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domingo, 13 de diciembre de 2015

'Sistemas inestables', 2015




"Sistemas inestables: Una ontoteología metatextual apofática, invertebrada, desoladora, infinita, que tiene su correlato visible en la ritualización de la abyección. Un espacio taumatúrgico; traumatúrgico, según dice Rubén, o incluso traumateúrgico, si seguimos la cadena simbólico-asociativa. Un espacio para la aparición y extinción de lo sagrado y de la conciencia, en y a través de lo numinoso, el cuerpo del lenguaje ahora abyecto, desterritorializado por la enfermedad, la infección, la imagen preverbal y su energía poética, el balbuceo que cura en el yo que se rompe. Sistemas inestables como dispositivo de descondicionamiento y mecanismo de intensificación de los procesos mentales, perceptivos, que tiende a una lucidez extrema, hiriente y desconcertante."


Antonio F. Rodríguez



domingo, 31 de mayo de 2015

Domingo PerVerso: testimonios audiovisuales



Hace poco más de un mes, en Granada, tuvo lugar un evento poético muy especial, quizá el más emocionante a nivel personal de todos en los que he participado. Los vínculos que me unen a Raúl Quinto y Begoña Callejón son tan complejos y profundos que van más allá de la amistad, por hermosa que sea esta palabra. Pero nunca habíamos compartido los tres un escenario hasta ese domingo 26 de abril. Además contábamos con la presencia nada menos que de Primo Gabbiano, con quien Raúl y yo habíamos desarrollado aquella estimulante nube de Ruido Negro en Barcelona. Un extraordinario músico que establecería con nosotros un improvisado diálogo de ruidos, silencios y melodías fracturadas, ascensiones, espirales y caídas.

Repitiendo nuestro habitual infortunio tecnológico, lo que sucedió aquella noche en el Efecto Club no fue registrado en su totalidad como pretendimos: la cámara falló. Afortunadamente hubo varias grabaciones espontáneas -muchas gracias por ello a nuestro amigo Mariano Muñoz- que recogen algunos de sus pasajes. Lástima que se perdiera gran parte de la recta final, en la que Begoña, Raúl y yo recitamos poemas de otros autores (Emily Dickinson y Óscar Hahn en mi turno, Antonio Gamoneda y José Val del Omar en el de Raúl, y Sylvia Plath y Allen Ginsberg en el de Begoña; en su lectura del poeta norteamericano, hubo una insólita sinergia entre voz y música, un clímax pasmoso de fragilidad, ternura y rabia, respecto al cual Raúl y yo coincidimos en que fue una de las experiencias más sobrecogedoras que hemos vivido jamás en un recital). Pero cómo no compartir unos cuantos vídeos que, con las siempre borrosas limitaciones del formato, nos permiten recordar unos momentos que al menos para nosotros cuatro fueron mágicos. 













Y aquí los últimos minutos del recital: nuestra interpretación para tres voces y distorsión eléctrica de Escribir, de Chantal Maillard. "Escribir / para desestructurar / para vencer las estructuras (...) / para ejercer lo inútil / para abrazar lo inútil / para hacer de la inutilidad un manantial". No hubiera sido posible decirlo con otras palabras. Ni con otros compañeros.






lunes, 8 de diciembre de 2014

noviembre, 2014


(R.M. en Inusual Project. Fotografía de Francisco Jota Pérez)



Se han dado las circunstancias para que este noviembre de 2014 sea un mes que recordaré, un retorno multifocal a los escenarios que más me interesan -a enorme distancia de los otros- para la poesía: aquellos donde existe la posibilidad de una comunicación diferente, sea por la extraordinaria calidad de las compañías, sea por la sinergia de diferentes disciplinas, que trasladen esa inmersión solitaria que se produce en la lectura privada a un ámbito colectivo. Lejos de la pompa de las presentaciones, del recital como misa del ego. La búsqueda de un recital no felatorio, comentaba con la risueña mala uva que a veces me caracteriza a Antonio F. Rodríguez, uno de los responsables de esta aventura al invitarnos a Raúl Quinto y a mí a pasar los primeros días del mes en Barcelona, donde nos esperaba una emboscada de actos poéticos.

Antonio (aka Stalker, alias Arshesh Zhad) es, además de un generoso y cordial amigo, una de las personas que más me han estimulado para ir siempre un paso más allá, o más adentro, en mi propia relación con la escritura. Y la revista Kokoro, de la que es codirector junto a Laia López Manrique y Lola Nieto, el espacio idóneo para esas incursiones en territorios movedizos. Conocer más a estas dos poetas singularísimas era uno de los atractivos del viaje, solo comparable a volver a compartir escenario con Raúl después de tantos años en un acto nada convencional: una lectura de poemas a dos voces en diálogo o rizoma con la música experimental de Primo Gabbiano.





Llibreria Calders -un lugar más que recomendable- nos prestó su espacio para presentaciones de libros y allá que fuimos, después de un accidentadísimo viaje en el que por primera vez me alegré del retraso de un vuelo. Apenas una hora y media antes Raúl, Primo y yo charlamos para ponernos de acuerdo en el repertorio y compartir nuestras perspectivas sobre el inminente recital. Ya había podido hacerme una idea del talento de Gabbiano a través de vídeos de sus actuaciones, pero su profesionalidad, imaginación y entusiasmo me dejaron asombrado. A través de sus texturas y atmósferas improvisadas de feedback eléctrico, Raúl y yo leímos textos no solo nuestros, sino de poetas como Jorie Graham, Paul Celan, Chantal Maillard, César Vallejo... pues la idea era desmarcarnos de la clásica lectura autoafirmativa y crear una experiencia poética donde las voces fueran múltiples, sin mencionar siquiera al autor en los tramos finales. Desde luego lo disfrutamos mucho, como se aprecia en ciertos momentos del vídeo, y los tres coincidimos en el deseo de repetir.







Al contrario que el pobre Raúl, disponía de un día más de vacaciones y había que aprovecharlo. Nuestro Stalker predilecto había actuado en consecuencia, removiendo Barcelona hasta encontrar una Zona dispuesta a albergar otro recital poético un día tan intempestivo como cualquier domingo. Ese lugar sería el pub Inusual Project, donde tuve el placer de contar con otras tres compañeras de lujo: Luna Miguel, Laia López Manrique Lola Nieto, a quienes no había tenido ocasión de ver recitar en vivo hasta ese momento. Bajo una tenue luz -solo faltaba que la cortina fuera roja para acentuar la reminiscencia lyncheana- la conjunción de nuestras cuatro voces, tan heterogéneas, creó una atmósfera bastante peculiar.

En primer lugar, Luna Miguel leyó tres poemas en los que un torbellino de imágenes, recuerdos y alusiones conseguía trasmitir, a través de su presencia aparentemente frágil y aniñada, una impresión de rotunda desnudez emocional a la que me resultó imposible ser indiferente. Creo que los que la critican tendrían mucho que aprender de ella: no solo de su capacidad de trabajo y su apertura de miras como agitadora cultural, que ya conocía, sino de su talento para dar vida a los poemas en directo.

A continuación, Laia López Manrique compartió varios textos de su excelente nuevo libro, La mujer cíclica. La poesía de Laia tiene la inquietante habilidad de indagar en diferentes escenarios psíquicos, diferentes alteridades, con una intensidad radicalmente física. Hay algo de malditismo bien entendido en ella: no como pose o desviación hacia lo extraliterario, sino como una necesidad fascinada de dar palabra a los arrancados del discurso, las huérfanas de lenguaje, las habitantes de los márgenes.

Lola Nieto, autora de uno de los primeros libros más inclasificables que he leído nunca, Alambres, hizo una actuación difícil de describir. Sus textos, más cercanos a microscópicas demoliciones del lenguaje que a poemas convencionales, tomaron literalmente cuerpo y voz en el más precario y huérfano de los equilibrios. Por momentos tuve la impresión de estar viendo una performance donde poema y poeta eran una mismidad absoluta. Lo extraño es que resulte tan inusual ser espectador de algo así en un recital.

Era mi turno y estaba casi aturdido por la peculiar intensidad de estas tres intervenciones. Conté con el apoyo de una serie de imágenes con las que dialogar (aunque por las limitaciones técnicas no pueden verse en el vídeo subido a Youtube): mi plan era exponer por primera vez algunas muestras del proyecto en el que actualmente estoy inmerso, un libro digital en colaboración con la artista Mónica Ezquerra para la recién nacida editorial Skat. 

Este futuro libro es un experimento en marcha que me tiene fascinado por varios motivos: no solo por la integración de diferentes disciplinas -fotografía, música y poesía-, sino por su puesta en escena del mismo proceso creativo, en el que la colaboración se realiza 'a ciegas' (ni Mónica ni yo sabíamos, hasta hace unos días, con quién estábamos trabajando: una sensación de lo más inquietante e inspiradora) y se despliega sin otra comunicación que el intercambio de textos, imágenes y fragmentos musicales. Una verdadera fortuna, además, colaborar con una fotógrafa a la que admiro y con la que comparto inquietudes. Tendréis más noticias pronto acerca de esta obra, que se encuentra en su fase final de composición.






***


Terminaba así la aventurilla barcelonesa, pero al regreso me esperaba una cuenta pendiente: llevar a Granada el espectáculo poético-musical que Alejandro Morales -cerebro y corazón del proyecto de rock electrónico Mandelbrot- y yo habíamos realizado en Almería, dentro del ciclo Poeta de Guardia que dirige Toño Jeréz. Allí en La Oficina nuestra actuación tuvo una acogida francamente buena, por lo que hubiera sido una locura no repetir en los escenarios de nuestra ciudad. La cita era el sábado 15 de noviembre en Efecto Club; nos pusimos a afilar nuestros instrumentos.






Hacia el poema eléctrico, se llamó este evento en el que Alejandro (guitarra, bajo y teclados) y un servidor (voz, poemas y samples) unimos nuestras disciplinas en busca de una experiencia poética más inmediata e intensa. No sé si llegamos a ella, pero por momentos creo que nos acercamos. Repetiremos. Por nuestra propia torpeza, no hubo testimonios de audio o vídeo (que sepamos), pero esta muestra de lo que hicimos en Almería -una versión de Fármaco algo más primitiva y bare que la interpretada en Efecto Club- permite hacerse cierta idea.

Un noviembre memorable que para mí fue una antesala de lo que deparará el 2015, un año que se promete lleno de actividad. Y se acerca.








miércoles, 30 de julio de 2014

sobre poesía y traducción: los sonidos del planeta


En el número de julio y agosto de Quimera colaboro con un pequeño artículo, dentro de la sección El apuntador. Se me había propuesto hablar de mis experiencias como traductor de poesía, y tras pensar no mucho sobre el enfoque y el tema, decidí hablar sobre mi más reciente trabajo en ese sentido: la versión al español de Rompiente de Jorie Graham, publicada por Bartleby Editores hace unos meses. Esta breve crónica o reflexión se titula "Los sonidos del planeta" y aquí podéis leerla.




***




LOS SONIDOS DEL PLANETA

                                                                                                          Is Eden´s innuendo
                                                                                                                                             ‘If you dare’?

                                                                                                                      Emily Dickinson

“There are sounds the planet will always make, even / if there is no one to hear them”, escribe Jorie Graham en los compases finales de Sea Change (2008). “Hay sonidos que el planeta siempre hará, incluso / si no hay nadie para oírlos”, traduje en la versión bilingüe que Bartleby Editores ha publicado en marzo de este año con el título de Rompiente. Una lectora que se sintió muy impresionada por esos versos, la poeta Alba Ceres Rodrigo, me dijo en una red social: “Jorie Graham ha escuchado esos sonidos, yo creo que tú también, y nos habéis avisado”.

De los elogios que he tenido la rara suerte de recibir como traductor, quizá sea este el que más desearía creer, por la exactitud con que revela una clave: quien traduce poesía debe ante todo escuchar, aprender con paciencia a sintonizar, vibrar en la misma frecuencia que el poema. No diseccionar su lenguaje, sino habitarlo para rehabitarlo en otro idioma. Dicho así, parece una fórmula pseudomística; pero aludo a un aprendizaje muy concreto, con sus altibajos, sus ritos de paso, sus frustraciones, sus vertiginosas alegrías –solo comparables a las de la propia creación, en sus momentos más felices– cuando la comunicación de repente se reestablece. Con Jorie Graham, tardé más de cuatro años en encontrar el modo de ecualizar sus textos para que sonaran en español. Uno comienza a traducir poesía por arrogancia (la de pensar que puede hacerlo mejor que otros: eso me empujó a intentar mis propias versiones de Dickinson, con diecinueve años) y termina descubriendo que la única vía para hacerlo es la humildad. Humility is endless, escribió Eliot; y traducir es una labor infinita.

Hay dos extremos en la recepción de poesía traducida: quienes buscan que la versión sea poética, intensa como un poema escrito en nuestro idioma, y quienes buscan una estricta reproducción, una llave sólida para entrar en el original. Creo que un buen trabajo debe respetar a ambos tipos de lector. La “fidelidad” fue mi prioridad en los primeros años de trabajo con Sea Change; la insatisfacción, su resultado. Cuando en septiembre de 2013 pude entrar en contacto con la autora, comencé a sintonizar de otro modo. Respondía a todas mis dudas –en un principio, casi exclusivamente lingüísticas– con un lenguaje tan torrencial y al mismo tiempo preciso, milimétrico, como el de sus propios poemas. A veces respondía con fotografías (“mira, es este tipo de paisaje”), a veces con prolijas descripciones de su proceso mental al escribir. Y siempre con consejos que sugerían qué era para ella lo importante, lo que bajo ningún concepto podía perderse en la versión. No te obsesiones con la literalidad, sigue tu instinto, toma todas las libertades que necesites, estos poemas son difíciles pero están llenos de emoción, debes serpentear (“snake through it”) y hacer que fluyan. Muy poco a poco, cambió mi perspectiva. Cambié el título del archivo de Word de “Sea Change (español)” a “Sea Change (color, música, fluido)”, y procuré que esas tres palabras me guiaran como un mantra para transformar cada uno de los poemas. Tres palabras para recordar de lo que carecían aquellas versiones previas, tan fieles como rígidas. Ecualizar el balance entre ganancia y pérdida, o –por qué no decirlo con palabras de Lou Reed– entre magic and loss: la magia que se pierde de forma inevitable en un momento determinado, por los intersticios de dos idiomas tan diferentes como el inglés y el castellano, debe ser recuperada en algún otro momento. No reproducir, sino dejarse contagiar por las técnicas que Graham, profesora de Retórica en Harvard, despliega a lo largo de los poemas con una audacia formal exquisita, y atreverse a servirse de ellas. Desviaciones de la literalidad que en pequeñas dosis pudieran recrear la música (sonora y semántica) sin traicionar el sentido, a las que la autora asentía con sorprendente entusiasmo, incluso en el mismo título del libro, Rompiente, contagiando así de este fiebre controlada hasta la raíz misma de la traducción.

Eduardo Moga leía, en la presentación del libro en Madrid, el comienzo de uno de los poemas traducidos cuando Jorie, sentada a mi lado, de pronto me apretó discretamente el brazo. Consciente de que no habla español, le advertí sobre el título de la composición: “This is ‘Embodies’!”, en voz muy baja. “I know”, me susurró, con una firme y generosa sonrisa. Fui, en ese breve instante, el traductor más feliz del mundo. ¿El más iluso, también? Sin duda. Pero ese momento de complicidad, nadie sabrá nunca si real o imaginaria, recompensa con creces el riesgo de atreverse a traducir poesía.



(De izquierda a derecha: Eduardo Moga, Jorie Graham, R.M. y Mark Strand, durante la presentación de Rompiente en La Casa Encendida)




domingo, 9 de marzo de 2014

Dos poemas de Leopoldo María Panero





(Joel-Peter Witkin, The Kiss)






EVE


Porque hiciste mi gesto eterno supe
que eras la muerte: porque ella sólo podía
amarme si no había
                             hombres para mí, vivos:
sólo ella
             podía amarme: y supe también que tú eras
la muerte, y que me amabas.
El rostro de la Humanidad era
para mí el de nadie: como para ella,
como para ti: eres negra y no quieres
nada de lo que vive y no sabe
hasta morir que te desea.
                                      Y vi a través de ti, cómo surgían
y surgen cabezas de la tierra helada:
cabezas, yelmos, corazas, espadas
es el fruto que cosecha la tierra en este año
que tanto recuerda al Último, al siguiente,
y me amaste porque yo lo veía, porque
veía crecer ya en el huerto el fruto
monstruoso que incorporaba en sí
todo dolor e injusticia y desastre
y me dijiste: «He aquí mi primer hijo
yo que nada sabía del ridículo gesto
de nacer!». Y agregaste:
«Este reirá de todo,
y lo encenagará todo con
el veneno de su risa mortal:
                                         cuando no haya nadie
que recuerde cómo se reía, este reirá».
Y te reíste de mí, como mi madre
al ver que yo había nacido de ella.
                                                    Tan inmenso
era el frío en las ciudades
que algunos sabían que no era locura
ni es, creer que caerán —sobre mí
o seré yo el que caiga al morir sobre tu cuerpo.
                                                          Pero en el frío crecían
seguían creciendo —la peor de las alfombras
de césped— los huesos y la carne de los soldados
que crecían sobre la tierra helada. Y me dijiste:
«ellos no tendrán miedo, porque están
muertos, lo mismo que tú que me amas,
                                                             a mí que soy negra
como la vida e hice una piedra de tu gesto»
Y los muertos brotaban sobre la tierra húmeda
—cabezas, yelmos, corazas y espadas
porque la Muerte se había hecho vida.
                                                           Y pregunté
—te pregunté entonces—: «Será mi alma
buen alimento para perros?» Y contestaste: «no esperes
que ella sirva para otra cosa: fue creada
y pensada lo mismo que tu cuerpo y huesos para
nutrición de los perros finales —lo mismo
que tu palabra». «Y ¿nada he de esperar?» «Nada».
Y vi como espadas y corazas y yelmos
surgían sobre el campo más yermo.
Y me olvidé.











(David Nebreda)






MANCHA AZUL SOBRE EL PAPEL


Para encontrarse otra vez como perdido
- Hegel


Leí mucho y no recuerdo nada. Y en la
habitación del fondo mi madre
se pudre, es un pez. El
palacio de la locura está
lleno de animales
                           verdes con
motas anaranjadas como ácidos y
cubiertos de polvo: entra,
ven.
        No me acuerdo de ti, Pere
decía, creo, lo contrario, Pound
sin talento, a Paz le
gustó mucho: moscas
vuelan alrededor del árbol. Oh, yo
también devoro moscas, a veces me atraganto, tantas
hay, crudas, sí, que no resisten
la cocción (Capítulo III de
L´Alchimie rétablie de Canseliet, «So-
llicitations trompeuses et..............»),
los senos del niño. Enormes y caídos. Qui
scribit bis legit.
                        Y en los ojos una escalera empieza.
Y vuelvo, vuelvo como un sueño,
como los sueños vuelven, sin entrar,
vuelve a soñarme, allí. Mientras duermen,
duermen, duermen, en la Morgue
"avec les yeux grand ouverts" —vuelve
y la casa desierta, o hay extrañas
gentes que no conozco, cerebros ilegibles. Largo
el viaje por mar. Y en la habitación condenada se
encontró, muertos,
los extraños que vivían allí,
en la casa del confín (Hogdson)
                                                 sin hablar, un niño
enteramente recubierto de escamas —al tocarlo
sentimos una humedad, afilada y
fría como un cuchillo: sin conocernos. Había
también la soga colgada de una moldura
con la forma, en su extremo,
de una cabeza.
Suicidarse y seguir viviendo,
esta frase pertenece a alguien, a
Nijinski, quizá,
no estoy seguro —Largo
el viaje por mar. En una isla había
una caverna y dentro un
enano que no quiso decirnos su nombre.
Una rana le colgaba de la boca, casi lo olvido.
                                                                       Y mi madre
acariciaba al niño de escamas, y de
vez en cuando retraía
la mano y la ponía
cerca de sus ojos, para mirar la humedad, las
gotas de agua fría deslizándose
sobre la piel. (Estaba
ciega como yo.) El
palacio de la locura está
lleno de agua y peces ciegos que tropiezan
en las profundidades, que relumbran. Ven, así
estás a salvo (golpeado, año tras año
por un látigo de luz, hasta la muerte), mucho menos
atroz estás a salvo: los peces
no hablan, lo mismo que los niños, no
se encadenan a una charla en la
que nadie responde ni te
responderá nunca, y que cesa
nada más formularse la pregunta —Do
I dare demasiado me atreví: sale agua
de mis ojos, y los ojos cosidos y la
boca ve y ando con los oídos. Escú-
chame tú, que pasas al lado, que me rozas
por la calle, ange à moitié mort. Que me rezas.
Cesa todo cuando se pregunta, dejan
de hablar. Se van. Guardó la
mano muerta de su hija en un vaso
con agua.
                Una mosca
come en mi mano. Una lluvia de sangre
cayendo en el cerebro de Charles. Hacía
frío Fort, la noche en que murió hacía
frío, sí, lo recuerdo, llovía. Pere
Gimferrer  —contrapunto
como en el canto VII de Pound  —no mera
sucesión de pinceladas, narración
ciega, sino la vida
y la mente toda puestas en juego,
y perdidas— aquí. Pere
Gimferrer y Carnero se casaron
en octubre, y su hija
de enorme falo goteando,
colgando, muerta.
Balanceándose como un péndulo,
mortal, goteando, en lo oscuro.
Hay un falo en mi boca, dos, y otro
erecto en mi ano, otro
lo arrastran mis pies.
                                Otro
cuelga de mi cabeza y araña
al pasar las paredes y deja
un rastro, y un sonido. Pero
al morir Charles Fort dijo:
Mi hijo está desnudo, allí,
en el suelo, la llave. Y esos no son
de mi Pueblo. Oculto
donde todos me ven, sello
de la carta robada, soy una princesa.
                                                         Ven a donde huyo.
Jamás me pudieron encontrar. Dije: estaré
siempre en el bosque, perdido,
en el bosque donde nací. Llueve,
llueve sobre el sexo de una mujer. Y bajo
el sol, rodeado de muchos, tengo frío. Y dije:
                                                                      «Ese que va allí,
ese que corre, que
                              al volverme hace una mueca,
                                                                           soy yo.
                                                                      Ácido disuelto
                                                                                en agua
caída sobre el papel.»






(De Narciso en el acorde último de las flautas, 1979)




ADDENDA: GLOSA A UN EPITAFIO




(De izquierda a derecha: Leopoldo María Panero, Sebensuí A. Sánchez, Rubén Martín y Begoña Callejón, Granada, 2010)


Conocí a Leopoldo María Panero durante una desquiciada semana del año 2010 en la cual permaneció en Granada. La única vez que el poeta visitó esta ciudad: nunca antes había sido invitado a engrosar la caudalosa lista de recitales, premios, conferencias y presentaciones de libros que se celebran anualmente en ella. Por supuesto, nada que tuvo que ver la Universidad ni otros cauces de la cultura oficial, sino con la obsesión de dos personas: Tomás García, editor de la modestísima editorial Alea Blanca, y Alfredo Rasines, quien peregrinó a las Islas Canarias y se instaló allí durante meses viviendo al parecer en una situación de casi indigencia hasta lograr gestionar su visita. De Rasines me diría Panero: está demasiado loco, me da miedo; esto permite hacerse una idea del talante de aquel proyecto del que había escuchado hablar, y por el que personalmente no hubiera apostado un céntimo, pero que terminó haciéndose realidad gracias también al poeta canario Sebensuí A. Sánchez, quien estaba encargado de acompañar al escritor y velar por su salud. Meses antes, recibí la llamada de Tomás García, confirmando que Panero venía a la ciudad y que Alea Blanca iba a organizar un recital y un pequeño volumen con inéditos; me instó a colaborar en todo ello, junto a Begoña Callejón, de quien solo conocía Las putas comen sushi, un pequeño poemario de feroz filiación paneriana. La propuesta me sorprendió bastante, ya que por entonces no podía estar más alejado del ambiente poético local y, salvo mi traducción de Emily Dickinson y algunos poemas publicados en plaquettes con motivo de un par de recitales, apenas tenía nada nuevo que mostrar desde hacía años, ni intención de hacerlo en breve.

Nos había elegido a Begoña y a mí porque deducía nuestra admiración por el autor de Last river together; una devoción no basada en su leyenda maldita ('que no usen mi torpe biografía para juzgarme', llevaba pidiendo desde hacía mucho) sino en sus demoledores e inclasificables libros de los años 70 y 80. No la locura, sino el discurso de la locura. Poemas como estos: brutales, monstruosos, en los que se jugaba a vida o muerte con la literatura concebida como demencia colectiva, atravesados de referencias a Pound, Lacan, la cosmología gnóstica o el Apocalipsis. Al parecer no éramos tantos los que en Granada un lugar donde la apacible sombra de la llamada "poesía de la experiencia", con su halo de desprecio a toda indagación en el lenguaje que no oliera a Jaime Gil de Biedma y sus epígonos, gravitaba aún pudiéramos decirnos influidos por él. Panero ejercía fascinación, pero probablemente muchos de los que asistieron a aquel multitudinario recital en el Jardín Botánico sabían de él -en el mejor de los casos- poco más que lo mostrado en la película de Jaime Chávarri. Con todo, fuimos unos privilegiados y no me sorprendió que hubiera quienes nos miraran con desconfianza, pese a que algunos que lo hicieron no serían capaces de mencionar siquiera dos libros suyos. (No me cabe duda de que Panero es uno de los poetas más leídos de España, pese a no haber recibido nunca un premio literario; pero se dice que en España la poesía se lee poco y mal.)

¡Rubén Martín...! ¡Poeta loco! fueron las primeras palabras que me dirigió, tras darme la mano sonriendo y antes de estallar en una rugosa carcajada, una risa inimaginablemente extraña que sería una de las constantes vitales de aquella semana. La noche en que me presentaron a Leopoldo María Panero acabaría siendo una de las más relevantes de mi vida reciente, pues también conocí a Begoña Callejón, quien sería después para mí la hermana que nunca tuve y me ayudó como nadie a sobrevivir a una de las etapas más caóticas de mi existencia. No tengo claro por qué cuento esto. Tal vez no puedo disociar esa risa desquiciada de la mirada luminosa y la sonrisa delirante de Begoña, con el fondo de mi propio estado mental derruido que sin embargo se dejaba contagiar por todo ello. El librito que íbamos a sacar para celebrar ese encuentro se titularía, irónicamente, Locos de altar. Para Panero no era más que una excusa para salir del manicomio, y en ningún momento trató de disimularlo; para nosotros, una excusa para conocer a Panero. Todos contentos y nosotros, concretamente, eufóricos. 


(Begoña Callejón y Leopoldo María Panero, 2010)

En ese primer encuentro en un bar del centro de Granada, en el cual Panero bebía coca-colas a tal velocidad que los camareros pasaron de la confusión a la desesperación, al no dar abasto con el registro de tapas que correspondían a las consumiciones, apenas hablé con él; la impresión de estar delante del autor de poemas que me han fascinado durante años era demasiado entumecedora, y me refugié en ir trazando lazos con Begoña y Sebensuí. Tras ser pagada la cuenta, el poeta nos acompañó al cuartel general de Alea Blanca, que recuerdo como un almacén repleto de ordenadores obsoletos y libros antiguos de toda índole; allí fuimos comprobando cómo la conversación con Leopoldo María Panero era muy semejante a sus poemas: a veces hilarante, a veces mortalmente seria, siempre enferma de la más poderosa literatura. En un solo parlamento cruzaba de forma vertiginosa frases en sus idiomas originales de Dante, Corbière, Blake, Virgilio o Pound. Reconocí una cita de este último ("the frogs singing against the fauns") y él respondió, muy serio: vaya, por fin un hombre con el que se puede hablar, para después soltar una de sus explosivas carcajadas. A partir de ese momento acercarme a él fue mucho más sencillo, aunque la tensión jamás se perdía. Panero era imprevisible y quizá por ello resultaba tan agotador seguir su torrente verbal y vital, seguirle hacia lugares desconocidos y de pronto delirantes. Reía y bromeaba, y de pronto su mirada se ensombrecía terriblemente, afirmando con crudeza: no soy un niño gilipollas. Recitó unos versos en inglés que no pude identificar y señaló: John Donne es mi poeta favorito. Aproveché para mencionarle su poema 'Ann Donne: undone'; me miró fijamente y corrigió mi pronunciación de la palabra undone con una fría rotundidad que me puso literalmente la carne de gallina, para después hablarnos de la dedicatoria de ese poema y otros a Ana María Moix. Era imposible rehuir la sensación de que, debido a la tortura yatrogénica de la que había sido víctima, Panero vivía en gran medida atrapado en el pasado, no sabría decir si por voluntad propia. A lo largo de esa semana, el hueco sintáctico de John Donne lo cubrirían muchos otros: T. S. Eliot es mi poeta favorito; Mallarmé es mi poeta favorito; Villamediana es mi poeta favorito; Ezra Pound es mi poeta favorito, en sentencias que parecían obedecer a las fluctuaciones de su estado de ánimo. 





Dictó a Tomás García un puñado de poemas inéditos, con una mezcla de desinterés y desdén hacia ellos; en cambio, cuando le mencionábamos alguno de sus poemas de Teoría o Narciso en el acorde último de las flautas comenzaba a recitarlos de memoria, con verdadero orgullo, con tremenda gravedad. Panero nunca ha ocultado que escribe por dinero desde hace muchos años. Ese fue el titular de la entrevista que le hicieron esos días en un periódico local, donde respondió a las ingenuas preguntas del periodista con su habitual talante corrosivo: Detesto el 'Romancero Gitano' de Lorca, me parece un libro repugnante. Ese tipo de herejías que la Poesía Española nunca le ha perdonado, menos aún que su talento o su escandalosa vida, como cuando dijo que Antonio Machado es un poeta para el bachillerato o No me gusta el Quijote, es una novela río asquerosa. El placer de blasfemar, de decir como los niños lo que muchos adultos respetables opinan y callan, es un privilegio exquisito del loco y un atentado contra quienes viven de la sacralización de la literatura. Contra la cultura española en general, y sus altares. Qué feo es Javier Bardem. Yo creo que podría matarlo telepáticamente. Conozco a un loco de mi manicomio que provocó con telepatía un accidente de trenesOtro privilegio: la fabulación, el cruce laberíntico donde la ficción trasmuta quién sabe qué realidades. ¿Sabes, Rubén? La CIA nos encerró en un manicomio a todos los de la antología de Castellet. Si no llega a ser por los poderes de Gimferrer, no hubiéramos podido escapar, me diría en otro momento. Qué listo es Gimferrer, era el más inteligente de todos...



                                                                                      (Leopoldo María Panero y R.M., 2010)


Como no podía ser de otra forma, el recital que organizamos en el Jardín Botánico fue un completo desastre. Begoña Callejón y yo intentamos recitar unos cuantos poemas para caldear el ambiente, pero Leopoldo, sentado cerca del micro, no dejaba de hacernos reír con bromas de mal gusto, obscenidades y frases inconexas. Después fue su turno y continuó haciendo lo mismo; se negó a leer los poemas de Locos de altar "este libro es una mierda, no quiero leer poemas de él", y comenzó a divagar sobre la CIA y sobre que España es un país insoportable, que si hubiera nacido en Francia las cosas serían distintas para él. El público por lo general estaba contento de la oportunidad de oírle, aunque un paleto con pinta de no haber abierto un libro en su vida ni ayudado de fórceps se sintió estafado y rebuznó improperios en voz alta, ante la risueña indiferencia del poeta. Todo ello en la ciudad donde se expele el premio de poesía más ambicioso del país, con una pantagruélica dotación de decenas de miles de euros, discursos de concejales de 'cultura' y copiosas cenas a costa de dinero público. Pensado así, su performance era un involuntario y refrescante corte de mangas.   

Después hubo una especie de celebración, en un café-bar cercano a la calle Pedro Antonio de Alarcón, al que por desgracia Begoña no pudo asistir. Se instaló un micro e improvisó un escenario, donde varios espontáneos recitamos poemas suyos. Leí 'La canción del crupier del Mississippi' y Leopoldo, que estaba sentado cerca, murmuraba o declamaba entre dientes algunos de sus versos: "Escribir en España no es llorar, es beber, / es beber la rabia del que no se resigna / a morir en las esquinas, es beber y mal / decir, blasfemar contra España / contra este país sin dioses pero con / estatuas de dioses...". A pesar del alcohol o gracias a él, pocas veces me he sentido tan electrificado por lo que recitaba como aquella vez: "... caerse húmedo babeante y tonto y / derrumbarse como un árbol ante los farolillos / de esta verbena cultural". De las muchas anécdotas memorables, quizá me quedo con una protagonizada por la poeta Natalia Manzano, que tímidamente se acercó a la mesa en que estábamos para decirme algo que no recuerdo. ¿Tú me has leído?, le preguntó Panero de pronto. «Sí», respondió ella. Entonces siéntate aquí. Hubo después más días con Leopoldo María Panero, más momentos de extrañeza, deslumbramiento y desconciertos, pero al fin y al cabo todo se reduce a eso, a ese gesto cordial y al mismo tiempo orgullosamente exclusivo, sectario casi. Estábamos allí sentados con Panero porque lo habíamos leído. No por el malditismo ni la leyenda ni el morbo que algunos pretenden cifrar como su única razón de ser, y que no son nada. "Vivo en la fantasía paranoica del fin del mundo y no solo no pretendo salir, sino que pretendo que los demás entren en ella", nos dijo también, citando de memoria palabras suyas de hacía décadas. Ahora el fin del mundo personal de Leopoldo ha llegado, después de sobrevivir a sus padres, sus hermanos, a Ana María Moix tan solo unas semanas. Inevitable pensar en aquello de la 'muerte propia' rilkeana, al fin con un gesto de paz y serenidad según cuenta su doctor. Inevitable sentirse triste, aunque Leopoldo se jactara de llevar muchos años ya muerto. Inevitable sentirse parte de unos pocos escogidos. Hora por fin de leer al poeta y olvidar al loco, el muerto viviente, el outsider. De leer el poema.






martes, 11 de febrero de 2014

Jorie Graham: 'Bucle de retroalimentación positiva"






Estoy escuchando en este silencio que precede. Olvida
todo, empieza a escuchar. Punto de inflexión, punto
de ignición,
chimeneas convectivas en los mares que Groenlandia delimita. Hace tiempo hubo allí trueno y
salvas en las cuatro esquinas del horizonte, era la 
                                               guerra.
En el Infierno vacían de arena tus manos, te dicen que las llenes de polvo e intentes
                                               pensar las Aguas Profundas del Atlántico Norte
                                              que asimismo contienen 
aportaciones del Mar del Labrador y arrastres de otras masas de agua, intenta pensar un
                                               colapso completo, en la corriente del Atlántico, en la
                                               circulación termohalina, esto
                                               ocurrirá,
los peces mueren de hambre en la Gran Barrera de Coral, la nueva Era de las Extinciones ha
                                               llegado
                                               dice el silencio-que-precede—no sabes lo que
se acerca, un tiempo
                                               más allá de lo creíble. ¿Quién es uno cuando uno se llama a sí mismo              
                                               uno? Una orquesta se apaga. Tenemos otros planes
                                               para tu verano es la canción. También para tu
invierno. Quizá las esclusas de Isigny
                                               resistan, iré a
                                               verlas
mañana. Aprenderé cuanto hay allí sobre este mi cónyuge, el futuro, aquí en mi
                                               tierra la casa de mis padres, el jardín de
                                               seguir pensando
en ellos, no existe nada más de hecho que el
                                               pasado, cuenta los días cuenta las ciudades que
                                               has
visitado, incluso lo que viene a mantenerte en vela, o el rocío cuando por fin duermes—¿podrás algún
                                               día penetrar en lo extraño, el nombre que es tuyo, que
                                               “es” tú?—
el lugar donde los muertos te abrazan, y puedes sentirlo, el sabor de la
amargura, y querrías hablar por toda tu especie pero
se reirían de ti—los nombres y la especie—hasta el aire enrarecido se reiría es lo que
hace mira—
pluma, ciénaga invisible,
retroalimentaciones positivas—y otra vez las chimeneas, y cómo es que al rayo de sol se lo asimila
                                               libremente, y acaso podía ser de otra forma para
                                               este huésped
                                               nuestro invitado,
nosotros que empezamos como manos, magia de dedos, levantando umbrales nuestros piedra a piedra,
                                               piel desplegada entre la vida y la muerte,
siempre alzando humo para hacer propicia la estrella que podría oscurecerse, compensadla pronto
                                               antes que os mate, piensa más y más en ella,
                                               hasta que tus mismos pies estén
                                               exhaustos no sólo tu
                                               corazón—la
piel, la carne, el calor, la tierra, el grano, el sonido del canto de cada pájaro escuchado a través de los
milenios, las estrategias del otoño para con el invierno, esquirlas de tiempos de ensoñación, belleza
                                               punzante, sí, siempre fuimos
                                               vulnerables a la
                                               belleza, por qué no iba a ser
así—las maravillas del tiempo cuando pasa y las cosas crecen, y los desgarros de la muerte
                                               cicatrizan, y llegan las flores que uno puede
                                               mirar solo
                                               un instante
                                               más, asimilarlas, y la mente
se encuentra insegura otra vez, llama, algo le cuelga la llamada, tal que así, escuchas
                                               cómo el receptor se apaga, la corriente y su final,
                                               un algo más que sonríe en otro lugar de otro mundo,
nosotros en La Gran Agonía otra vez, la hora en que la vida terrestre vuelve a ser casi por completo
erradicada—debemos ser pacientes—debemos esperar—es un
                                               hermoso atardecer, un poco de comida un poco de bebida—
                                               saldremos
al porche y el atardecer vendrá a envolvernos, descarado,
                                               parpadeante, abundante, como si nos descubriera,
todo dentro y fuera debajo del alero, hasta la hierba que parece empujar dentro de este mundo
nuestro como si brotara de
añoranza por él,
                                               reluciente.







                                             
(Del libro Rompiente, de Jorie Graham.
Próxima publicación en Bartleby Editores.
Traducción: Rubén Martín)                  





POSITIVE FEEDBACK LOOP
(June 2007)


I am listening in this silence that precedes. Forget
                                                               everything, start listening. Tipping point, flash
                                                               point,
convective chimneys in the seas bounded by Greenland. Once there was thunder and also
                                                               salvos at the four corners of the horizon, that was
                                                               war.
In Hell they empty your hands of sand, they tell you to refill them with dust and try
to hold in mind the North Atlantic Deep Water
which also contains
contributions from the Labrador Sea and entrainment of other water masses, try to hold a
complete collapse, in the North Atlantic Drift, in the
thermohaline circulation, this
will happen,
fish are starving to death in the Great Barrier Reef, the new Age of Extinctions is
now
says the silence-that-precedes—you know not what
you
are entering, a time
beyond belief. Who is one when one calls oneself
one? An orchestra dies down. We have other plans
for your summer is the tune. Also your
winter. Maybe the locks at Isigny
                                                               will hold, I will go look at
                                                               them
tomorrow. I will learn everything there is of this my spouse the future, here on my
                                                               earth my parents´ house, the garden of
                                                               the continuing to think
about them, there is nothing else in fact but the
                                                               past, count the days count the cities you
                                                               have
visited, also what comes to keep you awake, also dew while you finally sleep—can you ever
                                                               enter the strange thing, the name that is yours, that
                                                               “is” you—
the place where the dead put their arms around you, & you can just taste it the
                                                               bitterness, & you would speak for your kind but
they will laugh at you—both the naming and the kind—also thin air will laugh that´s what
                                                               it´s doing look—
                                                               feather, invisible bog,
positive feedback loops—& the chimneys again, & how it is the ray of sun is taken in
                                                               in freedom, & was there another way for
                                                               this host,
                                                               our guest,
we who began as hands, magic of fingers, laying our thresholds stone upon stone,
                                                               stretched skins between life and death,
always smoke rising to propitiate the star that might turn black, quick give back to it
                                                               before it kills you, speed your thought of it,
                                                               till your feet themselves are
                                                               weary not just your
                                                               heart—the
skins, the flesh, the heat, the soil, the grain, the sound of each birdcall heard over the
millenia, autumn´s maneuverings into winter, splinters of dream-filled times, beauty
                                                               that pierces, yes, always we were
                                                               vulnerable to
                                                               beauty, why should it be
otherwise—time and its wonders as it passes and things grow, & the rippings of death
                                                               heal, & the blossoms come which one can
                                                               just for a
                                                               minute longer
                                                               look at, take in, & the mind
finds itself uncertain again, it calls, something hangs up on it, just like that, you hear
                                                               the receiver go down, power and its end,
                                                               something else smiling elsewhere on another world,
us in The Great Dying again, the time in which life on earth is all but wiped out
                                                               again—we must be patient—we must wait—it is a
                                                               lovely evening, a bit of food a bit of drink—we
shall walk
out onto the porch and the evening shall come on around us, unconcealed,
blinking, abundant, as if catching sight of us,
everything in and out under the eaves, even the grass seeming to push up into this our
world as if out of
homesickness for it,
gleaming.



(Jorie Graham, Sea Change, 2008)