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jueves, 10 de septiembre de 2020

ensayos y supervivencias: una entrevista a Jorie Graham (parte I)

 


(El 28 de septiembre llega a las librerías, al fin, la edición bilingüe de Deprisa / Fast, el último libro de Jorie Graham hasta la fecha, en versión de Antonio F. Rodríguez y un servidor. Me interesaba rescatar  y traducir esta entrevista de Susan Howe a la autora, para la web PRAC CRIT, en enero de 2017)






Susan Howe: “Quién es este que habla ahora”, se pregunta un poema de Deprisa, pero con una curiosa monotonía, no muy humana: una afirmación donde cabría esperar un signo de interrogación. En otros poemas habitan las voces —¿podríamos decir las conciencias?— de entidades no humanas, desde un bot de conversación hasta el fondo marino profundo. En 'Criónica', el 'yo' relata su “salto desde un tipo de ser, un tipo de ser / inmaterial a otro. Una posible subjetividad extraña”, como si siguiera hablando desde un espacio más allá de la vida humana. ¿Cómo llegaste a la voz del poema, a su tejido de voces?

Jorie Graham: Bueno, en primer lugar, a lo largo de sus cinco años, Deprisa fue un libro emocionante pero increíblemente difícil de escribir, un libro que parecía terminar muchas veces. No dejaba de pensar que no podía seguir con él. Hubo largos tramos de silencio entre los poemas. Así que mientras trabajaba en él sentía que me venía abajo, y volvía a pensar que lo tenía que desechar todo. Pero cuando el libro al fin comenzó a ensamblarse, no fue como cualquier experiencia anterior. Fue como un fantasma que emergía. De repente se fusionó y se irguió ante mí. Y 'Criónica' fue el último poema escrito para este libro, así que reunía todas las otras voces que el poemario había intentado sondear e incorporar a su paso. Esto no era algo que me propusiera conscientemente, en un principio (además el libro explora muchos otros aspectos de la vida), pero sí, a lo largo de estos años me vi cada vez más obligada —invitada, forzada, éticamente tentada— a tratar de encontrar un camino hacia las voces que podrían llamarse "no humanas", como indicas… o voces que intentaron acercarse, aproximarse, a tal estado. No quiero limitar la experiencia del libro a este único aspecto, pero sí, incluye este intento, esta práctica. Yo no podía huir de ese imperativo. Seguía reafirmándose a sí mismo.

SH: ¿Qué fue lo que te llevó hasta ese punto?

JG: Muchas cosas. Mi experiencia con algunos aspectos de la inteligencia artificial. Mi cada vez más desesperada conciencia de mí misma como miembro de una especie —una especie profundamente responsable de la extinción de otras especies. La extinción —cómo afrontar eso. Mi enfermedad y la sensación de un yo artificial construido poco a poco por mis ángeles de la guarda, a menudo no humanos. El cuerpo de mi padre pasando de vivir a no vivir... Mi sensación cada vez más enrarecida de mi "individualidad singular", a medida que me sucedían cosas profundamente singulares —mis diagnósticos y tratamientos, la muerte de mi padre, la enfermedad de mi madre, a su vez sobrepasados por enfermedades de dimensión mucho mayor: cultural, animal, planetaria. Son hechos inconmensurables, no pueden ser pensados a la vez. Y sin embargo, debe hacerse así. Para que todas las emociones humanas 'normales' estén desconcertadas. ¿Qué es la culpa personal? ¿Qué es el luto, en estas condiciones? ¿Cómo de peligroso es el deseo? ¿Tiene una siquiera derecho a (o espacio para) la felicidad, el amor, la ensoñación que hace sentir la maravilla de estar viva? Este colibrí de repente ahora flotando sobre mi flor —asombroso—, que interrumpe mi lectura de los nuevos informes sobre el genocidio en Siria, ¿puedo dejar que entre en mi corazón, o no? Y además, por supuesto, también está en peligro. Nos sobrepasa a todos, es físicamente doloroso. Todo se convierte en un conjunto vertiginoso de causas y consecuencias superpuestas, hasta que no hay un lugar desde el cual entender, organizar prioridades emocionales, espirituales, incluso políticas. Una está dentro de un punto ciego. La trama argumental explota. El sentido del tiempo explota. La pregunta de Tolstoi, ¿Qué vamos a hacer?, explota: se vuelve insustancial al mismo tiempo que paraliza a uno con su urgencia. 

SH: Dada esa parálisis moral, ¿cómo puede actuar uno?

JG: Es una pregunta difícil. Porque también es una parálisis emocional. Pero, más que nunca, la confrontación con la poesía, el encuentro con un tema —el acto de la poesía—, me llevan a la cuestión de cómo he vivido mi vida. A una crisis de rendición de cuentas... Así que ahora, cada vez más, se trata de usar la poesía para tratar de encontrar una manera de mantener las proporciones correctas, de no sentirse superados por el dolor, el horror, el miedo, la vergüenza, la rabia; para usar este precioso medio, confío en no perder la orientación y encontrar al menos un modo de hacer las preguntas correctas, un modo de mantener “la realidad y la justicia en un solo pensamiento", como Yeats me advirtió que hiciera cuando era una joven poeta. Y no perder la capacidad de experimentar la belleza (...).
Nuestros enemigos son despreciablemente pequeños, pero sus acciones ahora son capaces de destruir la Tierra, no sólo la civilización. Así que, como todo poeta que escribe hoy, lo que les pido a mis herramientas poéticas es ahora más urgente que nunca, lo que pido a la página en blanco. No sólo urgente, sino desconcertante. Nunca he escrito tan despacio: cada poema un intento tanto de comprender como de volver a entrar en la corriente de la existencia con algo de comprensión de lo que será suficiente, lo que me permitirá continuar como si hubiera un propósito, y tratar de entender para qué sirve la poesía en estas condiciones. Cada poeta decidirá esto por sí mismo en esta renovada emergencia; y estoy de acuerdo con aquellos poetas -y los entiendo- que sienten que el medio debe ser convertido en activismo. Pero entonces escucho, siempre, demasiado fácilmente llegamos a creer que la belleza no salva... Me siento más bendecida que nunca por tener este medio. Tengo mucho que aprender sobre la vida, y sobre mi arte... 






SH: ¿Qué puede hacer la poesía?

JG: Bueno, por ejemplo, puede representar y, al hacerlo, cuestionar, la relación de la emoción individual para acumular la emoción. La voz poética (voz humana personal) y la voz meditativa (interioridad, subjetividad) se enfrentan a la 'voz' de lo más-que-humano, de la otredad no humana. Lo no-humano nos habla de muchas formas. El cambio climático es sólo una de las formas en que nos está 'hablando'. Ciertas tecnologías 'oscuras', es otra. Las extinciones masivas de animales y los movimientos masivos de refugiados. Las adicciones a nivel global, al porno, los opiáceos, el snuff, ISIS. Todas estas son fuerzas que se mueven hacia nosotros, a través de nosotros, tratando de hablar.

SH: ¿Puedes hablarme más sobre esas fuerzas?

JG: Este es un gran esfuerzo y siento que acabo de empezar a entrar en su terreno, imaginativamente, de manera que no quiero formulármelo con demasiada claridad, en esta coyuntura. No soy la única, ni la mejor lectora de mi propia obra, y mucho menos de mi nueva obra, y no quiero simplificarla en exceso. Pero hay tantas epidemias humanas ocasionadas por la confusión moral, el pánico, la sensación de que la aguja de la brújula ha desaparecido, que los demasiado numerosos humanos de este planeta experimentan mientras intuyen tanto la escasez extrema como la aceleración incontrolable hacia una especie de “fin de los tiempos". No estoy utilizando este término en su contexto religioso, aunque "el éxtasis" y todas las demás narrativas del fin de los tiempos (incluyendo, según los escépticos, escenarios nucleares o de cambio climático y 'la Singularidad') son de hecho modos con los que algunos intentan establecer una conversación con lo no-humano, lo atemporal. La pregunta verdaderamente urgente, en mi opinión, se refiere a cuán individuales somos, o seguimos siendo, o debemos seguir siendo, en relación con nuestro problema comunitario: nuestra creación comunitaria de esta pesadilla. No hay donde escapar de ella. Estamos interrelacionados, de maneras mucho menos bellas o espiritualmente avanzadas de lo que habíamos imaginado. Esta pregunta apuntala cualquier otra pregunta. Ecológica, económica, tecnológicamente.

SH: Me has hablado antes sobre ese concepto de 'la Singularidad', o 'singularidad tecnológica', con el que no me había topado pese a mis frecuentes acercamientos a la ciencia ficción. Debatido entre académicos y futuristas, teoriza cómo la llegada de una superinteligencia artificial podría provocar un crecimiento tecnológico desbocado, cambiando la sociedad humana hasta lo irreconocible. ¿Hasta qué punto esa visión (utópica o distópica, dependiendo del punto de vista) conforma Deprisa?

JG: No es algo en lo que piense mucho, salvo en la medida en que a diferencia de aquellos que celebran su incipiente llegada me obsesiona la sensación de que no teníamos que continuar por este camino, que no lo elegimos, que las fuerzas dentro de nosotros y sin nosotros habrían podido ser analizadas, dirigidas a otro lugar y de manera diferente. Que esta es la locura de un enjambre, de sobrepoblación y de herramientas entregadas a unos pocos, que les permiten destruir lo que queda de la vida humana, mientras permiten y se benefician de la destrucción de la tierra y sus criaturas.

SH: ¿Puedes hablarnos un poco más de ese “camino” que hemos elegido los humanos, tal como lo entiendes?

JG: Quiero decir que no siento que este sea nuestro destino inevitable. Dicho progreso es una ficción y una adicción como muchas otras adicciones. Pero la droga se distribuyó tan bellamente. ¿Cuál fue el primer traficante? ¿La Ilustración? ¿Qué tecnología, qué invención, 'descubrimiento' o 'exploración'? ¿Qué moneda? ¿La agricultura, la computación? ¿La imaginación del futuro que estableció la agricultura se despierta inevitablemente y se pone en marcha? ¿Dónde situar el momento de nuestro giro irrevocable? Es una serie excesiva de preguntas, por supuesto: todo está interrelacionado y en cada caso la mayor parte de las evoluciones parecían 'inevitables'. Las descripciones del advenimiento de la agricultura parecen gritar: "deteneos ahora", pero cada desarrollo tecnológico abarca las suficientes generaciones como para establecer su sistema de creencias, de modo que el recuerdo de un camino anterior, o alternativo, se borra. El tiempo de dos vidas, y la memoria se borra. Lo nuevo es la nueva normalidad. El alma se reinicia. El cuerpo evoluciona. Cabe preguntarse si uno no está absolutamente convencido de que las nuevas tecnologías predicen un brillante progreso cómo hemos podido perder tan ciegamente el control, en relación con nosotros mismos y nuestros compañeros animales, desde los recursos hasta la población. Porque también, en el proceso, hemos hecho que nuestra propia especie empiece a desquiciarse.

SH: Cuéntame: ¿qué relación tiene ‘Criónica’ un poema que comienza con el intento fallido de “escuchar a la naturaleza”— con todo esto? ¿Cómo surgió el poema?

JG: Bueno, cuando escribo estoy inmersa en estas corrientes, escribiendo tal vez desde ellas, pero no pensando en ellas. De ningún modo. Permíteme decirlo así: antes de que existiera, sabía que faltaba un poema para terminar para el libro. No era más que un sentimiento, en verdad. Al haberlo sentido con casi todos mis libros, a lo largo de los años, lo reconozco. Es una orden tácita de mantener la vista lejos del libro, tratando de mantenerte en un punto ciego.





SH: ¿Puedes decir más sobre ese proceso, esa necesidad de no saberlo?

JG: Tú no quieres escribir un poema 'para el libro'. No quieres algo que 'encaje'. No es una estrategia de cierre. Es solo... que hay algo que aún no ha sucedido, o hay algo que aún no he experimentado. Ceguera y capacidad negativa. Así que por definición, en términos de volumen de 'voz' y agenciamiento, es un ‘yo’ muy reducido el que está tratando de encontrar el poema. Intento desaparecer del acto de sondear en su busca. Es lo opuesto a, digamos, un poema como 'Leyendo para mi padre' o cualquiera de las elegías del libro. Comienza en un sentimiento que no tiene causa aparente ni tema. O la causa es solo una inquietud. Una incipiencia. Como esperar a que venga alguien, sin haber invitado a nadie ni presuponer su llegada. Es mejor que ni siquiera estés ahí. Pero estás. Y se acerca el fin. El fin de algo que viviste. El fin de una vida. El fin del mundo tal como lo conoces. El fin de lo que creías que era cierto, de lo que creías que se 'mantendría' o seguiría siendo cierto. Ojalá tuviéramos una palabra para esta cualidad de tocar el fin. No es un estado evidente, y sin embargo no puede ser más evidente. Uno siente la necesidad urgente de salirse totalmente del cuadro. Así que es una situación interesante a partir de la cual escribir un poema. Y en un libro donde, como bien describes, la búsqueda de puntos de vista desde los que hablar (o registrar) incluye todas las posiciones 'no humanas' a las que logré acceder, es un buen lugar desde el cual sentirse obligado a escribir. Una vez que lo comencé, el poema se desplazó de inmediato hacia incursiones incómodas: este deseo de seguir siendo sin tener que ser. Vivir como un perceptor sin capacidad de actuar, sin responsabilidad. El deseo de saltarse la historia, sea la actual o la inminente. Éticamente, golpeó uno de los límites externos del libro. Me quedé bastante asombrada cuando apareció Juliana de Norwich...

SH: Me alegro de que menciones a Juliana: su presencia es otra de las voces fantasmales que ‘Criónica’ incorpora, aunque se distingue en el texto por su ortografía arcaica. Juliana fue una anacoreta y mística del siglo XIV. Las visiones que registró en sus Revelaciones del Amor Divino le llegaron en un período de enfermedad grave (no puedo evitar pensar en tu reciente enfermedad), cuando vio el cuerpo roto y sangrante de Cristo aparecer al pie de su lecho de enferma: “secóse de afliçión i ausenzia de sangre desde’l ynterior→ por el viento i el frío desde’l exterior→ unydos en el dulce cuerpo→ trémulo→ de Christo → de→”.¿Qué ocurrió con las palabras de Juliana para que este poema la convocara?

JG: Realmente no puedo decirlo. O no quiero trivializar la magia del suceso. De repente escuché su voz en mi cabeza y supe que había entrado en escena. La relación de la materialidad mortal con la inmaterialidad, en su experiencia de qué es la vida 'vivida', qué es la vida 'eterna' y qué es la vida 'posterior'… bien, eso podría tener sentido. Pero como dije, apareció como una extraña, y entró. ¿No te pasa eso en los poemas?

SH: ¡Desde luego! Todo el tiempo, de hecho. Deprisa es un libro muy preocupado por la muerte, o más bien por el acto de morir, una distinción que Wittgenstein señaló cuando dijo que 'la muerte no es un acontecimiento en la vida', sino que siempre está más allá de sus bordes: "Nuestra vida no tiene fin, de igual la forma que nuestro campo visual no tiene límites". Parte del trabajo de este libro, me parece, es el intento de proyectarte en ese momento imposible de experiencia. Si no es demasiado doloroso, ¿podrías decir algo sobre los acontecimientos —la muerte de tu padre, la enfermedad de tu madre, tu propio diagnóstico de cáncer— que te llevaron a escribir este libro?

JG: Como aprendí observando a mi padre, tan de cerca, la muerte tiene etapas casi infinitas. Por así decirlo, traté de ser tan consciente como sin duda lo era su perro de todas las gradaciones del aferramiento a la vida, y luego toda la confusión, a veces con sobresaltos, a veces deslizándose hacia el abandono. Fue impactante. Podría mirar a papá y al Antropoceno como si fueran el mismo mapa de destrozos y negaciones y disoluciones y codicias. Eso afectó la experiencia de escribir el libro, aunque también mucho de lo que sucedió a nivel cultural, político. Las revelaciones de Snowden. El movimiento del reloj del Juicio Final. El increíble estrechamiento de la "ventana" del cambio climático. El sobrepaso de 350 partes por millón de CO2. Las imágenes que el ISIS me obligó a soportar. La crisis de los refugiados en la UE, en Lampedusa, Sicilia, en la primera línea del desastre de los refugiados. Sentí que estaba obligada a ver al aviador jordano quemarse vivo en su jaula del ISIS. No podía soportarlo, pero pensé: quién soy yo para no ser testigo de su sufrimiento. Los bebés sacados del Mediterráneo, amigos en Francia llenos de rabia y predispuestos para Le Pen, predispuestos a odiar a todo el mundo... Este es el mundo del que surgen los poemas. Los poemas no son 'sobre' esto o aquello, salvo muy de cuando en cuando.

SH: La muerte parece planear sobre el libro de muchas formas, en muchas escalas…

JG: Sí, la muerte, y la muerte del ser humano —la deseada "muerte del ser humano dentro de nosotros"— y tal vez 'la muerte del individuo' en nosotros… ¿o es 'el rechazo a ser individuo'? (un tema largo...). Junto con la gregaria sensación de anonimato, y el deseo de anonimatos cada vez más accesibles a los humanos mediante la tecnología (una ilusión fascinante porque, por supuesto, estamos siendo totalmente 'leídos' sin que nos lean de verdad ). ¿Cómo de encriptados podemos estar? Miro a esa palabra y me quedo asombrada: queremos ser enterrados. Una faceta de esa pulsión de muerte del individuo (también pornográfica) se evidencia, por ejemplo, en el reclutamiento de ISIS. La destrucción de Palmira, las decapitaciones, la desintegración del niño en el niño soldado (como evidencia el comercio mundial de porno infantil, así como el cada vez más frecuente porno para niños), todo ello promulga un deseo de matar al ser humano que hay dentro de uno. Sentirse conectado con el pasado, por ejemplo, es una gran manera de sentirse 'humano'. Por lo tanto, ser "post-histórico" y ser "post-humano" y "post-natural" están interconectados. El odio y la destrucción de la infancia o la inocencia es un tema esencial. Para aquellos que ven un mundo ciborg por delante, acabar con el asombro es tan importante como acabar con la empatía. El ser humano es difícil de erradicar, pero debo asumir que es posible hacerlo.





SH: Has mencionado sentirse conectado al pasado, o a la memoria, como posible antídoto.

JG: Bueno, al tratar de entender una rabia como la que vimos en los ataques contra Palmira, intenté reflexionar sobre esto... La sensación del pasado profundo es muy diferente de la sensación del pasado personal. Se remonta a la lucha entre el ser individual y el comunitario. La memoria comunitaria es una fuerza poderosa —con poder ético— que nos liga a nuestra humanidad. Era obvio que sería una de las primeras cosas sometidas a ataque. También es uno de los manantiales de la poesía, y nuestro largo alcance dentro de ella para mantenerlo despierto es una de nuestras principales tareas. Pero esto casi me sobrepasa. Espero que el libro lo toque, sea lo suficientemente complejo al respecto. Miro muchas de estas actividades —desde la geopolítica hasta la política que afecta a la misma propiedad del propio cuerpo— como posibles actos de preparación para un futuro en el que ser "humano" (emocionalmente) será un lastre. Una pre-robotización de uno mismo. Hay importantes estudios neurológicos sobre lo que la virtualización del mundo está haciendo a nuestras mentes. La empatía, que se ve reducida o eliminada, es la mayor víctima en el caso de los niños.

SH: ¿Sientes que es una época difícil para escribir?

JG: A menudo les digo a los jóvenes poetas que "no, esto es un privilegio, tenemos un trabajo muy importante que hacer". Estamos en un momento histórico donde una nueva tecnología pasa página por nosotros. Hay numerosos momentos de este tipo en la historia, pero no muchas generaciones llegan a vivir y escribir en el 'paso' real, en el músculo del mismo, como en la invención de la pólvora o la imprenta, o el descubrimiento de la penicilina, o la fisión y la caída de la bomba... Ahora he estado escribiendo a través de otras formas de tiempo. Y, como has mencionado, junto a estos cambios tecnológicos y culturales y ecológicos (que ya he tenido en cuenta en mi obra durante algún tiempo) he experimentado a nivel personal, como todo el mundo en algún momento, un encuentro cara a cara con la desaparición: en mi diagnóstico, en la pérdida de mi padre y el de muchos amigos cercanos. Así que sí, eso también. A grandes rasgos lo que uno siente en la proximidad de la muerte, o lo que sentí al observar a mi padre, es la negación y la avidez. Cuando consigues llegar al recuerdo, la empatía… bien, has alcanzado el objetivo, porque has llegado al demasiado tarde.

SH: “Las malas noticias se evidenciaron demasiado tarde”, escuchamos al inicio de ‘Criónica’. ¿Puedes hablarme de esa noción, el “demasiado tarde”? Aparece mucho en Deprisa.

JG: Sí. He explorado a tientas esa sensación en el libro, el demasiado tarde... Nuestro tiempo. Para aprender los sentimientos asociados a este 'demasiado tarde'. Cada vida proporciona estas enseñanzas. No son abstractas. No se pueden conseguir estudiando, o mediante la teoría. Las aprendes entrecerrando los ojos, ante todas esas gradaciones que descubres, el asombroso abismo absoluto entre ser y no ser —la extinción— pero también cuán largo es el acercamiento a ese abismo; y después, en el momento en que intuyes que está allí, cuando empiezas a sentir su atracción, cuán lentos, largos, nostálgicos, hipnóticos son el desprendimiento y la caída. Es una caída larga y lenta, con sus negaciones, sus horrores y misterios, la nuestra. Descendemos hacia la oscuridad con las alas extendidas. Como seres amados y que aman. En la memoria. En el desastre corporal. Como especie. Como testigos —si queremos serlo— de nuestra aniquilación de otras especies. Por supuesto, este testimonio es agotador. Y perdemos demasiado tiempo queriendo saber si lo que sabemos es verdad.

SH: ¿Cómo afectó esto a la entrada de otras voces en el libro? Las "subjetividades extrañas"…

JG: Todo el misterio en la presencia de la muerte es la impresionante desaparición de muchos tipos de subjetividad —nuestro interés en ellos, nuestra creencia en ellos— y el rostro de piedra del objetivo que de repente ves emerger de la niebla. Pero uno debe comprender y honrar el cansancio también. Uno también quiere decir ya basta, dónde está mi día, quiero que vuelva mi momento de vuelta, mi día lleno de momentos, aquello que construyo a-base-de-momentos, esa sensación creciente: futuridad, expectativa, crecimiento… no toda esta disolución. Se trata de encontrar la belleza, y no es fácil. La maravilla sí, un poco más. Por tanto, es cierto, el 'yo' en este libro también relata su propio “salto de un tipo de ser, un tipo de ser / inmaterial a otro”. Una se descubre a sí misma, de hecho, como 'una posible subjetividad extraña'; ansía seguir hablando desde un espacio más allá de la vida humana. Una no puede creer que la voz, la mente, el alma, serán aniquiladas. El cuerpo… bueno, al igual que nuestra tierra, lo vamos abandonando casi sin pensar, mientras podamos seguir pensando abandonaremos cualquier cosa material, abandonaremos todo para mantener viva esa cosa que llamamos mente, o conciencia. Nos adentramos voluntariamente en nuestros estados virtuales o ciborg, más por avidez que por curiosidad: sólo por no dejar de ser. O eso creo. Pero después la cultura misma siente el deseo de la no-realidad, incluso de su propia no-realidad espectacular. Como si así pudiera escapar de la mortalidad. Con tal de seguir siendo parte del espectáculo, sacará el pie del estribo por voluntad propia. Tampoco yo me excluyo de esto.

SH: ¿Cuál es el lugar de la poesía en todo esto?

JG: Bueno, la poesía, con su margen, es una representación reiterada de ese borde del abismo —y del desprendimiento, o no, de ese borde al ser pisado. Es uno de los medios más antiguos y misteriosos de cualquier civilización para dar forma a la tensión misma entre ruptura y continuidad. Por ello, uno debe calcular en cada verso su cercanía al 'borde', al mismo tiempo que debe evocar y experimentar la caída, o tal vez saltar hacia aquello que esté más allá de ese borde. En ese sentido, cada sucesión de versos inventa o modela tanto la muerte como la resurrección. Son ensayos y supervivencias.





(Imágenes: Heitor Magno)

domingo, 9 de marzo de 2014

Dos poemas de Leopoldo María Panero





(Joel-Peter Witkin, The Kiss)






EVE


Porque hiciste mi gesto eterno supe
que eras la muerte: porque ella sólo podía
amarme si no había
                             hombres para mí, vivos:
sólo ella
             podía amarme: y supe también que tú eras
la muerte, y que me amabas.
El rostro de la Humanidad era
para mí el de nadie: como para ella,
como para ti: eres negra y no quieres
nada de lo que vive y no sabe
hasta morir que te desea.
                                      Y vi a través de ti, cómo surgían
y surgen cabezas de la tierra helada:
cabezas, yelmos, corazas, espadas
es el fruto que cosecha la tierra en este año
que tanto recuerda al Último, al siguiente,
y me amaste porque yo lo veía, porque
veía crecer ya en el huerto el fruto
monstruoso que incorporaba en sí
todo dolor e injusticia y desastre
y me dijiste: «He aquí mi primer hijo
yo que nada sabía del ridículo gesto
de nacer!». Y agregaste:
«Este reirá de todo,
y lo encenagará todo con
el veneno de su risa mortal:
                                         cuando no haya nadie
que recuerde cómo se reía, este reirá».
Y te reíste de mí, como mi madre
al ver que yo había nacido de ella.
                                                    Tan inmenso
era el frío en las ciudades
que algunos sabían que no era locura
ni es, creer que caerán —sobre mí
o seré yo el que caiga al morir sobre tu cuerpo.
                                                          Pero en el frío crecían
seguían creciendo —la peor de las alfombras
de césped— los huesos y la carne de los soldados
que crecían sobre la tierra helada. Y me dijiste:
«ellos no tendrán miedo, porque están
muertos, lo mismo que tú que me amas,
                                                             a mí que soy negra
como la vida e hice una piedra de tu gesto»
Y los muertos brotaban sobre la tierra húmeda
—cabezas, yelmos, corazas y espadas
porque la Muerte se había hecho vida.
                                                           Y pregunté
—te pregunté entonces—: «Será mi alma
buen alimento para perros?» Y contestaste: «no esperes
que ella sirva para otra cosa: fue creada
y pensada lo mismo que tu cuerpo y huesos para
nutrición de los perros finales —lo mismo
que tu palabra». «Y ¿nada he de esperar?» «Nada».
Y vi como espadas y corazas y yelmos
surgían sobre el campo más yermo.
Y me olvidé.











(David Nebreda)






MANCHA AZUL SOBRE EL PAPEL


Para encontrarse otra vez como perdido
- Hegel


Leí mucho y no recuerdo nada. Y en la
habitación del fondo mi madre
se pudre, es un pez. El
palacio de la locura está
lleno de animales
                           verdes con
motas anaranjadas como ácidos y
cubiertos de polvo: entra,
ven.
        No me acuerdo de ti, Pere
decía, creo, lo contrario, Pound
sin talento, a Paz le
gustó mucho: moscas
vuelan alrededor del árbol. Oh, yo
también devoro moscas, a veces me atraganto, tantas
hay, crudas, sí, que no resisten
la cocción (Capítulo III de
L´Alchimie rétablie de Canseliet, «So-
llicitations trompeuses et..............»),
los senos del niño. Enormes y caídos. Qui
scribit bis legit.
                        Y en los ojos una escalera empieza.
Y vuelvo, vuelvo como un sueño,
como los sueños vuelven, sin entrar,
vuelve a soñarme, allí. Mientras duermen,
duermen, duermen, en la Morgue
"avec les yeux grand ouverts" —vuelve
y la casa desierta, o hay extrañas
gentes que no conozco, cerebros ilegibles. Largo
el viaje por mar. Y en la habitación condenada se
encontró, muertos,
los extraños que vivían allí,
en la casa del confín (Hogdson)
                                                 sin hablar, un niño
enteramente recubierto de escamas —al tocarlo
sentimos una humedad, afilada y
fría como un cuchillo: sin conocernos. Había
también la soga colgada de una moldura
con la forma, en su extremo,
de una cabeza.
Suicidarse y seguir viviendo,
esta frase pertenece a alguien, a
Nijinski, quizá,
no estoy seguro —Largo
el viaje por mar. En una isla había
una caverna y dentro un
enano que no quiso decirnos su nombre.
Una rana le colgaba de la boca, casi lo olvido.
                                                                       Y mi madre
acariciaba al niño de escamas, y de
vez en cuando retraía
la mano y la ponía
cerca de sus ojos, para mirar la humedad, las
gotas de agua fría deslizándose
sobre la piel. (Estaba
ciega como yo.) El
palacio de la locura está
lleno de agua y peces ciegos que tropiezan
en las profundidades, que relumbran. Ven, así
estás a salvo (golpeado, año tras año
por un látigo de luz, hasta la muerte), mucho menos
atroz estás a salvo: los peces
no hablan, lo mismo que los niños, no
se encadenan a una charla en la
que nadie responde ni te
responderá nunca, y que cesa
nada más formularse la pregunta —Do
I dare demasiado me atreví: sale agua
de mis ojos, y los ojos cosidos y la
boca ve y ando con los oídos. Escú-
chame tú, que pasas al lado, que me rozas
por la calle, ange à moitié mort. Que me rezas.
Cesa todo cuando se pregunta, dejan
de hablar. Se van. Guardó la
mano muerta de su hija en un vaso
con agua.
                Una mosca
come en mi mano. Una lluvia de sangre
cayendo en el cerebro de Charles. Hacía
frío Fort, la noche en que murió hacía
frío, sí, lo recuerdo, llovía. Pere
Gimferrer  —contrapunto
como en el canto VII de Pound  —no mera
sucesión de pinceladas, narración
ciega, sino la vida
y la mente toda puestas en juego,
y perdidas— aquí. Pere
Gimferrer y Carnero se casaron
en octubre, y su hija
de enorme falo goteando,
colgando, muerta.
Balanceándose como un péndulo,
mortal, goteando, en lo oscuro.
Hay un falo en mi boca, dos, y otro
erecto en mi ano, otro
lo arrastran mis pies.
                                Otro
cuelga de mi cabeza y araña
al pasar las paredes y deja
un rastro, y un sonido. Pero
al morir Charles Fort dijo:
Mi hijo está desnudo, allí,
en el suelo, la llave. Y esos no son
de mi Pueblo. Oculto
donde todos me ven, sello
de la carta robada, soy una princesa.
                                                         Ven a donde huyo.
Jamás me pudieron encontrar. Dije: estaré
siempre en el bosque, perdido,
en el bosque donde nací. Llueve,
llueve sobre el sexo de una mujer. Y bajo
el sol, rodeado de muchos, tengo frío. Y dije:
                                                                      «Ese que va allí,
ese que corre, que
                              al volverme hace una mueca,
                                                                           soy yo.
                                                                      Ácido disuelto
                                                                                en agua
caída sobre el papel.»






(De Narciso en el acorde último de las flautas, 1979)




ADDENDA: GLOSA A UN EPITAFIO




(De izquierda a derecha: Leopoldo María Panero, Sebensuí A. Sánchez, Rubén Martín y Begoña Callejón, Granada, 2010)


Conocí a Leopoldo María Panero durante una desquiciada semana del año 2010 en la cual permaneció en Granada. La única vez que el poeta visitó esta ciudad: nunca antes había sido invitado a engrosar la caudalosa lista de recitales, premios, conferencias y presentaciones de libros que se celebran anualmente en ella. Por supuesto, nada que tuvo que ver la Universidad ni otros cauces de la cultura oficial, sino con la obsesión de dos personas: Tomás García, editor de la modestísima editorial Alea Blanca, y Alfredo Rasines, quien peregrinó a las Islas Canarias y se instaló allí durante meses viviendo al parecer en una situación de casi indigencia hasta lograr gestionar su visita. De Rasines me diría Panero: está demasiado loco, me da miedo; esto permite hacerse una idea del talante de aquel proyecto del que había escuchado hablar, y por el que personalmente no hubiera apostado un céntimo, pero que terminó haciéndose realidad gracias también al poeta canario Sebensuí A. Sánchez, quien estaba encargado de acompañar al escritor y velar por su salud. Meses antes, recibí la llamada de Tomás García, confirmando que Panero venía a la ciudad y que Alea Blanca iba a organizar un recital y un pequeño volumen con inéditos; me instó a colaborar en todo ello, junto a Begoña Callejón, de quien solo conocía Las putas comen sushi, un pequeño poemario de feroz filiación paneriana. La propuesta me sorprendió bastante, ya que por entonces no podía estar más alejado del ambiente poético local y, salvo mi traducción de Emily Dickinson y algunos poemas publicados en plaquettes con motivo de un par de recitales, apenas tenía nada nuevo que mostrar desde hacía años, ni intención de hacerlo en breve.

Nos había elegido a Begoña y a mí porque deducía nuestra admiración por el autor de Last river together; una devoción no basada en su leyenda maldita ('que no usen mi torpe biografía para juzgarme', llevaba pidiendo desde hacía mucho) sino en sus demoledores e inclasificables libros de los años 70 y 80. No la locura, sino el discurso de la locura. Poemas como estos: brutales, monstruosos, en los que se jugaba a vida o muerte con la literatura concebida como demencia colectiva, atravesados de referencias a Pound, Lacan, la cosmología gnóstica o el Apocalipsis. Al parecer no éramos tantos los que en Granada un lugar donde la apacible sombra de la llamada "poesía de la experiencia", con su halo de desprecio a toda indagación en el lenguaje que no oliera a Jaime Gil de Biedma y sus epígonos, gravitaba aún pudiéramos decirnos influidos por él. Panero ejercía fascinación, pero probablemente muchos de los que asistieron a aquel multitudinario recital en el Jardín Botánico sabían de él -en el mejor de los casos- poco más que lo mostrado en la película de Jaime Chávarri. Con todo, fuimos unos privilegiados y no me sorprendió que hubiera quienes nos miraran con desconfianza, pese a que algunos que lo hicieron no serían capaces de mencionar siquiera dos libros suyos. (No me cabe duda de que Panero es uno de los poetas más leídos de España, pese a no haber recibido nunca un premio literario; pero se dice que en España la poesía se lee poco y mal.)

¡Rubén Martín...! ¡Poeta loco! fueron las primeras palabras que me dirigió, tras darme la mano sonriendo y antes de estallar en una rugosa carcajada, una risa inimaginablemente extraña que sería una de las constantes vitales de aquella semana. La noche en que me presentaron a Leopoldo María Panero acabaría siendo una de las más relevantes de mi vida reciente, pues también conocí a Begoña Callejón, quien sería después para mí la hermana que nunca tuve y me ayudó como nadie a sobrevivir a una de las etapas más caóticas de mi existencia. No tengo claro por qué cuento esto. Tal vez no puedo disociar esa risa desquiciada de la mirada luminosa y la sonrisa delirante de Begoña, con el fondo de mi propio estado mental derruido que sin embargo se dejaba contagiar por todo ello. El librito que íbamos a sacar para celebrar ese encuentro se titularía, irónicamente, Locos de altar. Para Panero no era más que una excusa para salir del manicomio, y en ningún momento trató de disimularlo; para nosotros, una excusa para conocer a Panero. Todos contentos y nosotros, concretamente, eufóricos. 


(Begoña Callejón y Leopoldo María Panero, 2010)

En ese primer encuentro en un bar del centro de Granada, en el cual Panero bebía coca-colas a tal velocidad que los camareros pasaron de la confusión a la desesperación, al no dar abasto con el registro de tapas que correspondían a las consumiciones, apenas hablé con él; la impresión de estar delante del autor de poemas que me han fascinado durante años era demasiado entumecedora, y me refugié en ir trazando lazos con Begoña y Sebensuí. Tras ser pagada la cuenta, el poeta nos acompañó al cuartel general de Alea Blanca, que recuerdo como un almacén repleto de ordenadores obsoletos y libros antiguos de toda índole; allí fuimos comprobando cómo la conversación con Leopoldo María Panero era muy semejante a sus poemas: a veces hilarante, a veces mortalmente seria, siempre enferma de la más poderosa literatura. En un solo parlamento cruzaba de forma vertiginosa frases en sus idiomas originales de Dante, Corbière, Blake, Virgilio o Pound. Reconocí una cita de este último ("the frogs singing against the fauns") y él respondió, muy serio: vaya, por fin un hombre con el que se puede hablar, para después soltar una de sus explosivas carcajadas. A partir de ese momento acercarme a él fue mucho más sencillo, aunque la tensión jamás se perdía. Panero era imprevisible y quizá por ello resultaba tan agotador seguir su torrente verbal y vital, seguirle hacia lugares desconocidos y de pronto delirantes. Reía y bromeaba, y de pronto su mirada se ensombrecía terriblemente, afirmando con crudeza: no soy un niño gilipollas. Recitó unos versos en inglés que no pude identificar y señaló: John Donne es mi poeta favorito. Aproveché para mencionarle su poema 'Ann Donne: undone'; me miró fijamente y corrigió mi pronunciación de la palabra undone con una fría rotundidad que me puso literalmente la carne de gallina, para después hablarnos de la dedicatoria de ese poema y otros a Ana María Moix. Era imposible rehuir la sensación de que, debido a la tortura yatrogénica de la que había sido víctima, Panero vivía en gran medida atrapado en el pasado, no sabría decir si por voluntad propia. A lo largo de esa semana, el hueco sintáctico de John Donne lo cubrirían muchos otros: T. S. Eliot es mi poeta favorito; Mallarmé es mi poeta favorito; Villamediana es mi poeta favorito; Ezra Pound es mi poeta favorito, en sentencias que parecían obedecer a las fluctuaciones de su estado de ánimo. 





Dictó a Tomás García un puñado de poemas inéditos, con una mezcla de desinterés y desdén hacia ellos; en cambio, cuando le mencionábamos alguno de sus poemas de Teoría o Narciso en el acorde último de las flautas comenzaba a recitarlos de memoria, con verdadero orgullo, con tremenda gravedad. Panero nunca ha ocultado que escribe por dinero desde hace muchos años. Ese fue el titular de la entrevista que le hicieron esos días en un periódico local, donde respondió a las ingenuas preguntas del periodista con su habitual talante corrosivo: Detesto el 'Romancero Gitano' de Lorca, me parece un libro repugnante. Ese tipo de herejías que la Poesía Española nunca le ha perdonado, menos aún que su talento o su escandalosa vida, como cuando dijo que Antonio Machado es un poeta para el bachillerato o No me gusta el Quijote, es una novela río asquerosa. El placer de blasfemar, de decir como los niños lo que muchos adultos respetables opinan y callan, es un privilegio exquisito del loco y un atentado contra quienes viven de la sacralización de la literatura. Contra la cultura española en general, y sus altares. Qué feo es Javier Bardem. Yo creo que podría matarlo telepáticamente. Conozco a un loco de mi manicomio que provocó con telepatía un accidente de trenesOtro privilegio: la fabulación, el cruce laberíntico donde la ficción trasmuta quién sabe qué realidades. ¿Sabes, Rubén? La CIA nos encerró en un manicomio a todos los de la antología de Castellet. Si no llega a ser por los poderes de Gimferrer, no hubiéramos podido escapar, me diría en otro momento. Qué listo es Gimferrer, era el más inteligente de todos...



                                                                                      (Leopoldo María Panero y R.M., 2010)


Como no podía ser de otra forma, el recital que organizamos en el Jardín Botánico fue un completo desastre. Begoña Callejón y yo intentamos recitar unos cuantos poemas para caldear el ambiente, pero Leopoldo, sentado cerca del micro, no dejaba de hacernos reír con bromas de mal gusto, obscenidades y frases inconexas. Después fue su turno y continuó haciendo lo mismo; se negó a leer los poemas de Locos de altar "este libro es una mierda, no quiero leer poemas de él", y comenzó a divagar sobre la CIA y sobre que España es un país insoportable, que si hubiera nacido en Francia las cosas serían distintas para él. El público por lo general estaba contento de la oportunidad de oírle, aunque un paleto con pinta de no haber abierto un libro en su vida ni ayudado de fórceps se sintió estafado y rebuznó improperios en voz alta, ante la risueña indiferencia del poeta. Todo ello en la ciudad donde se expele el premio de poesía más ambicioso del país, con una pantagruélica dotación de decenas de miles de euros, discursos de concejales de 'cultura' y copiosas cenas a costa de dinero público. Pensado así, su performance era un involuntario y refrescante corte de mangas.   

Después hubo una especie de celebración, en un café-bar cercano a la calle Pedro Antonio de Alarcón, al que por desgracia Begoña no pudo asistir. Se instaló un micro e improvisó un escenario, donde varios espontáneos recitamos poemas suyos. Leí 'La canción del crupier del Mississippi' y Leopoldo, que estaba sentado cerca, murmuraba o declamaba entre dientes algunos de sus versos: "Escribir en España no es llorar, es beber, / es beber la rabia del que no se resigna / a morir en las esquinas, es beber y mal / decir, blasfemar contra España / contra este país sin dioses pero con / estatuas de dioses...". A pesar del alcohol o gracias a él, pocas veces me he sentido tan electrificado por lo que recitaba como aquella vez: "... caerse húmedo babeante y tonto y / derrumbarse como un árbol ante los farolillos / de esta verbena cultural". De las muchas anécdotas memorables, quizá me quedo con una protagonizada por la poeta Natalia Manzano, que tímidamente se acercó a la mesa en que estábamos para decirme algo que no recuerdo. ¿Tú me has leído?, le preguntó Panero de pronto. «Sí», respondió ella. Entonces siéntate aquí. Hubo después más días con Leopoldo María Panero, más momentos de extrañeza, deslumbramiento y desconciertos, pero al fin y al cabo todo se reduce a eso, a ese gesto cordial y al mismo tiempo orgullosamente exclusivo, sectario casi. Estábamos allí sentados con Panero porque lo habíamos leído. No por el malditismo ni la leyenda ni el morbo que algunos pretenden cifrar como su única razón de ser, y que no son nada. "Vivo en la fantasía paranoica del fin del mundo y no solo no pretendo salir, sino que pretendo que los demás entren en ella", nos dijo también, citando de memoria palabras suyas de hacía décadas. Ahora el fin del mundo personal de Leopoldo ha llegado, después de sobrevivir a sus padres, sus hermanos, a Ana María Moix tan solo unas semanas. Inevitable pensar en aquello de la 'muerte propia' rilkeana, al fin con un gesto de paz y serenidad según cuenta su doctor. Inevitable sentirse triste, aunque Leopoldo se jactara de llevar muchos años ya muerto. Inevitable sentirse parte de unos pocos escogidos. Hora por fin de leer al poeta y olvidar al loco, el muerto viviente, el outsider. De leer el poema.






martes, 20 de julio de 2010

orpheus


(imágenes: Zao Wou Ki)

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Siente, callado amigo de tantas lejanías,
cómo tu aliento aún multiplica el espacio.
Dentro del armazón del negro campanario
déjate repicar. Lo que de ti se nutre

se hará una fortaleza gracias a tu alimento.
Has de entrar y salir en la transformación.
¿Qué es tu dolorosísima experiencia?
Si el trago te es amargo, hazte vino.

Sé, durante esta noche del exceso, la fuerza
mágica en el cruce de tus sentidos,
significado de su extraño encuentro.

Y si lo terrenal llega a olvidarte,
a la tierra callada dí: yo fluyo.
Y a las rápidas aguas dí: yo soy.


.

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STILLER Freund der vielen Fernen, fühle,
wie dein Atem noch den Raum vermehrt.
Im Gebälk der finstern Glockenstühle
laß dich läuten. Das, was an dir zehrt,

wird ein Starkes über dieser Nahrung.
Geh in der Verwandlung aus und ein.
Was ist deine leidendste Erfahrung ?
Ist dir Trinken bitter, werde Wein.

Sei in dieser Nacht aus Übermaß
Zauberkraft am Kreuzweg deiner Sinne,
ihrer seltsamen Begegnung Sinn.

Und wenn dich das Irdische vergaß,
zu der stillen Erde sag : Ich rinne.
Zu dem raschen Wasser sprich : Ich bin
.

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(Rainer Maria Rilke, Sonetos a Orfeo, 2-XXIX; traducción: R.M.)

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miércoles, 23 de diciembre de 2009

and death shall have no dominion





Y la muerte no tendrá señorío.
Desnudos hombres muertos se harán uno
con el hombre bajo el viento y la luna occidental;
cuando sus huesos se descarnen y después desaparezcan,
habrá estrellas en sus codos y sus pies;
por más que enloquezcan conservarán cordura,
por más que se aneguen habrán de resurgir;
por más que se pierdan los amantes el amor no lo hará;
y no tendrá la muerte señorío.


Y no tendrá la muerte señorío.
Bajo los remolinos del mar
los caídos hace tiempo no morirán girando;
retorcidos en el potro cuando se rinden los tendones,
amarrados a sus ruedas, aún así resistirán;
la fe se partirá en dos entre sus manos,
y maldades de unicornio habrán de atravesarlos;
al escindirse por completo dejarán de crujir;
y no tendrá la muerte señorío.


Y no tendrá la muerte señorío.
Puede que nunca más en sus oídos el grito de gaviotas
ni el fragor de las olas en la orilla;
donde brotó una flor puede que nunca haya una flor
que alce su cabeza a los empujes de la lluvia;
por más que estén locos e inertes como clavos
sus cabezas martillean contra las margaritas;
irrumpen en el sol hasta que el sol revienta,
y la muerte no tendrá señorío.

And death shall have no dominion.
Dead mean naked they shall be one
With the man in the wind and the west moon;
When their bones are picked clean and the clean bones gone,
They shall have stars at elbow and foot;
Though they go mad they shall be sane,
Though they sink through the sea they shall rise again;
Though lovers be lost love shall not;
And death shall have no dominion.
And death shall have no dominion.
Under the windings of the sea
They lying long shall not die windily;
Twisting on racks when sinews give way,
Strapped to a wheel, yet they shall not break;
Faith in their hands shall snap in two,
And the unicorn evils run them through;
Split all ends up they shan't crack;
And death shall have no dominion.
And death shall have no dominion.
No more may gulls cry at their ears
Or waves break loud on the seashores;
Where blew a flower may a flower no more
Lift its head to the blows of the rain;
Though they be mad and dead as nails,
Heads of the characters hammer through daisies;
Break in the sun till the sun breaks down,
And death shall have no dominion.



("And death shall have no dominion", Dylan Thomas; trad: R.M.)


lunes, 2 de noviembre de 2009

tres poemas de nicole brossard





CONTRALUZ

eso que vive
de las palabras
el fuero interno
todo eso va
a borrarse ante
tu respiración
la muerte, no




CONTEMPORÁNEA

ahí donde duele en la vida
por tactos sucesivos
no es la muerte
sino la movilidad de la luz
el don que tenemos de agravar la belleza


De Instalaciones (con y sin pronombres)
Editorial Aldus, Mexico, 1997






***

cuando mantenemos con gran esfuerzo soluciones
por qué de pronto hay que
estirar una parte del ser hacia la ficción
alejarnos de las palabras como salimos
del tiempo de las cicatrices



De Cuaderno de rosas y civilización (2009)



Traducciones: Mónica Mansour


Imágenes: J.L.Fuentetaja / Susana Guillén

martes, 13 de octubre de 2009

dos poemas de anne sexton


(a petición de La Paciente número 24)


WHEN MAN ENTERS WOMAN

Cuando el hombre
penetra a la mujer
como muerde la orilla el oleaje
una y otra vez
y la mujer abre la boca de placer
y destellan sus dientes
como el alfabeto,
el Logos se aparece
ordeñando una estrella
y el hombre
dentro de la mujer
aprieta un nudo
para que nunca
más los separen
y la mujer
se encarama a una flor
tragándose su tallo
y se aparece el Logos, y
desencadena el río de ambos.


Este hombre
esta mujer
con duplicada hambre
han intentado traspasar
la cortina de Dios
y por segundos lo consiguen,
por más que Dios
en Su perversidad
desate el nudo.




When man,
enters woman,
like the surf biting the shore,
again and again,
and the woman opens her mouth with pleasure
and her teeth gleam
like the alphabet,
Logos appears milking a star,
and the man
inside of woman
ties a knot
so that they will
never again be separate
and the woman
climbs into a flower
and swallows its stem
and Logos appears
and unleashes their rivers.

This man,
this woman
with their double hunger,
have tried to reach through
the curtain of God
and briefly they have,
through God
in His perversity
unties the knot.

THE ASSASSIN


La muerte correcta está inscrita.
Saciaré el ansia.
Mi arco está tensado.
Mi arco está dispuesto.
Soy la bala y el gancho.
Estoy amartillada y a mano.
A él lo tallo ante mis ojos
como una escultora. Moldeo
su última mirada a los demás.
Desplazo sus ojos y su bóveda
craneana hacia cualquier postura.
Sé de su sexo masculino
y lo recorro con mi índice.
Son uno su boca y su ano.
Estoy en el centro del sentir.
Un tren subterráneo pasa
a través de mi ballesta.
Tengo un candado de sangre
y he hecho que sea mío.
Con este hombre tomo entre mis manos
su destino y con esta pistola
tomo los periódicos y con
mi ardor le tomaré a él.
Se inclinará ante mí
y sus venas saldrán en tropel
como si fueran niños… Dadme
su bandera y su ojo.
Dadme su rígido armazón, su labio.
Él es mi maldad y mi manzana y
lo acompañaré a su casa.



The correct death is written in.
I will fill the need.
My bow is stiff.
My bow is in readiness.
I am the bullet and the hook.
I am cocket and held ready.
In my sights I carve him
like a sculptor. I mold out
his last look at everyone.
I carry his eyes and his
brain bone at every position.
I know his male sex and I do
march over him with my index finger.
His mouth and his anus are one.
I am at the center of feeling.

A subway train is
traveling across my crossbow
I have a blood bolt
and I have made it mine.
With this man I take in hand
his destiny and with this gun
I take in hand the newspapers and
with my heat I will take him.
He will bend down toward me
and his veins will tumble out
like children... Give me
his flag and his eye.
Give me his hard shell and his lip.
He es my evil and my apple

and I´ll see him home.

(imágenes: Wim Delvoye / Helmut Newton; traducciones: R.M.)

jueves, 13 de agosto de 2009

el dolor según villiers de l´isle adam




(Imagen: Vasilii Kandinski, 1903)




Lucille -respondió el conde-, conocí a cierto cantante que, ante el lecho de muerte de su prometida y al escuchar cómo la hermana de ella se deshacía en sollozos convulsos, no podía dejar de constatar, a pesar de su aflicción, los defectos de emisión vocal remarcables en aquellos sollozos, y de pensar vagamente en los ejercicios que serían necesarios para darles "más cuerpo". ¿Os parece mal? Sin embargo, nuestro cantante murió a causa de esta separación y la superviviente dejó el luto el mismo día en que la costumbre lo permite.




(Villiers de l´Isle Adam, "Sentimentalismo" , en Cuentos crueles; traducción: R.M.)

lunes, 20 de abril de 2009

intersecciones: Andy Warhol / Al Berto


no pienso
trancribo conversaciones telefónicas o hablo
con la noche de new york
o no hablo y grabo la voz de los otros filmo
obsesivamente la muerte
o no filmo y multiplico sillas eléctricas
me excito
soy el centro del mundo de los otros y
no existo
o es la vida que me atraviesa el sexo
y finjo la muerte o brillo
como el diamante

(Electric Chairs , 1964 / Falso retrato de Andy Warhol,  traducción de Cidalia Dos Santos y Javier García Rodríguez)