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domingo, 9 de marzo de 2014

Dos poemas de Leopoldo María Panero





(Joel-Peter Witkin, The Kiss)






EVE


Porque hiciste mi gesto eterno supe
que eras la muerte: porque ella sólo podía
amarme si no había
                             hombres para mí, vivos:
sólo ella
             podía amarme: y supe también que tú eras
la muerte, y que me amabas.
El rostro de la Humanidad era
para mí el de nadie: como para ella,
como para ti: eres negra y no quieres
nada de lo que vive y no sabe
hasta morir que te desea.
                                      Y vi a través de ti, cómo surgían
y surgen cabezas de la tierra helada:
cabezas, yelmos, corazas, espadas
es el fruto que cosecha la tierra en este año
que tanto recuerda al Último, al siguiente,
y me amaste porque yo lo veía, porque
veía crecer ya en el huerto el fruto
monstruoso que incorporaba en sí
todo dolor e injusticia y desastre
y me dijiste: «He aquí mi primer hijo
yo que nada sabía del ridículo gesto
de nacer!». Y agregaste:
«Este reirá de todo,
y lo encenagará todo con
el veneno de su risa mortal:
                                         cuando no haya nadie
que recuerde cómo se reía, este reirá».
Y te reíste de mí, como mi madre
al ver que yo había nacido de ella.
                                                    Tan inmenso
era el frío en las ciudades
que algunos sabían que no era locura
ni es, creer que caerán —sobre mí
o seré yo el que caiga al morir sobre tu cuerpo.
                                                          Pero en el frío crecían
seguían creciendo —la peor de las alfombras
de césped— los huesos y la carne de los soldados
que crecían sobre la tierra helada. Y me dijiste:
«ellos no tendrán miedo, porque están
muertos, lo mismo que tú que me amas,
                                                             a mí que soy negra
como la vida e hice una piedra de tu gesto»
Y los muertos brotaban sobre la tierra húmeda
—cabezas, yelmos, corazas y espadas
porque la Muerte se había hecho vida.
                                                           Y pregunté
—te pregunté entonces—: «Será mi alma
buen alimento para perros?» Y contestaste: «no esperes
que ella sirva para otra cosa: fue creada
y pensada lo mismo que tu cuerpo y huesos para
nutrición de los perros finales —lo mismo
que tu palabra». «Y ¿nada he de esperar?» «Nada».
Y vi como espadas y corazas y yelmos
surgían sobre el campo más yermo.
Y me olvidé.











(David Nebreda)






MANCHA AZUL SOBRE EL PAPEL


Para encontrarse otra vez como perdido
- Hegel


Leí mucho y no recuerdo nada. Y en la
habitación del fondo mi madre
se pudre, es un pez. El
palacio de la locura está
lleno de animales
                           verdes con
motas anaranjadas como ácidos y
cubiertos de polvo: entra,
ven.
        No me acuerdo de ti, Pere
decía, creo, lo contrario, Pound
sin talento, a Paz le
gustó mucho: moscas
vuelan alrededor del árbol. Oh, yo
también devoro moscas, a veces me atraganto, tantas
hay, crudas, sí, que no resisten
la cocción (Capítulo III de
L´Alchimie rétablie de Canseliet, «So-
llicitations trompeuses et..............»),
los senos del niño. Enormes y caídos. Qui
scribit bis legit.
                        Y en los ojos una escalera empieza.
Y vuelvo, vuelvo como un sueño,
como los sueños vuelven, sin entrar,
vuelve a soñarme, allí. Mientras duermen,
duermen, duermen, en la Morgue
"avec les yeux grand ouverts" —vuelve
y la casa desierta, o hay extrañas
gentes que no conozco, cerebros ilegibles. Largo
el viaje por mar. Y en la habitación condenada se
encontró, muertos,
los extraños que vivían allí,
en la casa del confín (Hogdson)
                                                 sin hablar, un niño
enteramente recubierto de escamas —al tocarlo
sentimos una humedad, afilada y
fría como un cuchillo: sin conocernos. Había
también la soga colgada de una moldura
con la forma, en su extremo,
de una cabeza.
Suicidarse y seguir viviendo,
esta frase pertenece a alguien, a
Nijinski, quizá,
no estoy seguro —Largo
el viaje por mar. En una isla había
una caverna y dentro un
enano que no quiso decirnos su nombre.
Una rana le colgaba de la boca, casi lo olvido.
                                                                       Y mi madre
acariciaba al niño de escamas, y de
vez en cuando retraía
la mano y la ponía
cerca de sus ojos, para mirar la humedad, las
gotas de agua fría deslizándose
sobre la piel. (Estaba
ciega como yo.) El
palacio de la locura está
lleno de agua y peces ciegos que tropiezan
en las profundidades, que relumbran. Ven, así
estás a salvo (golpeado, año tras año
por un látigo de luz, hasta la muerte), mucho menos
atroz estás a salvo: los peces
no hablan, lo mismo que los niños, no
se encadenan a una charla en la
que nadie responde ni te
responderá nunca, y que cesa
nada más formularse la pregunta —Do
I dare demasiado me atreví: sale agua
de mis ojos, y los ojos cosidos y la
boca ve y ando con los oídos. Escú-
chame tú, que pasas al lado, que me rozas
por la calle, ange à moitié mort. Que me rezas.
Cesa todo cuando se pregunta, dejan
de hablar. Se van. Guardó la
mano muerta de su hija en un vaso
con agua.
                Una mosca
come en mi mano. Una lluvia de sangre
cayendo en el cerebro de Charles. Hacía
frío Fort, la noche en que murió hacía
frío, sí, lo recuerdo, llovía. Pere
Gimferrer  —contrapunto
como en el canto VII de Pound  —no mera
sucesión de pinceladas, narración
ciega, sino la vida
y la mente toda puestas en juego,
y perdidas— aquí. Pere
Gimferrer y Carnero se casaron
en octubre, y su hija
de enorme falo goteando,
colgando, muerta.
Balanceándose como un péndulo,
mortal, goteando, en lo oscuro.
Hay un falo en mi boca, dos, y otro
erecto en mi ano, otro
lo arrastran mis pies.
                                Otro
cuelga de mi cabeza y araña
al pasar las paredes y deja
un rastro, y un sonido. Pero
al morir Charles Fort dijo:
Mi hijo está desnudo, allí,
en el suelo, la llave. Y esos no son
de mi Pueblo. Oculto
donde todos me ven, sello
de la carta robada, soy una princesa.
                                                         Ven a donde huyo.
Jamás me pudieron encontrar. Dije: estaré
siempre en el bosque, perdido,
en el bosque donde nací. Llueve,
llueve sobre el sexo de una mujer. Y bajo
el sol, rodeado de muchos, tengo frío. Y dije:
                                                                      «Ese que va allí,
ese que corre, que
                              al volverme hace una mueca,
                                                                           soy yo.
                                                                      Ácido disuelto
                                                                                en agua
caída sobre el papel.»






(De Narciso en el acorde último de las flautas, 1979)




ADDENDA: GLOSA A UN EPITAFIO




(De izquierda a derecha: Leopoldo María Panero, Sebensuí A. Sánchez, Rubén Martín y Begoña Callejón, Granada, 2010)


Conocí a Leopoldo María Panero durante una desquiciada semana del año 2010 en la cual permaneció en Granada. La única vez que el poeta visitó esta ciudad: nunca antes había sido invitado a engrosar la caudalosa lista de recitales, premios, conferencias y presentaciones de libros que se celebran anualmente en ella. Por supuesto, nada que tuvo que ver la Universidad ni otros cauces de la cultura oficial, sino con la obsesión de dos personas: Tomás García, editor de la modestísima editorial Alea Blanca, y Alfredo Rasines, quien peregrinó a las Islas Canarias y se instaló allí durante meses viviendo al parecer en una situación de casi indigencia hasta lograr gestionar su visita. De Rasines me diría Panero: está demasiado loco, me da miedo; esto permite hacerse una idea del talante de aquel proyecto del que había escuchado hablar, y por el que personalmente no hubiera apostado un céntimo, pero que terminó haciéndose realidad gracias también al poeta canario Sebensuí A. Sánchez, quien estaba encargado de acompañar al escritor y velar por su salud. Meses antes, recibí la llamada de Tomás García, confirmando que Panero venía a la ciudad y que Alea Blanca iba a organizar un recital y un pequeño volumen con inéditos; me instó a colaborar en todo ello, junto a Begoña Callejón, de quien solo conocía Las putas comen sushi, un pequeño poemario de feroz filiación paneriana. La propuesta me sorprendió bastante, ya que por entonces no podía estar más alejado del ambiente poético local y, salvo mi traducción de Emily Dickinson y algunos poemas publicados en plaquettes con motivo de un par de recitales, apenas tenía nada nuevo que mostrar desde hacía años, ni intención de hacerlo en breve.

Nos había elegido a Begoña y a mí porque deducía nuestra admiración por el autor de Last river together; una devoción no basada en su leyenda maldita ('que no usen mi torpe biografía para juzgarme', llevaba pidiendo desde hacía mucho) sino en sus demoledores e inclasificables libros de los años 70 y 80. No la locura, sino el discurso de la locura. Poemas como estos: brutales, monstruosos, en los que se jugaba a vida o muerte con la literatura concebida como demencia colectiva, atravesados de referencias a Pound, Lacan, la cosmología gnóstica o el Apocalipsis. Al parecer no éramos tantos los que en Granada un lugar donde la apacible sombra de la llamada "poesía de la experiencia", con su halo de desprecio a toda indagación en el lenguaje que no oliera a Jaime Gil de Biedma y sus epígonos, gravitaba aún pudiéramos decirnos influidos por él. Panero ejercía fascinación, pero probablemente muchos de los que asistieron a aquel multitudinario recital en el Jardín Botánico sabían de él -en el mejor de los casos- poco más que lo mostrado en la película de Jaime Chávarri. Con todo, fuimos unos privilegiados y no me sorprendió que hubiera quienes nos miraran con desconfianza, pese a que algunos que lo hicieron no serían capaces de mencionar siquiera dos libros suyos. (No me cabe duda de que Panero es uno de los poetas más leídos de España, pese a no haber recibido nunca un premio literario; pero se dice que en España la poesía se lee poco y mal.)

¡Rubén Martín...! ¡Poeta loco! fueron las primeras palabras que me dirigió, tras darme la mano sonriendo y antes de estallar en una rugosa carcajada, una risa inimaginablemente extraña que sería una de las constantes vitales de aquella semana. La noche en que me presentaron a Leopoldo María Panero acabaría siendo una de las más relevantes de mi vida reciente, pues también conocí a Begoña Callejón, quien sería después para mí la hermana que nunca tuve y me ayudó como nadie a sobrevivir a una de las etapas más caóticas de mi existencia. No tengo claro por qué cuento esto. Tal vez no puedo disociar esa risa desquiciada de la mirada luminosa y la sonrisa delirante de Begoña, con el fondo de mi propio estado mental derruido que sin embargo se dejaba contagiar por todo ello. El librito que íbamos a sacar para celebrar ese encuentro se titularía, irónicamente, Locos de altar. Para Panero no era más que una excusa para salir del manicomio, y en ningún momento trató de disimularlo; para nosotros, una excusa para conocer a Panero. Todos contentos y nosotros, concretamente, eufóricos. 


(Begoña Callejón y Leopoldo María Panero, 2010)

En ese primer encuentro en un bar del centro de Granada, en el cual Panero bebía coca-colas a tal velocidad que los camareros pasaron de la confusión a la desesperación, al no dar abasto con el registro de tapas que correspondían a las consumiciones, apenas hablé con él; la impresión de estar delante del autor de poemas que me han fascinado durante años era demasiado entumecedora, y me refugié en ir trazando lazos con Begoña y Sebensuí. Tras ser pagada la cuenta, el poeta nos acompañó al cuartel general de Alea Blanca, que recuerdo como un almacén repleto de ordenadores obsoletos y libros antiguos de toda índole; allí fuimos comprobando cómo la conversación con Leopoldo María Panero era muy semejante a sus poemas: a veces hilarante, a veces mortalmente seria, siempre enferma de la más poderosa literatura. En un solo parlamento cruzaba de forma vertiginosa frases en sus idiomas originales de Dante, Corbière, Blake, Virgilio o Pound. Reconocí una cita de este último ("the frogs singing against the fauns") y él respondió, muy serio: vaya, por fin un hombre con el que se puede hablar, para después soltar una de sus explosivas carcajadas. A partir de ese momento acercarme a él fue mucho más sencillo, aunque la tensión jamás se perdía. Panero era imprevisible y quizá por ello resultaba tan agotador seguir su torrente verbal y vital, seguirle hacia lugares desconocidos y de pronto delirantes. Reía y bromeaba, y de pronto su mirada se ensombrecía terriblemente, afirmando con crudeza: no soy un niño gilipollas. Recitó unos versos en inglés que no pude identificar y señaló: John Donne es mi poeta favorito. Aproveché para mencionarle su poema 'Ann Donne: undone'; me miró fijamente y corrigió mi pronunciación de la palabra undone con una fría rotundidad que me puso literalmente la carne de gallina, para después hablarnos de la dedicatoria de ese poema y otros a Ana María Moix. Era imposible rehuir la sensación de que, debido a la tortura yatrogénica de la que había sido víctima, Panero vivía en gran medida atrapado en el pasado, no sabría decir si por voluntad propia. A lo largo de esa semana, el hueco sintáctico de John Donne lo cubrirían muchos otros: T. S. Eliot es mi poeta favorito; Mallarmé es mi poeta favorito; Villamediana es mi poeta favorito; Ezra Pound es mi poeta favorito, en sentencias que parecían obedecer a las fluctuaciones de su estado de ánimo. 





Dictó a Tomás García un puñado de poemas inéditos, con una mezcla de desinterés y desdén hacia ellos; en cambio, cuando le mencionábamos alguno de sus poemas de Teoría o Narciso en el acorde último de las flautas comenzaba a recitarlos de memoria, con verdadero orgullo, con tremenda gravedad. Panero nunca ha ocultado que escribe por dinero desde hace muchos años. Ese fue el titular de la entrevista que le hicieron esos días en un periódico local, donde respondió a las ingenuas preguntas del periodista con su habitual talante corrosivo: Detesto el 'Romancero Gitano' de Lorca, me parece un libro repugnante. Ese tipo de herejías que la Poesía Española nunca le ha perdonado, menos aún que su talento o su escandalosa vida, como cuando dijo que Antonio Machado es un poeta para el bachillerato o No me gusta el Quijote, es una novela río asquerosa. El placer de blasfemar, de decir como los niños lo que muchos adultos respetables opinan y callan, es un privilegio exquisito del loco y un atentado contra quienes viven de la sacralización de la literatura. Contra la cultura española en general, y sus altares. Qué feo es Javier Bardem. Yo creo que podría matarlo telepáticamente. Conozco a un loco de mi manicomio que provocó con telepatía un accidente de trenesOtro privilegio: la fabulación, el cruce laberíntico donde la ficción trasmuta quién sabe qué realidades. ¿Sabes, Rubén? La CIA nos encerró en un manicomio a todos los de la antología de Castellet. Si no llega a ser por los poderes de Gimferrer, no hubiéramos podido escapar, me diría en otro momento. Qué listo es Gimferrer, era el más inteligente de todos...



                                                                                      (Leopoldo María Panero y R.M., 2010)


Como no podía ser de otra forma, el recital que organizamos en el Jardín Botánico fue un completo desastre. Begoña Callejón y yo intentamos recitar unos cuantos poemas para caldear el ambiente, pero Leopoldo, sentado cerca del micro, no dejaba de hacernos reír con bromas de mal gusto, obscenidades y frases inconexas. Después fue su turno y continuó haciendo lo mismo; se negó a leer los poemas de Locos de altar "este libro es una mierda, no quiero leer poemas de él", y comenzó a divagar sobre la CIA y sobre que España es un país insoportable, que si hubiera nacido en Francia las cosas serían distintas para él. El público por lo general estaba contento de la oportunidad de oírle, aunque un paleto con pinta de no haber abierto un libro en su vida ni ayudado de fórceps se sintió estafado y rebuznó improperios en voz alta, ante la risueña indiferencia del poeta. Todo ello en la ciudad donde se expele el premio de poesía más ambicioso del país, con una pantagruélica dotación de decenas de miles de euros, discursos de concejales de 'cultura' y copiosas cenas a costa de dinero público. Pensado así, su performance era un involuntario y refrescante corte de mangas.   

Después hubo una especie de celebración, en un café-bar cercano a la calle Pedro Antonio de Alarcón, al que por desgracia Begoña no pudo asistir. Se instaló un micro e improvisó un escenario, donde varios espontáneos recitamos poemas suyos. Leí 'La canción del crupier del Mississippi' y Leopoldo, que estaba sentado cerca, murmuraba o declamaba entre dientes algunos de sus versos: "Escribir en España no es llorar, es beber, / es beber la rabia del que no se resigna / a morir en las esquinas, es beber y mal / decir, blasfemar contra España / contra este país sin dioses pero con / estatuas de dioses...". A pesar del alcohol o gracias a él, pocas veces me he sentido tan electrificado por lo que recitaba como aquella vez: "... caerse húmedo babeante y tonto y / derrumbarse como un árbol ante los farolillos / de esta verbena cultural". De las muchas anécdotas memorables, quizá me quedo con una protagonizada por la poeta Natalia Manzano, que tímidamente se acercó a la mesa en que estábamos para decirme algo que no recuerdo. ¿Tú me has leído?, le preguntó Panero de pronto. «Sí», respondió ella. Entonces siéntate aquí. Hubo después más días con Leopoldo María Panero, más momentos de extrañeza, deslumbramiento y desconciertos, pero al fin y al cabo todo se reduce a eso, a ese gesto cordial y al mismo tiempo orgullosamente exclusivo, sectario casi. Estábamos allí sentados con Panero porque lo habíamos leído. No por el malditismo ni la leyenda ni el morbo que algunos pretenden cifrar como su única razón de ser, y que no son nada. "Vivo en la fantasía paranoica del fin del mundo y no solo no pretendo salir, sino que pretendo que los demás entren en ella", nos dijo también, citando de memoria palabras suyas de hacía décadas. Ahora el fin del mundo personal de Leopoldo ha llegado, después de sobrevivir a sus padres, sus hermanos, a Ana María Moix tan solo unas semanas. Inevitable pensar en aquello de la 'muerte propia' rilkeana, al fin con un gesto de paz y serenidad según cuenta su doctor. Inevitable sentirse triste, aunque Leopoldo se jactara de llevar muchos años ya muerto. Inevitable sentirse parte de unos pocos escogidos. Hora por fin de leer al poeta y olvidar al loco, el muerto viviente, el outsider. De leer el poema.






martes, 14 de diciembre de 2010

martes, 18 de mayo de 2010

treinta años después: Ian Curtis, Joy Division


Hoy 18 de Mayo hacen treinta años de la muerte de Ian Curtis, el cantante y coautor de las canciones de Joy Division. En un momento en el que el rock se dividía entre las ampulosidades cada vez más decadentes del progresivo/sinfónico y la limitada pragmática del punk, su banda encontró un término tembloroso y difuso, una tierra de nadie, capaz de suplir las enormes precariedades técnicas con un sorprendente ingenio musical y unas letras dotadas de una complejidad emocional y cultural insólitas para un grupo que rechazaba cualquier exhibicionismo virtuosista, estableciendo además un puente hacia el minimalismo electrónico de unos Kraftwerk o unos Neu. No merece la pena mencionar la infinidad de grupos actualmente activos que absorben, y en la mayoría de los casos banalizan, el legado de Joy Division; pero sí nombrar a Bauhaus, The Cure, Siouxsie and the Banshees o The Chameleons como bandas que difícilmente hubieran creado la música que crearon sin este precedente.

La discografía de Joy Division es tan breve como fulminante: dos LPs, Unknown Pleasures (1979) y Closer (1980) -a mi juicio su obra más cruda y definitiva-, y un puñado de singles y EPs donde podemos encontrar muchos de sus mejores temas (Transmission, No love lost, Dead Souls...). En cuanto a Ian Curtis y su aura de maldito, creada inevitablemente por un confuso suicidio a los 24 años, es habitual plantearse qué hubiera sido de él y de su valoración como letrista y compositor de no haber muerto tan joven. En cualquier caso basta con volver a ver esta actuación para un programa televisivo: como dijo una persona a la que quiero, que no sabía apenas nada sobre Curtis, "nunca imaginé que el sufrimiento podía expresarse de esta forma". Bailando, al borde del colapso. 

La realidad, el mito y la recreación que cada uno pueda hacer sobre momentos así se funden, se solapan; por eso una de mis escenas favoritas de Control, el sobrio y riguroso biopic cinematográfico que hizo Anton Corbijn -que trabajó con la banda- sobre la vida y muerte de Ian Curtis, es este fragmento que reproduce de forma estricta esta actuación, añadiendo la mirada aterrorizada de la que fue su mujer, Deborah Woodruffe, que se confunde con la nuestra y con la distancia -touched from a distance- con la que ahora revisamos, disfrutamos o cuestionamos los misterios de la música y la cultura de masas.

domingo, 4 de octubre de 2009

low




Low es una banda formada en 1993 por Alan Sparhawk, Mimi Parker -marido y mujer, ambos mormones- y Steve Garrington. Si algo distingue a su música es su casi angustiosa maestría en la incorporación de la pausa, el silencio y el tempo lento, sólo comparable a la de Codeine, pero con una carga emocional mucho más inmediata. Varias de sus canciones se inscriben en un género que Gustav Mahler llamaría Kindertotenlieder, canciones a la muerte de niños; un ejemplo sería este "Amazing Grace", del espléndido álbum Trust (2003), para el que esto escribe uno de los temas musicales más gélidos y emocionantes de lo que llevamos de década.

***

Pero uno de los rasgos menos conocidos de este grupo, para quienes sólo se han acercado a él a través de sus discos, es su inquietante sentido del humor. El minimalismo de sus melodías se aplica a algunos de los videoclips provocando una especie de risa histérica interior. Aquí dejo unas muestras: dos canciones que no están entre lo fundamental de su repertorio (una de ellas es un villancico a modo de cara B), pero en estos vídeos la interacción con la imagen en movimiento es cuanto menos sorprendente. Sin desperdicio.






jueves, 10 de septiembre de 2009

the killing moon



Sobre este fin de semana planeaba la que iba a ser la fiesta musical más intensa y especial imaginable: el domingo, Leonard Cohen en directo, y la madrugada del sábado también los míticos Echo and the Bunnymen iban a visitar inesperada y gratuitamente los escenarios granadinos.

Por desgracia una triste noticia pone en seria duda la actuación de los hombres-conejo: este primer sábado de septiembre Jake Drake-Brockman, teclista oficial del grupo desde 1989, murió a los 53 años al chocar su moto contra una ambulancia en la isla de Man, segregando desde ya una leyenda negra -el batería falleció en casi idénticas circunstancias hace veinte años- o al menos una de esas ominosas casualidades con las que la muerte traza sus constelaciones.

Desde aquí mi pesar por esta pérdida y, a falta de saber si podremos ver a Echo and the Bunnymen este sábado, os invito a escuchar The killing moon, para mí una de las canciones más mágicas y entrañables de los 80 (que algunos recordarán por la escena inicial de la película Donnie Darko), improvisando también una traducción de su letra.









te vi bajo la luna azul
tan pronto me tomaste
entre tus brazos

tarde para suplicarte o impedirlo
aunque sé que ésta debe ser
la hora asesina

la mía, a mi pesar

el destino
en pie frente a tu voluntad
contra viento y marea
esperará hasta que
te entregues a él

te vi en las noches estrelladas
tan cruelmente me besaste
tus labios, un mundo mágico
tu cielo, lleno de colgantes joyas
la luna asesina
vendrá demasiado pronto


el destino
en pie frente a tu voluntad
contra viento y marea
esperará hasta que
te entregues a él







Under blue moon I saw you
So soon you'll take me
Up in your arms
Too late to beg you or cancel it
Though I know it must be
The killing time
Unwillingly mine


Fate
Up against your will
Through the thick and thin
He will wait until
You give yourself to him


In starlit nights I saw you
So cruelly you kissed me
Your lips a magic world
Your sky all hung with jewels
The killing moon
Will come too soon


Fate
Up against your will
Through the thick and thin
He will wait until
You give yourself to him


(Echo & the Bunnymen, "The killing moon", del álbum Ocean Rain, 1984)


jueves, 13 de agosto de 2009

el dolor según villiers de l´isle adam




(Imagen: Vasilii Kandinski, 1903)




Lucille -respondió el conde-, conocí a cierto cantante que, ante el lecho de muerte de su prometida y al escuchar cómo la hermana de ella se deshacía en sollozos convulsos, no podía dejar de constatar, a pesar de su aflicción, los defectos de emisión vocal remarcables en aquellos sollozos, y de pensar vagamente en los ejercicios que serían necesarios para darles "más cuerpo". ¿Os parece mal? Sin embargo, nuestro cantante murió a causa de esta separación y la superviviente dejó el luto el mismo día en que la costumbre lo permite.




(Villiers de l´Isle Adam, "Sentimentalismo" , en Cuentos crueles; traducción: R.M.)

jueves, 2 de julio de 2009

diez años sin mark sandman


Este viernes 3 de junio harán diez años del momento en que Mark Sandman, cantante y bajista del trío de rock-jazz Morphine, cayó sobre el escenario a causa de un ataque al corazón, en mitad de un concierto en Pallestrina, a las afueras de Roma.

Durante las dos últimas semanas, el bueno de Mark ha sido el confidente silencioso de mis secretos, enfados y deseos; y es que su voz tiene esa cadencia de bourbon y testosterona que sólo alcanzan gente como Leonard Cohen o Nick Cave, pero con una mezcla de distancia irónica y humanidad que le hace más cercano. Con sus perezosos fraseos y sus imprevisibles líneas de bajo -ese slide bass de dos cuerdas, creado por él- parece decirte: "hombre, qué te voy a contar, yo sí que te comprendo...", y es capaz de convertir una frase tan macarra como "a good woman is hard to find" en todo un axioma existencialista.

No vamos a hacer aquí un réquiem plañidero, que a él no le hubiera gustado nada -imagino por el peculiar sentido del humor de sus letras-, sino a celebrar toda la estupenda música que nos dejó, con Morphine y en colaboración con otros músicos. Echadle un vistazo a esta página si os llama la atención.

- Actuación de Morphine en 1993, interpretando "Buena", de su disco Cure for pain. Ambientazo.

.





- En un escenario más típicamente rock, no sé la fecha, "The saddest song", del debut de la banda, Good (1992).




- En solitario con la Either Orchestra. Por desgracia no está permitido insertarlo, pero si pincháis en enlace podréis verlo.


A disfrutar...

miércoles, 3 de junio de 2009

convocando a los fantasmas: "fireflies" de patti smith


"En cierto modo la aflicción es un hermoso estado. Puedes encontrar fortaleza y claridad en la aflicción. Como las drogas, o el amor, o nuestros propios dones, puede ser a la vez peligrosa y bella" (entrevista con P. Smith, 1996)

.

Suele ser lenta y gradual mi reacción ante la música. Algunos de mis discos favoritos me dejaron indiferente la primera vez que me acerqué a ellos, y pocas veces un tema me causa inmediatamente esa revelación que después, con las sucesivas escuchas, se va haciendo más profunda. Pero hay excepciones: piezas que desde los primeros compases te provocan una conmoción indescriptible, con síntomas físicos incluso -aceleración del ritmo cardíaco, lágrimas, euforia-. Recuerdo como ejemplos Metástasis de Iannis Xenakis, el tercer movimiento del Quinteto de cuerda en Do mayor de Schubert, la liturgia armenia con la que Diamanda Galás abre Defixiones, will and testament, algunos momentos de los discos Geek the Girl de Lisa Germano y Nada! de Death in June (este último estuvo a punto de provocarme un accidente de coche, donde lo escuché por primera vez) o -pronto hará diez años- el tema "Fireflies" de Patti Smith, en el álbum Gone Again (1996; podéis escucharlo aquí).

Pero antes de hablar acerca de él, es preciso contar una historia. Ésta no es una entrada sobre música, o no sólo eso. Es una pequeña historia sobre la muerte, el dolor, el exorcismo y la redención. La historia de Patti Smith o la de cualquiera que sobrevive.

Hoy día la Smith es una de esas leyendas vivas de la música rock, admirada y laureada, una mujer de sesenta y dos años que sigue pateando escenarios, con más carisma que energía, y una modesta intelectual ("sólo por haber podido visitar la casa de Lorca en Granada, ha merecido la pena todo este camino", declaró en una reciente entrevista). Pero imaginemos los finales de los 60, cuando una esquelética adolescente hija de testigos de Jehová obsesionada con Rimbaud decide mudarse a Nueva York. Allí se impregna de todo ese magma creativo (el Max´s Kansas City de Warhol y la Velvet, los recitales de Allen Ginsberg...) y encuentra al que será su compañero más fiel, Robert Mapplethorpe, que aún no era un genio de la fotografía, sino un joven enfermizo, tan confundido y ambicioso como ella ("Patti no se parecía a nadie que hubiera conocido antes... Si no hubiera descubierto el arte, habría acabado en un sanatorio mental").

Ambos se van a malvivir al mítico Hotel Chelsea, que Leonard Cohen inmortalizaría en una inolvidable canción; él la retrata en una polaroid que se convertirá en todo un icono queer y un imprevisto símbolo de rebeldía sexual, la que será en 1974 la portada de su primer disco, Horses:





Los siguientes años son historia del rock: Horses, sí, pero después Radio Ethiopia (1976) e Easter (1978), componiendo junto a Lenny Kaye, J. D. Daugherty, Ivan Kral y Richard Sohl una de las trilogías más imponentes de la década. Llevaron al género por un sendero inesperado, combinando poesía beatnik y electricidad de una manera delirante, acelerando la explosión punk y anticipando el noise-rock. "Éramos inocentes y peligrosos como niños en un campo de minas", reflexionaba Patti; en 1977 estuvo a punto de matarse en pleno concierto, rompiéndose dos vértebras en una caída. A finales de la década conoce a Fred "Sonic" Smith, el guitarrista de MC5, quien le inspiraría una de las canciones de amor más directas y conmovedoras de la época, "Dancing Barefoot", y le llevaría al matrimonio en 1980.



(Fred y Patti Smith, finales de los 70)




Aquí empieza una larga época de silencio, como cerrando el círculo de esa fascinación por Rimbaud que marcó su juventud. Se despide de su público en un concierto con vocación de ser el último, en Florencia, 1979, y se muda a un suburbio de Detroit con su marido. Desplanta a las feministas que la alzaron como bandera al afirmar que, de no tener el mismo apellido que su esposo, no hubiera importado adoptar el de éste. Desaparecer de la escena, dejar la música, tener hijos, intentar ser una persona normal, fue su particular huida a Abisinia. De este período aparentemente feliz es testimonio su único disco de los 80 y su trabajo más olvidable, Dream of Life (1988), compuesto a medias con Fred, una oda a la esperanza y la maternidad. Pero pronto las minas empiezan a estallar, de un modo en que ni ella ni nadie hubiese esperado en los 70: Robert Mapplethorpe se convierte en una de las primeras celebridades víctimas del SIDA en 1989. Al año siguiente, Richard Sohl, íntimo amigo y teclista de su antiguo grupo, muere a los 37 de un ataque al corazón. Le siguen Fred Smith en 1994 (cuarenta y cinco años) y el hermano de Patti, Todd, pocos meses más tarde.

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(Robert Mapplethorpe, Autorretrato, 1988)



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En estas circunstancias extremas, decidió romper ocho años de silencio con Gone Again (1996). Es una obra extraña e irregular, que parece escrita en diferentes momentos vitales -de hecho, Fred Smith participó en la composición de los dos temas más clásicamente rockeros, según los créditos-, pero ninguno de sus discos me impresiona como éste. Escribo esto mientras vuelvo a escucharlo de cabo a rabo, por primera vez en años.


Gone Again comienza con la canción que da título al disco, un crudo, lineal e intenso ejercicio de country-rock. No sería un tema sorprendente, de no ser por la rugosidad de la voz de Patti, por la que parecen haber pasado siglos, y por un destello de belleza en forma de recitado (“Here a man, man's own kin / he turned his back and his own people shot him / and he fell on his knees before the burning plane…”). La letra, críptica, evoca una historia de muerte y resurrección en clave de western.


Pero a continuación nos encontramos con “Beneath the Southern Cross”, y aquí empezamos a convocar fantasmas más reales. Es una sencilla balada, cuya melodía apacible contrasta con un texto que se pregunta por el misterio de dejar simplemente de existir (“Oh, to be / not anyone. / Gone”). Hacia el final aparece una voz masculina, etérea: la de Jeff Buckley, que moriría un año después de esta grabación, ahogado en el Mississipi, en circunstancias aún misteriosas. Fue su última colaboración.

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(Jeff Buckley, años 90)

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Pese a ello, nada nos hace esperar lo que viene después. La tercera pista del álbum se titula “About a Boy”, y en el libreto aparece con una escueta dedicatoria: “to Kurt Cobain”. Como es de dominio público, el cantante de Nirvana se descerrajó un tiro en 1994. De repente una guitarra acoplada emerge de un fondo de tenso silencio, acompañada de espectrales percusiones y susurros. La voz de Smith cobra aquí una enunciación entre desgarradora y gélida, llena de furia y desprecio contenidos (estremecedor cómo modula la palabra “emptyness”), intentando analizar el absurdo del suicidio, y termina convirtiéndose en un murmullo, un lamento maternal.


En la insólita violencia de este tema, hay algo de choque generacional: "About a boy fue escrita con frustración y rabia –declaró la autora-. En 1988-89, asistí a la lenta agonía de mi mejor amigo, Robert Mapplethorpe; en ese período de tiempo, él hacia todo cuanto podía para enfrentarse con toda su fuerza a la muerte, dejó que lo convirtieran en un conejillo de indias para experimentar toda clase de fármacos. Luchó por vivir hasta sus últimas horas: estaba ya en coma y seguía respirando, y su resuello era tan resonante que hacía estremecerse todo en la habitación. Cuando has visto a alguien a quien quieres luchando ante ti de ese modo por su vida, ver a otra persona sencillamente dejarse morir es algo que te hace perder la paciencia. Entonces te apetece coger a esa persona por el cuello y decirle: 'Vale, ¿estás sufriendo? Mira: esto es el sufrimiento. A ver si te enteras' ".




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A mi entender, “About a Boy” no es un homenaje –como Patti Smith trató de enfocarlo años más tarde en sus conciertos, quizá arrepentida de esa rabia-, ni siquiera un réquiem, sino una meditación sobre la imposibilidad de sentir compasión hacia otra persona. De ahí que sea tan sobrecogedor.


El recuerdo del marido muerto aparece de forma frontal en el siguiente tema, otra de las cimas del disco: "My Madrigal". Es una canción para piano y cello que cuesta escuchar sin sentir una tristeza dolorosa. Una evocación de la felicidad perdida, cuyo estribillo repite obsesivamente los votos del matrimonio: ”until death do us part”, hasta que la muerte nos separe.


A partir de aquí Gone Again oscila entre sencillas e inquietantes baladas folk –escalofriante la mandolina en “Ravens”- y temas rockeros como “Summer Cannibals” (un divertido scherzo sin relación aparente con el resto del disco, con una ambigua letra acerca de canibalismo o sexo oral entre mujeres, pero que sirve de válvula de escape) y “Wicked Messenger”, una versión de Bob Dylan demoledoramente superior a la original. Pero es en el penúltimo corte donde encontramos la obra clave, a la que aludía al principio de esta entrada: “Fireflies”.


Son nueve minutos y medio que me cuesta describir. No es una canción, sino una performance, en el sentido lingüístico del término. No un acto comunicativo, sino performativo: Patti Smith hace algo en esta composición. Es un acto de catarsis tan extremo que va más allá de lo meramente musical. Si podemos llamar “poema” a esta combinación de sonido y palabra, al lado de “Fireflies” la mayoría de los más famosos poemas elegíacos del siglo XX se me quedan reducidos a retórica vacía, frente a ese “to twist in my hand / the thorn of thy youth”, “retorcer en mi mano / la espina de tu juventud”, que aún soy incapaz de escuchar sin que se me encoja el estómago, unos versos que pronunciados por ella expresan el dolor de la muerte prematura con una precisión y una fuerza descomunales.


Os esbozo una versión en español de su letra (inevitablemente fallida, e inexacta: en la grabación las voces se solapan de modo que a veces es imposible hablar de una letra lineal e inteligible), llena de referencias bíblicas e intraducibles arcaísmos, pero sobre todo os invito a escuchar este “Fireflies”, imaginando los pasos que separan la vida de la muerte, el recuerdo del olvido. Disculpad la longitud de la entrada, pero también esto es un ajuste de cuentas y un pequeño exorcismo. Enhorabuena a los que hayáis llegado hasta aquí, sois unos valientes.

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he estado caminando
por qué estoy caminando?
he estado caminando

si me ves caminando
caminando y caminando
no apartes los ojos
no te des la vuelta
me estoy acercando a ti

vivir en pasos
hasta que pueda descansar
vivir en pasos
hasta ser bendecida por ti

yo y yo sola
qué puedo hacer por ti, sino

retorcer en mi mano
la espina de tu juventud

plantar tu semilla

parir
tus suspiros
tus lamentos
hasta que podamos descansar
vivir en pasos
hasta que esté junto a ti

todo lo que siempre deseé

deseé y deseé

yo y yo sola
te lavaré los pies
y los secaré con mis cabellos
te entregaré
cada otra lágrima
tu aliento tu lanza
tu estación de la alegría
siete pasos
hasta que pueda descansar
siete pasos
hasta ser bendecida por ti

todo lo que siempre deseé
lo deseé por ti
cinco pasos
hasta que pueda descansar
cinco pasos
hasta ser bendecida por ti

cuatro pasos
hasta que pueda descansar
cuatro pasos
hasta ser bendecida por ti

yo y yo sola
fantasma de tu fantasma
camino, caminaré
un tallo ardiendo
para alumbrar tu noche
(tres pasos)
sangre de mi sangre
hueso de mi hueso
(tres pasos)
qué puedo hacer por ti

dos pasos
hasta que pueda descansar
dos pasos
hasta ser bendecida…