
Coroné a Menecarmo, que en la lucha venciera por la espalda,
con diez cintas muy suaves y lo besé tres veces
aunque estaba empapado en mucha sangre.
Eso me fue más dulce que la mirra.
(epigrama anónimo helenístico)
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Qué buen encantamiento descubrió Polifemo
para el enamorado. Por la Tierra, que no era tonto el cíclope.
Las Musas, sí, Filipo, la pasión debilitan:
su técnica es la droga que todo lo remedia.
El hambre y el poema son la única terapia
-creo yo- para el mal: extirpa la dolencia
de querer a los chicos... Puedo decirle a Eros
muy tranquilo: "Niñato, córtate ya las alas.
Ni una pizca te temo porque tengo en mi casa
conjuros de dos clases para tus golpes crueles."
(Calímaco, 300-240 a.C)
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En tu pierna, Nicandro, se está espesando el vello. Vigila,
no le pase lo mismo a tu culo y no te enteres
y veas que rareza es un amante. Por ahora, medita:
la juventud es algo irrevocable.
(Alceo de Mesene)

Jugaba, diosa Pafia, con Hermíone
la seductora; llevaba un cinturón bordado en flores
con dorada leyenda: Ámame -se leía- con pasión
pero no te entristezcas si otro me posee.
***
El vino es el testigo del amor. Aunque negó que amaba,
las copas delataron a Nicágoras.
Lloró, se puso lánguido, miraba cabizbajo,
y no se le quedaba ceñida la guirnalda.
(Asclepíades, s. IV-III a.C)
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Si algo me sucediera, Cleóbulo -no es improbable: yazgo derribado
en la hoguera de un joven- mis últimas cenizas, te suplico,
embriágalas con vino antes de sepultarlas y pon sobre la urna
esta inscripción: Ofrenda de Amor a los Infiernos.
***
La diosa de Chipre me inflama de delirio hacia ellas,
y Eros empuña las riendas del amor hacia los hombres.
¿Adónde he de inclinarme? ¿Al hijo o a la madre? Digo lo que la propia
Afrodita admite: "De este niño insolente es la victoria".
(Meleagro, s. II-I a.C)
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No te sorprendas, Rufo, de que ninguna mujer quiera poner debajo de ti su delicado muslo, no, aunque intentes seducirla con el obsequio de un vestido original o con el señuelo de un brillante insuperable. Te perjudica un burdo rumor, según el cual un feroz macho cabrío habita en la cuenca de tus sobacos. Todos lo temen. Y no hay que extrañarse. Ciertamente se trata de un animal muy desagradable con el que ninguna chica hermosa querría acostarse. Por tanto, acaba con esa peste cruel para el olfato o deja ya de preguntarte por qué todas te huyen.
(Catulo, I a.C)
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Repliega ya esas redes, mujer de malos ocios, y al andar
no gires tan adrede las caderas, Lisídice.
Bien te envuelve y te aprieta esa túnica tenue con sus pliegues.
Se ve todo lo tuyo desnudo y no se ve.
Si algo así te parece divertido, yo de la misma forma
con finísimo lino me taparé esta cosa tan derecha.
(Marco Argentario, I d.C)
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Nos miras fijamente, Filomuso, cuando nos bañamos, y luego preguntas que por qué tengo unos esclavos imberbes que la tienen como Príapo. Contestaré sin rodeos a tu pregunta: les dan por culo a los curiosos, Filomuso.
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Aunque estés en tu casa y te acicales en plena Subura, y te hagan las melenas, Gala, que te faltan, y te quites de noche los dientes igual que las sedas, y te acuestes condimentada con cientos de mejunjes, y ni tu cara duerma contigo, guiñas con el entrecejo ese que te han puesto por la mañana y no tienes respeto alguno a tu coño encanecido, al que ya puedes contar entre tus abuelos. Me prometes, no obstante, mil cosas; pero mi picha es sorda; y, por más que sea tuerta, te ve.
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Ordenas, Lesbia, que mi pene esté siempre a tu disposición: créeme, una minga no es como un dedo. Aunque tú la estimules con manos acariciadoras y con palabras, tu rostro imperioso actúa en contra tuya.
(Marcial, 40-104 d.C)
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Competían Melita, Rodope y Rodoclea
por ver cual de las tres tenía el mejor coño
y me nombraron juez. Como las diosas célebres
se levantan desnudas, ungidas con el néctar.
Brillaba el de Rodope suntuoso en el centro de sus muslos
como hendido por céfiros de rosas.
Como cristal era el de Rodoclea, húmedo como imagen
en un templo, recién acabada de esculpir.
Pero yo, que sabía lo que sufriera París con su fallo,
a la tres ya inmortales coroné.
(Rufino, s. II-III d.C)
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...cuando [Mesalina] advertía que [Claudio] estaba dormido, osando preferir una alfombrilla al lecho palatino, la augusta meretriz se cubría con un capuchón nocturno y se escapaba acompañada de una sola esclava. Oculta su negra cabellera bajo una peluca rubia, entra en el burdel templado con remendadas cortinas y se apropia de un camarín vacío y suyo. Allí se prostituye desnuda, pintados los pezones de oro, bajo el falso nombre de Lobita, y muestra, generoso Británico, el vientre que te engendró. Recibe con requiebros a los clientes, les reclama su paga y, yaciendo boca arriba, absorbe las arremetidas de muchos. Cuando el rufián despide a sus pupilas, se aleja a disgusto, ingeniándose para ser la última en cerrar su celda; ardiendo con el escozor de su vulva todavía hinchada, y se va, agotada de hombres, pero no saciada.
(Juvenal, 60-128 d.C)