de Smith cobra aquí una enunciación entre desgarradora y gélida, llena de furia y desprecio contenidos (estremecedor cómo modula la palabra “emptyness”), intentando analizar el absurdo del suicidio, y termina convirtiéndose en un murmullo, un lamento maternal.
En la insólita violencia de este tema, hay algo de choque generacional: "About a boyfue escrita con frustración y rabia –declaró la autora-. En 1988-89, asistí a la lenta agonía de mi mejor amigo, Robert Mapplethorpe; en ese período de tiempo, él hacia todo cuanto podía para enfrentarse con toda su fuerza a la muerte, dejó que lo convirtieran en un conejillo de indias para experimentar toda clase de fármacos. Luchó por vivir hasta sus últimas horas: estaba ya en coma y seguía respirando, y su resuello era tan resonante que hacía estremecerse todo en la habitación. Cuando has visto a alguien a quien quieres luchando ante ti de ese modo por su vida, ver a otra persona sencillamente dejarse morir es algo que te hace perder la paciencia. Entonces te apetece coger a esa persona por el cuello y decirle: 'Vale, ¿estás sufriendo? Mira: esto es el sufrimiento. A ver si te enteras' ".
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A mi entender, “About a Boy” no es un homenaje –como Patti Smith trató de enfocarlo años más tarde en sus conciertos, quizá arrepentida de esa rabia-, ni siquiera un réquiem, sino una meditación sobre la imposibilidad de sentir compasión hacia otra persona. De ahí que sea tan sobrecogedor.
El recuerdo del marido muerto aparece de forma frontal en el siguiente tema, otra de las cimas del disco: "My Madrigal". Es una canción para piano y cello que cuesta escuchar sin sentir una tristeza dolorosa. Una evocación de la felicidad perdida, cuyo estribillo repite obsesivamente los votos del matrimonio: ”until death do us part”, hasta que la muerte nos separe.
A partir de aquí Gone Again oscila entre sencillas e inquietantes baladas folk –escalofriante la mandolina en “Ravens”- y temas rockeros como “Summer Cannibals” (un divertido scherzo sin relación aparente con el resto del disco, con una ambigua letra acerca de canibalismo o sexo oral entre mujeres, pero que sirve de válvula de escape) y “Wicked Messenger”, unaversión de Bob Dylan demoledoramente superior a la original. Pero es en el penúltimo corte donde encontramos la obra clave, a la que aludía al principio de esta entrada: “Fireflies”.
Son nueve minutos y medio que me cuesta describir. No es una canción, sino una performance, en el sentido lingüístico del término. No un acto comunicativo, sino performativo: Patti Smithhace algo en esta composición. Es un acto de catarsis tan extremo que va más allá de lo meramente musical. Si podemos llamar “poema” a estacombinación de sonido y palabra, al lado de “Fireflies” la mayoría de los más famosos poemas elegíacos del siglo XX se me quedan reducidos a retórica vacía, frente a ese “to twist in my hand / the thorn of thy youth”, “retorcer en mi mano / la espina de tu juventud”, que aún soy incapaz de escuchar sin que se me encoja el estómago, unos versos que pronunciados por ella expresan el dolor de la muerte prematura con una precisión y una fuerza descomunales.
Os esbozo una versión en español de su letra(inevitablemente fallida, e inexacta: en la grabación las voces se solapan de modo que a veces es imposible hablar de una letra lineal e inteligible), llena de referencias bíblicas e intraducibles arcaísmos, pero sobre todo os invito a escuchar este “Fireflies”, imaginando los pasos que separan la vida de la muerte, el recuerdo del olvido. Disculpad la longitud de la entrada, pero también esto es un ajuste de cuentas y un pequeño exorcismo. Enhorabuena a los que hayáis llegado hasta aquí, sois unos valientes.
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he estado caminando por qué estoy caminando? he estado caminando
si me ves caminando caminando y caminando no apartes los ojos no te des la vuelta me estoy acercando a ti
vivir en pasos hasta que pueda descansar vivir en pasos hasta ser bendecida por ti
yo y yo sola qué puedo hacer por ti, sino
retorcer en mi mano la espina de tu juventud
plantar tu semilla
parir tus suspiros tus lamentos hasta que podamos descansar vivir en pasos hasta que esté junto a ti
todo lo que siempre deseé
deseé y deseé
yo y yo sola te lavaré los pies y los secaré con mis cabellos te entregaré cada otra lágrima tu aliento tu lanza tu estación de la alegría siete pasos hasta que pueda descansar siete pasos hasta ser bendecida por ti
todo lo que siempre deseé lo deseé por ti cinco pasos hasta que pueda descansar cinco pasos hasta ser bendecida por ti
cuatro pasos hasta que pueda descansar cuatro pasos hasta ser bendecida por ti
yo y yo sola fantasma de tu fantasma camino, caminaré un tallo ardiendo para alumbrar tu noche (tres pasos) sangre de mi sangre hueso de mi hueso (tres pasos) qué puedo hacer por ti
dos pasos hasta que pueda descansar dos pasos hasta ser bendecida…
Peur(s) du noir es una película francesa de animación de 2007, pero obviamente desconocida en nuestros cines. Coordinada por Etienne Robial, presenta varios cortos realizados, entre otros, por notables figuras del cómic y la ilustración: Blutch, Marie Caillou, Richard McGuire, Lorenzo Mattotti... y Charles Burns, dibujante y guionista de la que probablemente sea mi obra maestra favorita del noveno arte, Agujero negro.
El cortometraje de Burns desarrolla una historia clásica de terror, pero que esboza muchas de sus obsesiones: el miedo al sexo opuesto, el cuerpo como espacio de imprevisibles mutaciones y parasitismos, el paso traumático hacia la edad adulta, los roles sociales como ineludibles trampas. Al margen del guión, es muy estimulante ver sus espléndidos dibujos (ese blanco y negro puro, sin grises...) en movimiento. No será la última vez que hable de este autor en este espacio, me temo. Mientras, aquí os dejo el corto subtitulado en inglés.
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También podéis descargar la película completa (con subtítulos en español) en esta página.
No tenían la versatilidad ni el registro vocal de Cocteau Twins, sus maestros, que por entonces seguían en activo; ni las innovaciones de estudio de My Bloody Valentine, ni la contundencia de Slowdive. A medio camino entre el shoegazing y subgéneros aún más marginales (¿gótico, dream pop, dark-wave...?), Cranespodrían ser considerados un grupo de segunda división en uno de los momentos de mayor creatividad del rock independiente (1989-1994). Pero aún así son únicos. Nunca es tarde para redescubrir la voz indefensa y aniñada de Allison Shaw, los intensos y obsesivos bucles de sonido de temas como éste. Valga este modesto vídeo (que hacia el final me recuerda a los collages de Joseph Cornell) y un par de enlaces a dos de sus mejores discos.