(Artículo publicado en el número 372 de Quimera, noviembre de 2014, dossier sobre Leopoldo María Panero)
jueves, 8 de enero de 2015
Terror, kitsch y palimpsesto en la poética de LMP
(Artículo publicado en el número 372 de Quimera, noviembre de 2014, dossier sobre Leopoldo María Panero)
domingo, 9 de marzo de 2014
Dos poemas de Leopoldo María Panero
que eras la muerte: porque ella sólo podía
amarme si no había
hombres para mí, vivos:
sólo ella
podía amarme: y supe también que tú eras
la muerte, y que me amabas.
El rostro de la Humanidad era
para mí el de nadie: como para ella,
como para ti: eres negra y no quieres
nada de lo que vive y no sabe
hasta morir que te desea.
Y vi a través de ti, cómo surgían
y surgen cabezas de la tierra helada:
cabezas, yelmos, corazas, espadas
es el fruto que cosecha la tierra en este año
que tanto recuerda al Último, al siguiente,
y me amaste porque yo lo veía, porque
veía crecer ya en el huerto el fruto
monstruoso que incorporaba en sí
todo dolor e injusticia y desastre
y me dijiste: «He aquí mi primer hijo
yo que nada sabía del ridículo gesto
de nacer!». Y agregaste:
«Este reirá de todo,
y lo encenagará todo con
el veneno de su risa mortal:
cuando no haya nadie
que recuerde cómo se reía, este reirá».
Y te reíste de mí, como mi madre
al ver que yo había nacido de ella.
Tan inmenso
era el frío en las ciudades
que algunos sabían que no era locura
ni es, creer que caerán —sobre mí
o seré yo el que caiga al morir sobre tu cuerpo.
Pero en el frío crecían
seguían creciendo —la peor de las alfombras
de césped— los huesos y la carne de los soldados
que crecían sobre la tierra helada. Y me dijiste:
«ellos no tendrán miedo, porque están
muertos, lo mismo que tú que me amas,
a mí que soy negra
como la vida e hice una piedra de tu gesto»
Y los muertos brotaban sobre la tierra húmeda
—cabezas, yelmos, corazas y espadas
porque la Muerte se había hecho vida.
Y pregunté
—te pregunté entonces—: «Será mi alma
buen alimento para perros?» Y contestaste: «no esperes
que ella sirva para otra cosa: fue creada
y pensada lo mismo que tu cuerpo y huesos para
nutrición de los perros finales —lo mismo
que tu palabra». «Y ¿nada he de esperar?» «Nada».
Y vi como espadas y corazas y yelmos
surgían sobre el campo más yermo.
Y me olvidé.
Leí mucho y no recuerdo nada. Y en la
habitación del fondo mi madre
se pudre, es un pez. El
palacio de la locura está
lleno de animales
verdes con
motas anaranjadas como ácidos y
cubiertos de polvo: entra,
ven.
No me acuerdo de ti, Pere
decía, creo, lo contrario, Pound
sin talento, a Paz le
gustó mucho: moscas
vuelan alrededor del árbol. Oh, yo
también devoro moscas, a veces me atraganto, tantas
hay, crudas, sí, que no resisten
la cocción (Capítulo III de
L´Alchimie rétablie de Canseliet, «So-
llicitations trompeuses et..............»),
los senos del niño. Enormes y caídos. Qui
scribit bis legit.
Y en los ojos una escalera empieza.
Y vuelvo, vuelvo como un sueño,
como los sueños vuelven, sin entrar,
vuelve a soñarme, allí. Mientras duermen,
duermen, duermen, en la Morgue
"avec les yeux grand ouverts" —vuelve
y la casa desierta, o hay extrañas
gentes que no conozco, cerebros ilegibles. Largo
el viaje por mar. Y en la habitación condenada se
encontró, muertos,
los extraños que vivían allí,
en la casa del confín (Hogdson)
sin hablar, un niño
enteramente recubierto de escamas —al tocarlo
sentimos una humedad, afilada y
fría como un cuchillo: sin conocernos. Había
también la soga colgada de una moldura
con la forma, en su extremo,
de una cabeza.
Suicidarse y seguir viviendo,
esta frase pertenece a alguien, a
Nijinski, quizá,
no estoy seguro —Largo
el viaje por mar. En una isla había
una caverna y dentro un
enano que no quiso decirnos su nombre.
Una rana le colgaba de la boca, casi lo olvido.
Y mi madre
acariciaba al niño de escamas, y de
vez en cuando retraía
la mano y la ponía
cerca de sus ojos, para mirar la humedad, las
gotas de agua fría deslizándose
sobre la piel. (Estaba
ciega como yo.) El
palacio de la locura está
lleno de agua y peces ciegos que tropiezan
en las profundidades, que relumbran. Ven, así
estás a salvo (golpeado, año tras año
por un látigo de luz, hasta la muerte), mucho menos
atroz estás a salvo: los peces
no hablan, lo mismo que los niños, no
se encadenan a una charla en la
que nadie responde ni te
responderá nunca, y que cesa
nada más formularse la pregunta —Do
I dare demasiado me atreví: sale agua
de mis ojos, y los ojos cosidos y la
boca ve y ando con los oídos. Escú-
chame tú, que pasas al lado, que me rozas
por la calle, ange à moitié mort. Que me rezas.
Cesa todo cuando se pregunta, dejan
de hablar. Se van. Guardó la
mano muerta de su hija en un vaso
con agua.
Una mosca
come en mi mano. Una lluvia de sangre
cayendo en el cerebro de Charles. Hacía
frío Fort, la noche en que murió hacía
frío, sí, lo recuerdo, llovía. Pere
Gimferrer —contrapunto
como en el canto VII de Pound —no mera
sucesión de pinceladas, narración
ciega, sino la vida
y la mente toda puestas en juego,
y perdidas— aquí. Pere
Gimferrer y Carnero se casaron
en octubre, y su hija
de enorme falo goteando,
colgando, muerta.
Balanceándose como un péndulo,
mortal, goteando, en lo oscuro.
Hay un falo en mi boca, dos, y otro
erecto en mi ano, otro
lo arrastran mis pies.
Otro
cuelga de mi cabeza y araña
al pasar las paredes y deja
un rastro, y un sonido. Pero
al morir Charles Fort dijo:
Mi hijo está desnudo, allí,
en el suelo, la llave. Y esos no son
de mi Pueblo. Oculto
donde todos me ven, sello
de la carta robada, soy una princesa.
Ven a donde huyo.
Jamás me pudieron encontrar. Dije: estaré
siempre en el bosque, perdido,
en el bosque donde nací. Llueve,
llueve sobre el sexo de una mujer. Y bajo
el sol, rodeado de muchos, tengo frío. Y dije:
«Ese que va allí,
ese que corre, que
al volverme hace una mueca,
soy yo.
Ácido disuelto
en agua
caída sobre el papel.»
ADDENDA: GLOSA A UN EPITAFIO
(Leopoldo María Panero y R.M., 2010)
jueves, 21 de enero de 2010
vida sexual en la antigüedad clásica
Coroné a Menecarmo, que en la lucha venciera por la espalda,
con diez cintas muy suaves y lo besé tres veces
aunque estaba empapado en mucha sangre.
Eso me fue más dulce que la mirra.
(epigrama anónimo helenístico)
.
Qué buen encantamiento descubrió Polifemo
para el enamorado. Por la Tierra, que no era tonto el cíclope.
Las Musas, sí, Filipo, la pasión debilitan:
su técnica es la droga que todo lo remedia.
El hambre y el poema son la única terapia
-creo yo- para el mal: extirpa la dolencia
de querer a los chicos... Puedo decirle a Eros
muy tranquilo: "Niñato, córtate ya las alas.
Ni una pizca te temo porque tengo en mi casa
conjuros de dos clases para tus golpes crueles."
(Calímaco, 300-240 a.C)
.
En tu pierna, Nicandro, se está espesando el vello. Vigila,
no le pase lo mismo a tu culo y no te enteres
y veas que rareza es un amante. Por ahora, medita:
la juventud es algo irrevocable.
(Alceo de Mesene)
Jugaba, diosa Pafia, con Hermíone
la seductora; llevaba un cinturón bordado en flores
con dorada leyenda: Ámame -se leía- con pasión
pero no te entristezcas si otro me posee.
***
El vino es el testigo del amor. Aunque negó que amaba,
las copas delataron a Nicágoras.
Lloró, se puso lánguido, miraba cabizbajo,
y no se le quedaba ceñida la guirnalda.
(Asclepíades, s. IV-III a.C)
.
Si algo me sucediera, Cleóbulo -no es improbable: yazgo derribado
en la hoguera de un joven- mis últimas cenizas, te suplico,
embriágalas con vino antes de sepultarlas y pon sobre la urna
esta inscripción: Ofrenda de Amor a los Infiernos.
***
La diosa de Chipre me inflama de delirio hacia ellas,
y Eros empuña las riendas del amor hacia los hombres.
¿Adónde he de inclinarme? ¿Al hijo o a la madre? Digo lo que la propia
Afrodita admite: "De este niño insolente es la victoria".
(Meleagro, s. II-I a.C)
.
No te sorprendas, Rufo, de que ninguna mujer quiera poner debajo de ti su delicado muslo, no, aunque intentes seducirla con el obsequio de un vestido original o con el señuelo de un brillante insuperable. Te perjudica un burdo rumor, según el cual un feroz macho cabrío habita en la cuenca de tus sobacos. Todos lo temen. Y no hay que extrañarse. Ciertamente se trata de un animal muy desagradable con el que ninguna chica hermosa querría acostarse. Por tanto, acaba con esa peste cruel para el olfato o deja ya de preguntarte por qué todas te huyen.
(Catulo, I a.C)
.

Repliega ya esas redes, mujer de malos ocios, y al andar
no gires tan adrede las caderas, Lisídice.
Bien te envuelve y te aprieta esa túnica tenue con sus pliegues.
Se ve todo lo tuyo desnudo y no se ve.
Si algo así te parece divertido, yo de la misma forma
con finísimo lino me taparé esta cosa tan derecha.
(Marco Argentario, I d.C)
.
Nos miras fijamente, Filomuso, cuando nos bañamos, y luego preguntas que por qué tengo unos esclavos imberbes que la tienen como Príapo. Contestaré sin rodeos a tu pregunta: les dan por culo a los curiosos, Filomuso.
***
Aunque estés en tu casa y te acicales en plena Subura, y te hagan las melenas, Gala, que te faltan, y te quites de noche los dientes igual que las sedas, y te acuestes condimentada con cientos de mejunjes, y ni tu cara duerma contigo, guiñas con el entrecejo ese que te han puesto por la mañana y no tienes respeto alguno a tu coño encanecido, al que ya puedes contar entre tus abuelos. Me prometes, no obstante, mil cosas; pero mi picha es sorda; y, por más que sea tuerta, te ve.
***
Ordenas, Lesbia, que mi pene esté siempre a tu disposición: créeme, una minga no es como un dedo. Aunque tú la estimules con manos acariciadoras y con palabras, tu rostro imperioso actúa en contra tuya.
(Marcial, 40-104 d.C)
.
Competían Melita, Rodope y Rodoclea
por ver cual de las tres tenía el mejor coño
y me nombraron juez. Como las diosas célebres
se levantan desnudas, ungidas con el néctar.
Brillaba el de Rodope suntuoso en el centro de sus muslos
como hendido por céfiros de rosas.
Como cristal era el de Rodoclea, húmedo como imagen
en un templo, recién acabada de esculpir.
Pero yo, que sabía lo que sufriera París con su fallo,
a la tres ya inmortales coroné.
(Rufino, s. II-III d.C)
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...cuando [Mesalina] advertía que [Claudio] estaba dormido, osando preferir una alfombrilla al lecho palatino, la augusta meretriz se cubría con un capuchón nocturno y se escapaba acompañada de una sola esclava. Oculta su negra cabellera bajo una peluca rubia, entra en el burdel templado con remendadas cortinas y se apropia de un camarín vacío y suyo. Allí se prostituye desnuda, pintados los pezones de oro, bajo el falso nombre de Lobita, y muestra, generoso Británico, el vientre que te engendró. Recibe con requiebros a los clientes, les reclama su paga y, yaciendo boca arriba, absorbe las arremetidas de muchos. Cuando el rufián despide a sus pupilas, se aleja a disgusto, ingeniándose para ser la última en cerrar su celda; ardiendo con el escozor de su vulva todavía hinchada, y se va, agotada de hombres, pero no saciada.
(Juvenal, 60-128 d.C)







