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domingo, 13 de diciembre de 2015

'Sistemas inestables', 2015




"Sistemas inestables: Una ontoteología metatextual apofática, invertebrada, desoladora, infinita, que tiene su correlato visible en la ritualización de la abyección. Un espacio taumatúrgico; traumatúrgico, según dice Rubén, o incluso traumateúrgico, si seguimos la cadena simbólico-asociativa. Un espacio para la aparición y extinción de lo sagrado y de la conciencia, en y a través de lo numinoso, el cuerpo del lenguaje ahora abyecto, desterritorializado por la enfermedad, la infección, la imagen preverbal y su energía poética, el balbuceo que cura en el yo que se rompe. Sistemas inestables como dispositivo de descondicionamiento y mecanismo de intensificación de los procesos mentales, perceptivos, que tiende a una lucidez extrema, hiriente y desconcertante."


Antonio F. Rodríguez



jueves, 8 de enero de 2015

Terror, kitsch y palimpsesto en la poética de LMP






(Artículo publicado en el número 372 de Quimera, noviembre de 2014, dossier sobre Leopoldo María Panero)




(Imágenes: Joel-Peter Witkin)



TERROR, KITSCH Y PALIMPSESTO EN LA POÉTICA DE LEOPOLDO MARÍA PANERO
por Rubén Martín


(I.)                Los lobos devoran al rey muerto

Pocos saltos hay tan extremos en la poesía española reciente, en apariencia, como el que va desde la opera prima de Leopoldo María Panero Así se fundó Carnaby Street (1970) a sus inmediatamente posteriores libros. Muy poco en esos “cuentos negros de hadas”, como los llamó Pere Gimferrer, parece anunciar el desafío que propone al lector en el prólogo a su siguiente trabajo, Teoría (1973), precedido por una cita en latín de las Geórgicas de Virgilio –alusiva al despedazamiento de Orfeo en manos de las bacantes–:

Poco o nada de mi experiencia te interesa: quieres saber tan solo de esa ficción que se creó por intermedio de otro, esa entidad llamada <<autor>> que te sirve para digerirme, esa imaginación pobre (<<Leopoldo María Panero>>) que ahora devoran unos perros. Hablemos, pues, de esa triste ficción, del <<yo>>, lugar de lo imaginario. (…) Que esta persona que de sí mismo reniega, que este texto que para celebrar su muerte establezco, que todo esto te ahorque por fin a un lugar que no existe.

En su estudio El genio y la locura, Philippe Brenot sostiene que la patología psicológica resulta menos frecuente entre pintores y compositores que en el mundo de la literatura, pues “la escritura es un crimen para aspirar a la existencia”, y alude como argumento a la proliferación de fenómenos de pseudonimia y heteronimia en este ámbito, apenas anecdóticos en la música o las artes plásticas [i]: el escritor crea conflictivamente su propia identidad mediante el lenguaje o, en palabras de Foucault, escribe para “perder el rostro”. En el mencionado prólogo, Panero firma con insolencia la escena de dicho crimen:

… ese rey (el yo) ha muerto, se ha dejado sucumbir para nacer de nuevo, es porque ese próximo libro, en que se realiza la ceremonia alquímica de la destilación (albedo) de la prima materia, se titula <<Los lobos devoran al rey muerto>>. Otra interpretación –que es lo que gustas–: ese rey muerto podría ser el mismo arte, que en esto que sigue se cuestiona desde dentro.

Estamos pues en el umbral que separa con violencia los collages coloristas y melancólicos de Carnaby Street, inspirados en “la inefable rareza de la literatura infantil” [ii], de una exploración sin apenas precedentes: la indagación consciente y metódica –desde dentro– de los vínculos entre poesía y locura. No es posible obviar que la muerte del ‘yo’ biográfico (que se convertirá en la ficción originaria de su siguiente libro, Narciso en el acorde último de las flautas, 1979: poemas escritos por un muerto), la negación radical de un autor transparente que habría de plasmar su ‘experiencia’ o su ‘esencia’ en los escritos, se sitúa justo en esta porta nigra en la que Panero parece decirnos: perded todo asidero los que entráis.







           
(II.)              Territorio del miedo

Pero ¿desde dónde explorar esos vínculos cuyos filamentos parecen múltiples y se prolongan –del Fedro de Platón al esquizoanálisis, del ritual chamánico a los manifiestos surrealistas– hasta los mismos orígenes de la cultura occidental? En Antonin Artaud, el precedente más obvio de Panero como artista verbal con diagnóstico de esquizofrenia y una relación conflictiva con la institución psiquiátrica, la escritura del delirio se desarrolla en las intersecciones entre cuerpo, lenguaje y psique, persiguiendo ”volver a las fuentes respiratorias, plásticas, activas del lenguaje, oír las palabras como elementos sonoros y no por lo que gramaticalmente expresan” [iii]. Una vertiginosa corporeización del pensamiento, cuyo balanceo entre angustia y éxtasis transcurre por lo radicalmente antiliterario y antisemántico: “Las personas que huyen de la vaguedad para buscar la precisión de lo que pasa en su pensamiento, son unos cerdos. Todos los literatos son cerdos” (El Pesa-Nervios, 1925).
            Por el contrario, la puesta en lenguaje de la locura en Panero se nutre agresivamente de la literatura, entendida como una red de citas; una locura ante todo textual, tejido de una araña que, como en la metáfora que utilizó Deleuze para describir la novelística de Proust, es un cuerpo sin ojos, sin nariz y sin boca, responde sólo a las vibraciones de cada hilo para saltar sobre su presa [iv]. En las páginas de Teoría, un libro aún de tanteo estilístico pese a sus descomunales momentos álgidos, se encuentra un breve y desconcertante poema todavía deudor de las técnicas de su primer libro, pero que al mismo tiempo inaugura un territorio. ‘Pasadizo secreto’:

Oscuridad nieve buitres desespero oscuridad nueve buitres nieve
buitres castillos (murciélagos) os
curidad nueve buitres deses
pero nieve lobos casas
abandonadas ratas desespero o
scuridad nueve buitres des
“buitres”, “caballos”, “el monstruo es verde”, “desespero”
bien planeada oscuridad
Decapitaciones.

En una primera lectura, pudiera parecer naïf e insustancial este torrente de imágenes tópicas de la literatura de terror. La oscuridad, las ratas, las casas abandonadas, los buitres, el mismo pasadizo secreto del título, no convocan sino a lo que un estructuralista llamaría el “estilema” de la narrativa gótica: imágenes reconocibles que extraídas del discurso donde pudieron haber sido necesarias conforman el kitsch de lo terrorífico. Palabras que de tan marcadas culturalmente remiten a lugares ya transitados, sugieren de manera preconcebida –y desgastada por el uso– lo ominoso u horrible. Pero la textura de estas reiteraciones hace asomar una estrategia más compleja, basada en un extrañamiento que reactiva los lugares comunes. La repetición obsesiva, la disolución de la unidad del verso mediante la fractura léxica, transformando el ritmo de la lectura en una continuidad asfixiada, la variación fonética que resalta el carácter físico del significante (nueve / nieve), culminan en esos enunciados entre comillas que desnaturalizan más aún ese escenario previsible, mediante la consciencia de que las palabras son siempre prestadas, un balbuceo de citas rescatadas de un lugar desconocido o ya olvidado:  “buitres”, “caballos”, “el monstruo es verde”, “desespero”. El kitsch se abre a una experiencia estética alterada al hacer explícito su carácter de artefacto, de lenguaje imitativo y arrancado de contexto.
Así, la “bien planeada oscuridad” de Panero en sus libros de los 70 y 80 tiene mucho de puesta en escena que juega con los clichés del dark romanticism, de manera análoga a como lo harían contemporáneos suyos como Diamanda Galás, que empleaba en sus actuaciones elementos de misa negra, blasfemia y vampirismo, o Joel-Peter Witkin al fotografiar cadáveres, hermafroditas o mutilados en densas composiciones barrocas. En los tres casos se asume el riesgo de que la propuesta sea tomada como un arte inmaduro basado en la provocación, por más que no haya nada más pueril o adolescente que reducir las obras de estos artistas a su escenografía, como no pocos críticos han hecho en sus respectivos ámbitos. El kitsch de lo tenebroso, de lo grotesco, es tan solo un elemento más de una compleja red de referencias que trazan una denuncia al sistema cultural: el individuo físicamente monstruoso en Witkin, el enfermo de sida en Galás y el demente en Panero como pharmakoi, chivos expiatorios de la cultura occidental, expulsados del ámbito de la representación:

            Los ángeles cabalgan a lomos de una tortuga
y el destino de los hombres es arrojar piedras a la rosa.
Mañana morirá otro loco:
de la sangre de sus ojos nadie sino la tumba
sabrá mañana nada.

(Poemas del manicomio de Mondragón, 1987)

En el prólogo a su antología Visión de la literatura de terror anglo-americana (Felmar, 1977), Panero asocia el nacimiento de la literatura de terror en el siglo XIX a la definitiva implantación de la burguesía en el poder. Es el mismo momento en que la demencia se conceptualiza como enfermedad en Occidente (finales del XVIII, según Foucault). Tanto el terror como la locura se configuran como vacíos del discurso racionalista, y como tales son excluidos y recluidos en los márgenes de la literatura y de la sociedad respectivamente. Marginalidad que persiste en nuestros días: ¿cómo afecta a nuestra recepción de estos poemas saber que quien los escribe es un “loco”? ¿Por qué cuesta asumir una poética inspirada –entre otros muchos referentes– en la literatura de terror? Según Panero este paradigma funda el comienzo de un proceso irreversible en el cual el extrañamiento incluido en el arte ha de ser cada vez mayor, y mayor el riesgo de locura contenido en ese arte”. Acercarse a los mecanismos de la demencia y el miedo supondría perforar esa malla ideológica, descubriendo que lo que se asume como real no es sino un símbolo, y a la vez asomándonos al abismo de lo no simbolizado:

El Terror anunciará ahora ese desgarramiento que separa lo conocido de lo Desconocido, él dirá lo que se ha callado o lo que se ha hecho callar. De esa otra realidad que circunda la frágil gota de la nuestra hablarán ahora sólo dos catástrofes: el pánico o la locura, o mejor, el pánico de la locura, de la región completamente desimbolizada; en ambos casos se temerá lo que no está en el símbolo vehiculado ideológicamente: de manera que quizá podría decirse que el Terror es un sentimiento del símbolo, que la experiencia del Terror es el acto fundador de la inteligencia.

Así, la locura se concibe en Panero como experiencia textual: el poeta como araña cuya tarea es la de ejercer lo que Genette llamó transtextualidad, esto es, <<la trascendencia del texto: la manera que tiene un texto de evadirse de sí mismo>> [v], dialogando con o enfrentándose a otros textos. La araña ciega cuyos hilos son la extensión de su cuerpo carente de órganos, de un “yo-autor” que la inserte en el discurso, prisionera y dueña de una tela que habla por ella, la dice, y cuyo único movimiento liberador es la expansión hacia lo desconocido:

Está sola la araña en el telar del miedo
está sola y lucha contra las estrellas del miedo
y canta, canta la araña canciones al miedo
que dicen por ejemplo: el miedo es una
mujer que camina descalza en la nieve
en la nieve del miedo, rezando, pidiendo a Dios de rodillas
que no haya sentido…

                                                                       (‘Territorio del miedo’, Last river together, 1980)









(III.)      La nutrición de los perros finales

Pero el siglo XIX también vio nacer al kitsch como arte para la sociedad de masas, copia degradada de lo sublime romántico para Hermann Broch, y que Chantal Maillard relaciona con el término pantomima, mímesis de todo, “artificiosa representación de lo que en otras épocas era genuino” hermanada a una “atrofia de los sentidos”, consecuencia de la política de mercado y la ideología capitalista [vi].  
            Para un poeta como Leopoldo María Panero, que parte de una concepción extrema del arte literario como reescritura (toda la literatura no es sino una inmensa prueba de imprenta y nosotros, los escritores últimos o póstumos, somos tan solo correctores de pruebas), ser consciente del kitsch, bordearlo, arriesgarse a caer en él, subvertirlo, se convierte en una tarea ineludible para provocar ese sentimiento del símbolo que subyace al terror y conduce a lo desconocido. El vértigo crece si nos asomamos a lo imprevisible desde los márgenes de lo conocido, y el kitsch es en esencia la explotación del efecto artificiosamente predecible. Mientras en su primer libro Así se fundó Carnaby Street la exploración se realiza en el mundo de la literatura infantil (convertida en puro kitsch a través de Disney y su mercadotecnia), el cómic de superhéroes o la televisión, en sus obras posteriores se opera una subversión más soterrada de los clichés de lo poético, mediante la violencia del contraste y la descontextualización. Así, en Narciso hay un ajuste de cuentas con el kitsch en ‘Glosa a un epitafio (carta al padre)’, donde se parafrasea un edulcorado poema de Leopoldo Panero [vii] con imágenes de horror, incesto paternofilial y necrofilia: “solos los dos, y amándonos / sobre el lecho de la pausa, como se aman los muertos (…), / aquí, ¿debajo o por encima? de esta piedra”, la piedra bajo la cual se espera, en el epitafio original, “la resurrección de la carne”, convertida aquí en abyecto escenario de una cópula con el padre transexualizado: “solos tú y yo, mi amada, / aquí, bajo esta piedra”.     
Otra desautomatización del kitsch se produce mediante determinados vocablos cargados de presupuesto valor poético, que remiten de forma artificiosa al registro de lo lírico. De ahí la insistente presencia de imágenes hipercodificadas como la rosa (y, sobre todo a partir de los 90, animales simbólicos como el ciervo, el águila o el sapo), que integradas en un contexto de sordidez recobran una extraña sugestión: “La aguja dibuja lenta / algún ciervo entre mis venas / cuando el veneno entra en sangre / mi cerebro es una rosa” (Heroína y otros poemas, 1992), O la palabra “alma”, reiterada en no pocos poemas: un concepto que en Leopoldo María Panero –cuya cosmovisión deriva de Nietzsche, Hegel y Lacan– sólo se explica como huella de una ideología gastada de lo poético que ha de subvertirse mediante imágenes de horror alucinatorio: “Dos atletas saltan de un lado a otro de mi alma / contentos de que esté tan vacía (…) / Y se repartirán los huesos de mi alma. / Mi alma. Mi / hermano muerto fuma un cigarrillo junto a mí” (‘El circo’, en Narciso…[viii]. El imaginario romántico y las categorías heredadas irreflexivamente por la tradición desde el dolce stil nuovo y el petrarquismo sirven de pasto de la destrucción y la nihilización; o más propiamente como elementos primarios de esa transformación alquímica mencionada en los prólogos de Teoría y El último hombre [ix], capaz de extraer de la putrefacción lo nuevo:

                 Y pregunté
—te pregunté entonces—: «Será mi alma
buen alimento para perros?» Y contestaste: «no esperes
que ella sirva para otra cosa: fue creada
y pensada lo mismo que tu cuerpo y huesos para
nutrición de los perros finales —lo mismo
que tu palabra». «Y ¿nada he de esperar?» «Nada».
Y vi cómo espadas y corazas y yelmos
surgían sobre el campo más yermo.
Y me olvidé.

(‘Eve’, Narciso en el acorde último de las flautas, 1979)









(IV.)      Mientras tejías alguien destejía

La locura como experiencia textual, hemos dicho: la destrucción del yo-autor profetizada en el preámbulo a Teoría tendrá como estrategia, en los libros posteriores, la relectura y recreación de otras voces, otros textos. Como señala Rodríguez de Arce “la palabra poética de Panero aparece dividida en sí misma y de sí misma; las otras voces matan la voz y mueren bajo la voz del poeta (…). El no ser del madrileño consiste en ser a través de todos los poetas que constituyen su vastísima bibliografía personal” [x].
Si bien la transtextualidad es un fenómeno que está en la misma matriz del hecho literario, en Panero los mecanismos de alusión directa e indirecta, plagio, cita apócrifa, pastiche, etc. cobrarán progresivamente –en especial, a mi juicio, hasta El último hombre (1983)– una recurrencia paroxística, insólita en la poesía española. Este diálogo obsesivo con lo ya dicho, en contraste con otras prácticas intertextuales presentes en los poetas de su generación y posteriores, se convierte en un acto de violencia, de torsión y apoderamiento de otros textos, y en última instancia conforma una visión de la literatura como demencia colectiva.
Más que las referencias a autores de los siglos XIX y XX (con Poe, Carroll, Trakl, Eliot y Pound como presencias más insistentes), especialmente sintomática de esta violencia es la apropiación y reelaboración de textos pertenecientes a los momentos fundacionales de la poesía occidental: los líricos grecolatinos y los trovadores provenzales. Una inocente cantiga de Giraut de Espanha puede integrarse en un tenebroso canto al poder de la droga, entre alusiones a Marcel Schwob y Thomas de Quincey (“per amor soi gai / alegría de la nada”, en ‘Condesa morfina’, de Teoría), o el célebre verso de Guillem de Peitieu “farai un vers de dreit nien” (“haré un poema sobre absolutamente nada” o “desde la pura nada”) actualizar su sentido, transformándose lo que en el texto original era una ironía desencantada sobre el amor cortés [xi] en un mallarmeano enfrentamiento del lenguaje con la néant: he muerto y sé mi nombre, sé / faire un vers de dreit nien” (‘De cómo Ezra Pound entró en el reino de los muertos, partiendo de mi vida’, de El último hombre).
Esta torsión del sentido, que redescubre la modernidad de textos pretéritos, alcanza su mayor fuerza subversiva en Dioscuros (1982). En un momento en que la presencia clásica en las letras españolas había derivado no pocas veces hacia vaporosas idealizaciones de la antigua Grecia, bacanales romanas con aire de cine erótico de los años setenta o actualizaciones urbanas de tópicos literarios dignas de un taller de poesía –de nuevo, el kitsch: imitaciones trivializadas, aplaudidas además como Alta Literatura–, Panero reescribe entre líneas los epigramas grecolatinos para desvelar, como en un palimpsesto magullado o semidestruido, los signos de una civilización sumida en un crepúsculo de amoralidad, sadismo y perversión:

            Cuando por fin, Alcmanes, amor nos declaramos (…)
                no en un árbol quisimos grabar aquella unión
                y que fuera la driada del único portento
                testigo vano y mudo, pues detesto a los dioses:
                en medio de aquel bosque tropezamos a un niño
                y en su espalda rosada, con fuego,
                lentamente escribimos los nombres.

No es la tan recreada decadencia romana o griega lo que subyace a este mosaico de voces anónimas, sino un nihilismo áspero, cruel y turbador, que emerge desde las formas reconocibles de los orígenes de la lírica occidental: “Recuerdas que en el día / feroz en que muriera / la suave Cipria de quien tan dulcemente / en las noches de estío con la boca abusábamos ambos / unimos nuestra orina en el único vaso / y bebimos los dos con la risa de un niño?”. La obra apocalíptica de Panero, obsesionada con la idea de escribir el último libro, no concibe la literatura sino como simultaneidad sin presente ni pasado, una red cuyos filamentos pueden ser destejidos, recombinados, retorcidos para buscar una salida del “estúpido / pero eficaz laberinto” [xii] de la razón, un agujero que desmienta la coherencia de la trama, llamémoslo locura, terror o simplemente experiencia poética:

La lectura, y con ella el acto de escribir que es su deudor y su “vasallo” real, y la literatura en su conjunto, son un sistema, del que los autores no son sino parásitos. No hay para ella “historia” lineal e irreversible de la literatura, sino sólo un espacio sincrónico, infinitamente reversible; no hay estructura lineal, sino de tejido, en el que cada elemento, cada costura indica la dirección de todos ellos.  

(Prólogo a Visión de la literatura de terror anglo-americana, 1977)

                                                          




[i] Cfr. Philippe Brenot, El genio y la locura, Ediciones B, 1998.
[ii] La expresión es del propio Panero, en el prólogo a su traducción de Peter Pan de James M. Barrie, Libertarias, p. 13.
[iii] Virginia E. Zuleta, “Escribir con Artaud: aproximaciones deleuzianas”, VIII Congreso Internacional de Teoría y Crítica Literaria Orbis Tertius, Universidad Nacional de La Plata. Enlace: http://citclot.fahce.unlp.edu.ar/viii-congreso
[iv] Gilles Deleuze, ‘Présence et fonction de la folie: l'Arraignée’, en Marcel Proust et les signes, Presses Universitaires de France, 1976.
[v] Gerard Genette, Palimpsestos: la literatura en segundo grado. Taurus. pp. 9–10.
[vi] Chantal Maillard, Contra el arte, Pre-Textos, p. 35.
[vii] Ha muerto / acribillado por los besos de sus hijos, / absuelto por los ojos más dulcemente azules / y con el corazón más tranquilo que otros días, / el poeta Leopoldo Panero, / que murió en la ciudad de Astorga / y maduró su vida bajo el silencio de una encina. / Que amó mucho, / bebió mucho, y ahora,/ vendados sus ojos, / espera la resurrección de la carne / aquí, bajo esta piedra”. Cfr.  Túa Blesa, Tránsitos. Escritos sobre poesía. Tirant lo Blanch, 2004.
[viii] Cuanto menos elocuente es esta personal visión materialista del concepto de alma: “Existe, en efecto, una tortura conocida hasta ahora como ‘suplicio de los pantalones’, la aniquilación de esa defensa que es el vestido y el traje, encargada de proteger lo que en proxemia se llama el ‘territorio’: en otras palabras el halo, el alma, el campo bioeléctrico que sella nuestra identidad”. Prólogo a Heroína y otros poemas, Libertarias, 1992.
[ix] “El libro que he realizado, El último hombre, que es una leyenda alquímica representativa de la primera fase de la obra, también llamada nigredo (oscurecimiento) o Putrefactio (putrefacción)”. Prólogo a El último hombre, Libertarias, 1984.
[x] Ignacio Rodríguez de Arce, “Poética de la intertextualidad en Leopoldo María Panero”, Ogigia, revista electrónica de estudios hispánicos, 6, 2009, pp. 32-33.
[xi] Farai un vers de dreyt nien: / non er de mi ni d'autra gen, / non er d'amor ni de joven, / ni de ren au, / qu'enans fo trobatz en durmen / sus un chivau” (“Haré un poema sobre absolutamente nada: / no irá de mí ni de otra gente, / no irá de amor ni juventud, / ni cosa alguna; / pues así lo compuse durmiendo / sobre un caballo”, traducción mía).
[xii]Vanitas vanitatum’, en Teoría.



jueves, 3 de abril de 2014

Acerca de "Fármaco"



"el martillo, el cincel y la cizalla están aquí..."




El Estado y sus metáforas clínicas. Adolf Hitler como “cirujano de Alemania”, Jorge Videla hablando de la subversión como tumor que era preciso “operar sin anestesia” y “hasta el hueso”. O Fidel Castro en 1985: "La deuda es un cáncer, entiéndase que es un cáncer que se multiplica, que liquida el organismo, acaba con el organismo; es un cáncer que requiere una operación quirúrgica. Toda solución que no sea quirúrgica, les aseguro, no resuelve el problema". Menos llamativas acaso, por habernos acostumbrado a ellas, las metáforas clínicas de la Economía: oímos continuamente hablar de ‘activos tóxicos’, del ‘contagio’ de la crisis, su ‘diagnóstico’ y sus ‘síntomas’, de ‘países intervenidos’, de ‘inyecciones de liquidez’, de ‘medidas preventivas’ para el ‘saneamiento’… 


Todas ellas conformando un mismo metarrelato: las acciones del estadista o tecnócrata representadas como intervenciones quirúrgicas, con la asepsia del quirófano y el ascetismo de la ciencia; el temor a la enfermedad y la muerte extendido a todo el cuerpo social; el sufrimiento como mal necesario (pre y postoperatorio); la objetividad fría e inevitable del diagnóstico; la extirpación de los elementos necrosados o infectos; el investimiento con la pureza moral del cirujano y su poder demiúrgico, taumatúrgico. Traumatúrgico.



***


Fármaco (un tríptico) es un texto escrito con rabia como intento de respuesta -visceral e intelectual- a este tumor de lenguaje, a esta proliferación del miedo, entre finales de agosto y mediados de noviembre de 2013. También como un nuevo ajuste de cuentas con otras cuestiones que me han obsesionado desde hace muchos años. Es grito y tesis doctoral al mismo tiempo, resultado de un trabajo de investigación y recreación diarios durante el periodo mencionado. El sentimiento de urgencia -irracional, supongo, en gran medida- que lo provocó hizo que, por primera vez, concibiera el poema como algo que debía ser publicado de inmediato, pues no pertenece sino a este ahora y este aquí. Podéis leerlo en el número de febrero de la revista digital Kokoro.






jueves, 15 de marzo de 2012

(homenaje a) Unica Zürn



Ella no logra decir ‘yo’, tampoco unir las cuatro líneas de un cuadrado como el médico le ordena. Ni abandonar la dicha de trazar una mujer cuya boca sonríe entre sus mismas piernas; está el problema de los dientes, encajarlos dentro de su cabeza o de su sexo. Así que los dibuja fuera. Se toca un poco las encías. Piensa: mis pensamientos son apócrifos. La frase se retuerce, engendra impresionante cosmos, siamés inconformista y ósmosis pasmosa. ‘Firme aquí’, le dicen. Se ve a sí misma escribir: mi nombre es látigo, y sus palabras ríen, deshacen y componen un tejido inagotable, hacen el amor consigo mismas: libero magnetismo – ágilmente sombrío – bimetalismo negro – gelatinoso mimbre – símbolo emigrante. Transforma su locura imaginaria en irracional amiga, o mala irrigación. ¿Y si el papel en blanco es ella misma, la blancura transparente de su torso que deja ver arterias, capilares, finísimas ramificaciones como un bosque de lenguaje que se agita al respirar? El médico murmura: esta mujer es peligrosa, está radicalmente viva.





(imágenes: Unica Zürn)

(texto: R.M.)



martes, 7 de diciembre de 2010

sintonizando a ballard (4): intersección con cronenberg: crash



"[esta película] exalta la moralidad del sátiro, de la ninfómana, del violador, del pedófilo... marca el punto en el que incluso una sociedad liberal debería trazar la línea"

(reseña en Daily Mail, 1996)

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"Este autor está más allá de cualquier ayuda psiquiátrica. NO PUBLICAR"

(informe de una lectora de cierta editorial británica, 1973)

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"sex + technology = the future"

(J.G.B.)

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[Ballard] "Como parte de una calculada prueba para los visitantes, contraté a una chica para que los entrevistase a través de un circuito cerrado de TV. En un principio acordamos que iría desnuda, pero en cuanto vio los coches me dijo que sólo estaba dispuesta a hacerlo en topless (...). La fiesta de inauguración degeneró en una bronca de borrachos y la chica fue casi violada en el asiento trasero de un Pontiac. Los coches se expusieron sin problemas, pero durante el mes que duró la exposición fueron atacados continuamente por los visitantes a la galería, que rompían ventanillas, arrancaban los retrovisores, les echaban pintura blanca encima. La reacción general al experimento, en sí misma un desafío considerable a la mayoría de las nociones de la cordura, me convenció para escribir Crash."

(acerca de una exposición de coches siniestrados realizada en 1969 por Ballard; anotaciones a The atrocity exhibition, Re/Search, 1990)

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[Cronenberg] "Una de las cosas que más me deslumbraron del libro es que te sugiere hechos que en la superficie son absolutamente repugnantes e imposibles, y, hacia el final, son lo más normal del mundo.  Te das cuenta de que tenías todo eso dentro, y que te ha revelado partes de ti que estaban allí, pero que nunca habías sido capaz de reconocer. Por supuesto, esta es una de las funciones primordiales del arte, y Crash la consiguió conmigo.

Por eso, en la época en que rodaba la película, estas cosas las comprendía. Y no han cambiado desde entonces. Lo que ha cambiado es que la gente me cuenta sus reacciones a la película, cómo salieron del cine y de repente miraban el tráfico de manera completamente diferente, y cómo han cambiado su percepción de su vulnerabilidad al volante, su relación con los coches, la violencia de los coches. Y ese sentimiento que todo el mundo ha tenido, que muy pocas personas reconocerán, de que les encantaría haber chocado contra alguien - sea por rabia, por curiosidad o por algún otro extraño impulso. Siempre reprimido, por supuesto, o casi siempre."

(entrevista en ArtForum, 1997)

"The crash was the only real experience I had been through for years"

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[Ballard] "Creo que la imagen clave del siglo XX es el hombre en el automóvil. Es la suma de todo: los elementos de velocidad, drama, agresión, la fusión de publicidad y bienes de consumo con el paisaje tecnológico. La sensación de violencia y deseo, poder y energía; la experiencia colectiva de desplazarse juntos a través de un paisaje elaboradamente cifrado (...), la extraña historia de amor con la máquina, con su propia muerte."

(narración para Crash, a short film, 1971)

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[Cronenberg] "El primer accidente de Ballard [el personaje] puede ser interpretado como una liberación, una verdadera epifanía, la revelación repentina de la fragilidad de su existencia y de su cuerpo. Implica que el cuerpo es en su base un objeto virgen amenazado por una degradación brutal (...). En mi película, los personajes viven una experiencia religiosa y parten en busca de aquellos que también la han tenido, aunque no llegan a comunicarse verdaderamente con ninguno."

(del documental David Cronenberg: i have to make the world be flesh, 1999)

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[Ballard] "Los seres humanos tienen una capacidad casi ilimitada para absorber lo psicológicamente perverso, porque todo está amortiguado por los medios electrónicos que se interponen entre nosotros y las imágenes. Más cuando hay un proceso en marcha -del que Crash es una parte, creo- que yo llamo la 'normalización de lo psicopático'. Cada vez más conductas que solían parecer aberrantes o perversas son aceptadas como un comportamiento más o menos convencional. Esta normalización de lo psicopático ha desactivado enormes áreas de la perversión sexual -y de la imaginación humana, en general."

(entrevista en ArtForum, 1997)

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[Cronenberg] "Al referirme a la sexualidad del film diría que es un alien sex. Si el sexo no induce a la reproducción, los órganos sexuales pueden ser reinventados. El personaje de Rosanna Arquette tiene, a consecuencia de un accidente, una cicatriz inmensa en forma de vagina que recorre la parte alta de su muslo. Y el personaje de James Spader la reconoce como tal: se trata de un órgano aún más excitante que una vagina, ya que está asociada a un accidente y a una cierta forma de mutilación y de transformación. Se trata en el fondo de una sexualidad muy humana, pero en una versión inédita, más extraña, sin duda, y que corre el riesgo de expandirse."

(del documental David Cronenberg: i have to make the world be flesh, 1999)

[Ballard] "Crash, por supuesto, no trata de una catástrofe imaginaria, por muy próxima que pueda parecer, sino de un cataclismo pandémico institucionalizado en todas las sociedades industriales, y que provoca cada año miles de muertos y millones de heridos. ¿Es lícito ver en los accidentes de automóvil un siniestro presagio de una boda de pesadilla entre la tecnología y el sexo? ¿La tecnología moderna llegara a proporcionarnos unos instrumentos hasta ahora inconcebibles para que exploremos nuestra propia psicopatología? ¿Estas nuevas fijaciones de nuestra perversidad innata podrán ser de algún modo benéficas? ¿No estamos asistiendo al desarrollo de una tecnología perversa, más poderosa que la razón?"

(prólogo a la edición francesa de Crash, 1974)

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[Cronenberg] "No pienso que la tecnología nos esté haciendo algo. Quiero decir, tengo muy claro que la tecnología es nosotros. Así que fusionarse con la tecnología -nuestros cuerpos confundidos con el metal- es fusionar nosotros con nosotros, con diferentes aspectos de nosotros. No existe tecnología sin la mente humana. La tecnología es la voluntad humana hecha física -la encarnación de la voluntad y la creatividad humanas. No viene del espacio exterior ni se nos ha impuesto."

(ibidem, 1997)


"maybe the next time"

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[Ballard] "A lo largo de Crash he tratado el automóvil no sólo como una metáfora sexual sino también como una metáfora total de la vida del hombre en la sociedad contemporánea. En este sentido la novela tiene una intención política completamente separada del contenido sexual, pero aún asi prefiero pensar que Crash es la primera novela pornográfica basada en la tecnología. En cierto sentido la pornografía es la forma narrativa más interesante políticamente, pues muestra cómo nos manipulamos y explotamos los unos a los otros de la manera más compulsiva y despiadada.

Por supuesto, la función última de Crash es admonitoria, una advertencia contra ese dominio de fulgores estridentes, erótico y brutal, que nos hace señas llamándonos cada vez con mayor persuasión desde las orillas del paisaje tecnológico."


(prólogo a la edición francesa de Crash, 1974)

lunes, 14 de diciembre de 2009

intersecciones: jarboe / thomas stearns eliot




cuando estás "colocado"
si pudieras ver lo que yo veo
en tus ojos infantiles, vacíos y desenfocados
verías la fija mirada azul de mi padre
y el horror
de la pérdida del lenguaje
en un hombre culto que recitaba a Shakespeare
y conocía el nombre en latín de cada árbol
el anonadamiento como injusta y cruel sentencia
y la muerte del cerebro.

cuando estás "colocado"
¿qué ves?

sus últimas palabras desde el quirófano.
sus últimas palabras para mí.
sus últimas palabras:


ardiendo
ardiendo
ardiendo





When you're 'high'
If you could see what I see
In your unfocused empty child-like eyes
You'd see my father's blue stare
And the horror
Of the loss of language of an educated man
He recited poems by Shakespeare,
Knew the name of every tree in Latin Memory
The unjust cruel sentencing of bewilderment
And the dying of the brain.

When you're 'high'
What do you see

His last words to me from surgery
His last words to me
His last words:

burning
burning
burning


("His last words", del álbum Neurosis & Jarboe -2003-; trad.: R.M.)






"En las Arenas de Margate.
No puedo relacionar
nada con nada.
Las uñas rotas de manos sucias.

Mi pueblo humilde pueblo que no espera
nada"
la la

A Cartago llegué entonces

Ardiendo ardiendo ardiendo ardiendo
Oh Señor Tú me arrancas
Oh Señor Tú me arrancas

ardiendo



"On Margate Sands.
I can connect
Nothing with nothing.
The broken fingernails of dirty hands
My people humble people who expect
Nothing."
la la

To Carthage then I came

Burning burning burning burning
O Lord thou pluckest me out
O Lord thou pluckest

burning

(fragmento de La tierra baldía -1923- de T.S.Eliot; trad.: J.M.Valverde)

jueves, 26 de noviembre de 2009

haz tu propia película de... david cronenberg








(por Spaulding)





1) Piense en todo tipo de enfermedades degenerativas y, a ser posible, que impliquen una degradación tanto psíquica como física en el infortunado individuo que la padezca. Personalmente, me inclinaría por un delicioso combinado entre la lepra y la esquizofrenia.


2) Para darle más realeza al asunto, inocule unas cuantas bacterias portadoras del organismo Mycobacterium leprae al que haya elegido como protagonista de su film. Las citadas bacterias puede conseguirlas a buen precio en el mercado negro, en su farmacia habitual o hurgando en las tapas del esmerado Bar Manolo, Cocina Familiar. La última opción es la más efectiva y económica.

3) Su protagonista ha de ser un tipo alto, desgarbado y con pinta enfermiza. Sin ir más lejos y buscando en nuestro país, me inclinaría por una especie de Oscar Ladoire. Una vez dispuesto, llénelo de llagas, protuberancias y heridas abiertas.






(Oscar Ladoire)





4) Es indispensable que, en una de las escenas clave de la película, un fermoso y rollizo gusano asome lentamente por una de las heridas. Se trata del momento ideal para que la novia de Ladoire le dé un lascivo lametón al asqueroso gusarapo. Con ello, causará un efecto fenomenal a la platea.


5) Su Oscar Ladoire particular ha de ser un personaje misterioso y gris; un funcionario empleado en los funestos y polvorientos sótanos de una oficina de Correos. Tras ver Ben-Hur en un cine de mala muerte -al tiempo que una puta vieja y desagradable le practica una manola-, quedará prendado de las familiares leprosas de Charlton Heston. Es tal su obsesión por esas dos mujeres que adquirirá irrefrenables deseos de contraer tan bíblica dolencia. Para ello, acude a la leprosería más cercana y le hace el amor, de manera altamente apasionada, a una paciente del centro médico.



6) La paciente ha de ser una mujer bella y sensual, pero purulenta y llagada. Él ha de meterle la lengua por todos los orificios de su cuerpo, hasta que descubra que la leprosa, aparte de las heridas causadas por su enfermedad, está dotada de un rabo rosado en forma de caracolillo al final de su coxis. Ello le causará tal trauma psicológico que, al empezar a notar los primeros síntomas del contagio, iniciará una sanguinaria e imparable carrera como serial-killer, acabando con la vida de todos los tocinos de su comarca.



(fotograma de Crash)

7) La fotografía de la película ha de ser muy oscura, exageradamente tenebrosa. La ambientación intemporal, para que el espectador nunca sepa si se trata de un film futurista o del pasado. Es indispensable que la mayor parte de sus pasajes sean tratados de manera onírica. La mezcla entre realidad y sueño nunca falla: le dará prestancia a su producto.


8) Nunca han de quedar claras las intenciones por las que Ladoire mata a tantos puercos. Todo ha de ser confuso, aunque con sus actos (y siempre pensando en el espectador más curtido e inteligente) ha de apuntar sibilinamente hacia cierta crítica de la sociedad actual. El abuso del precio del jamón tras la instauración del euro, la similitud entre las pocilgas y los consejos de ministros o el malestar de los payeses por sus condiciones de trabajo, han de convertirse en segundas lecturas escondidas tras los crímenes cometidos por tan pusilánime leproso.




(fotograma de La mosca)




9) No se olvide jamás de colocar alguna que otra referencia a una posible rebelión de las máquinas (la aparición de una lavadora con voz propia o de un secador de pelo fabricado con piel de gallina, son dos buenas y alegóricas imágenes sobre el tema).




10) De vez en cuando, sin abusar demasiado, haga que algunas de las protuberancias e hinchazones de Ladoire vayan explotando. Un manchón de pus sobre un espejo siempre resulta de un efectismo tremendo. Y más si el impacto de la secreción va acompañado de un contundente efecto sonoro; algo así como un flashpruffffshi compuesto con la ayuda de un teclado electrónico. Con esa supuración expulsada a mucha velocidad contra el cristal, conseguirá una ingeniosa alegoría en la que el ser humano como individuo, único e intransferible (el pus), se vea reflejado (el espejo) como una partícula más de la ponzoñosa sociedad en la que se ve inmerso.








11) El final ha de ser inconcreto. Muy inconcreto. Le propongo una plano picado y alejándose hacia atrás en el que Ladoire, hecho trizas y con todos sus pellejos levantados, esté follando de nuevo con la leprosa. El marco escenográfico ha de ser el interior de una pocilga, mientras varios cerdos observan como copula la pareja. Ella, la leprosa, ya estará sanada: ni una sola llaga en su cuerpo. Y la cola de cerdo que la caracterizaba habrá desaparecido por completo.



Con estos ingredientes habrá logrado una película de culto, de esas que aguantan años y años en sesiones golfas de fines de semana. Centenares de internautas dedicarán páginas exclusivas a su título. Y tras unos diez o doce productos más con constantes similares, podrá filmar una obra maestra en la que no habrá ni una sola purulencia.