domingo, 9 de marzo de 2014

Dos poemas de Leopoldo María Panero





(Joel-Peter Witkin, The Kiss)






EVE


Porque hiciste mi gesto eterno supe
que eras la muerte: porque ella sólo podía
amarme si no había
                             hombres para mí, vivos:
sólo ella
             podía amarme: y supe también que tú eras
la muerte, y que me amabas.
El rostro de la Humanidad era
para mí el de nadie: como para ella,
como para ti: eres negra y no quieres
nada de lo que vive y no sabe
hasta morir que te desea.
                                      Y vi a través de ti, cómo surgían
y surgen cabezas de la tierra helada:
cabezas, yelmos, corazas, espadas
es el fruto que cosecha la tierra en este año
que tanto recuerda al Último, al siguiente,
y me amaste porque yo lo veía, porque
veía crecer ya en el huerto el fruto
monstruoso que incorporaba en sí
todo dolor e injusticia y desastre
y me dijiste: «He aquí mi primer hijo
yo que nada sabía del ridículo gesto
de nacer!». Y agregaste:
«Este reirá de todo,
y lo encenagará todo con
el veneno de su risa mortal:
                                         cuando no haya nadie
que recuerde cómo se reía, este reirá».
Y te reíste de mí, como mi madre
al ver que yo había nacido de ella.
                                                    Tan inmenso
era el frío en las ciudades
que algunos sabían que no era locura
ni es, creer que caerán —sobre mí
o seré yo el que caiga al morir sobre tu cuerpo.
                                                          Pero en el frío crecían
seguían creciendo —la peor de las alfombras
de césped— los huesos y la carne de los soldados
que crecían sobre la tierra helada. Y me dijiste:
«ellos no tendrán miedo, porque están
muertos, lo mismo que tú que me amas,
                                                             a mí que soy negra
como la vida e hice una piedra de tu gesto»
Y los muertos brotaban sobre la tierra húmeda
—cabezas, yelmos, corazas y espadas
porque la Muerte se había hecho vida.
                                                           Y pregunté
—te pregunté entonces—: «Será mi alma
buen alimento para perros?» Y contestaste: «no esperes
que ella sirva para otra cosa: fue creada
y pensada lo mismo que tu cuerpo y huesos para
nutrición de los perros finales —lo mismo
que tu palabra». «Y ¿nada he de esperar?» «Nada».
Y vi como espadas y corazas y yelmos
surgían sobre el campo más yermo.
Y me olvidé.











(David Nebreda)






MANCHA AZUL SOBRE EL PAPEL


Para encontrarse otra vez como perdido
- Hegel


Leí mucho y no recuerdo nada. Y en la
habitación del fondo mi madre
se pudre, es un pez. El
palacio de la locura está
lleno de animales
                           verdes con
motas anaranjadas como ácidos y
cubiertos de polvo: entra,
ven.
        No me acuerdo de ti, Pere
decía, creo, lo contrario, Pound
sin talento, a Paz le
gustó mucho: moscas
vuelan alrededor del árbol. Oh, yo
también devoro moscas, a veces me atraganto, tantas
hay, crudas, sí, que no resisten
la cocción (Capítulo III de
L´Alchimie rétablie de Canseliet, «So-
llicitations trompeuses et..............»),
los senos del niño. Enormes y caídos. Qui
scribit bis legit.
                        Y en los ojos una escalera empieza.
Y vuelvo, vuelvo como un sueño,
como los sueños vuelven, sin entrar,
vuelve a soñarme, allí. Mientras duermen,
duermen, duermen, en la Morgue
"avec les yeux grand ouverts" —vuelve
y la casa desierta, o hay extrañas
gentes que no conozco, cerebros ilegibles. Largo
el viaje por mar. Y en la habitación condenada se
encontró, muertos,
los extraños que vivían allí,
en la casa del confín (Hogdson)
                                                 sin hablar, un niño
enteramente recubierto de escamas —al tocarlo
sentimos una humedad, afilada y
fría como un cuchillo: sin conocernos. Había
también la soga colgada de una moldura
con la forma, en su extremo,
de una cabeza.
Suicidarse y seguir viviendo,
esta frase pertenece a alguien, a
Nijinski, quizá,
no estoy seguro —Largo
el viaje por mar. En una isla había
una caverna y dentro un
enano que no quiso decirnos su nombre.
Una rana le colgaba de la boca, casi lo olvido.
                                                                       Y mi madre
acariciaba al niño de escamas, y de
vez en cuando retraía
la mano y la ponía
cerca de sus ojos, para mirar la humedad, las
gotas de agua fría deslizándose
sobre la piel. (Estaba
ciega como yo.) El
palacio de la locura está
lleno de agua y peces ciegos que tropiezan
en las profundidades, que relumbran. Ven, así
estás a salvo (golpeado, año tras año
por un látigo de luz, hasta la muerte), mucho menos
atroz estás a salvo: los peces
no hablan, lo mismo que los niños, no
se encadenan a una charla en la
que nadie responde ni te
responderá nunca, y que cesa
nada más formularse la pregunta —Do
I dare demasiado me atreví: sale agua
de mis ojos, y los ojos cosidos y la
boca ve y ando con los oídos. Escú-
chame tú, que pasas al lado, que me rozas
por la calle, ange à moitié mort. Que me rezas.
Cesa todo cuando se pregunta, dejan
de hablar. Se van. Guardó la
mano muerta de su hija en un vaso
con agua.
                Una mosca
come en mi mano. Una lluvia de sangre
cayendo en el cerebro de Charles. Hacía
frío Fort, la noche en que murió hacía
frío, sí, lo recuerdo, llovía. Pere
Gimferrer  —contrapunto
como en el canto VII de Pound  —no mera
sucesión de pinceladas, narración
ciega, sino la vida
y la mente toda puestas en juego,
y perdidas— aquí. Pere
Gimferrer y Carnero se casaron
en octubre, y su hija
de enorme falo goteando,
colgando, muerta.
Balanceándose como un péndulo,
mortal, goteando, en lo oscuro.
Hay un falo en mi boca, dos, y otro
erecto en mi ano, otro
lo arrastran mis pies.
                                Otro
cuelga de mi cabeza y araña
al pasar las paredes y deja
un rastro, y un sonido. Pero
al morir Charles Fort dijo:
Mi hijo está desnudo, allí,
en el suelo, la llave. Y esos no son
de mi Pueblo. Oculto
donde todos me ven, sello
de la carta robada, soy una princesa.
                                                         Ven a donde huyo.
Jamás me pudieron encontrar. Dije: estaré
siempre en el bosque, perdido,
en el bosque donde nací. Llueve,
llueve sobre el sexo de una mujer. Y bajo
el sol, rodeado de muchos, tengo frío. Y dije:
                                                                      «Ese que va allí,
ese que corre, que
                              al volverme hace una mueca,
                                                                           soy yo.
                                                                      Ácido disuelto
                                                                                en agua
caída sobre el papel.»






(De Narciso en el acorde último de las flautas, 1979)




ADDENDA: GLOSA A UN EPITAFIO




(De izquierda a derecha: Leopoldo María Panero, Sebensuí A. Sánchez, Rubén Martín y Begoña Callejón, Granada, 2010)


Conocí a Leopoldo María Panero durante una desquiciada semana del año 2010 en la cual permaneció en Granada. La única vez que el poeta visitó esta ciudad: nunca antes había sido invitado a engrosar la caudalosa lista de recitales, premios, conferencias y presentaciones de libros que se celebran anualmente en ella. Por supuesto, nada que tuvo que ver la Universidad ni otros cauces de la cultura oficial, sino con la obsesión de dos personas: Tomás García, editor de la modestísima editorial Alea Blanca, y Alfredo Rasines, quien peregrinó a las Islas Canarias y se instaló allí durante meses viviendo al parecer en una situación de casi indigencia hasta lograr gestionar su visita. De Rasines me diría Panero: está demasiado loco, me da miedo; esto permite hacerse una idea del talante de aquel proyecto del que había escuchado hablar, y por el que personalmente no hubiera apostado un céntimo, pero que terminó haciéndose realidad gracias también al poeta canario Sebensuí A. Sánchez, quien estaba encargado de acompañar al escritor y velar por su salud. Meses antes, recibí la llamada de Tomás García, confirmando que Panero venía a la ciudad y que Alea Blanca iba a organizar un recital y un pequeño volumen con inéditos; me instó a colaborar en todo ello, junto a Begoña Callejón, de quien solo conocía Las putas comen sushi, un pequeño poemario de feroz filiación paneriana. La propuesta me sorprendió bastante, ya que por entonces no podía estar más alejado del ambiente poético local y, salvo mi traducción de Emily Dickinson y algunos poemas publicados en plaquettes con motivo de un par de recitales, apenas tenía nada nuevo que mostrar desde hacía años, ni intención de hacerlo en breve.

Nos había elegido a Begoña y a mí porque deducía nuestra admiración por el autor de Last river together; una devoción no basada en su leyenda maldita ('que no usen mi torpe biografía para juzgarme', llevaba pidiendo desde hacía mucho) sino en sus demoledores e inclasificables libros de los años 70 y 80. No la locura, sino el discurso de la locura. Poemas como estos: brutales, monstruosos, en los que se jugaba a vida o muerte con la literatura concebida como demencia colectiva, atravesados de referencias a Pound, Lacan, la cosmología gnóstica o el Apocalipsis. Al parecer no éramos tantos los que en Granada un lugar donde la apacible sombra de la llamada "poesía de la experiencia", con su halo de desprecio a toda indagación en el lenguaje que no oliera a Jaime Gil de Biedma y sus epígonos, gravitaba aún pudiéramos decirnos influidos por él. Panero ejercía fascinación, pero probablemente muchos de los que asistieron a aquel multitudinario recital en el Jardín Botánico sabían de él -en el mejor de los casos- poco más que lo mostrado en la película de Jaime Chávarri. Con todo, fuimos unos privilegiados y no me sorprendió que hubiera quienes nos miraran con desconfianza, pese a que algunos que lo hicieron no serían capaces de mencionar siquiera dos libros suyos. (No me cabe duda de que Panero es uno de los poetas más leídos de España, pese a no haber recibido nunca un premio literario; pero se dice que en España la poesía se lee poco y mal.)

¡Rubén Martín...! ¡Poeta loco! fueron las primeras palabras que me dirigió, tras darme la mano sonriendo y antes de estallar en una rugosa carcajada, una risa inimaginablemente extraña que sería una de las constantes vitales de aquella semana. La noche en que me presentaron a Leopoldo María Panero acabaría siendo una de las más relevantes de mi vida reciente, pues también conocí a Begoña Callejón, quien sería después para mí la hermana que nunca tuve y me ayudó como nadie a sobrevivir a una de las etapas más caóticas de mi existencia. No tengo claro por qué cuento esto. Tal vez no puedo disociar esa risa desquiciada de la mirada luminosa y la sonrisa delirante de Begoña, con el fondo de mi propio estado mental derruido que sin embargo se dejaba contagiar por todo ello. El librito que íbamos a sacar para celebrar ese encuentro se titularía, irónicamente, Locos de altar. Para Panero no era más que una excusa para salir del manicomio, y en ningún momento trató de disimularlo; para nosotros, una excusa para conocer a Panero. Todos contentos y nosotros, concretamente, eufóricos. 


(Begoña Callejón y Leopoldo María Panero, 2010)

En ese primer encuentro en un bar del centro de Granada, en el cual Panero bebía coca-colas a tal velocidad que los camareros pasaron de la confusión a la desesperación, al no dar abasto con el registro de tapas que correspondían a las consumiciones, apenas hablé con él; la impresión de estar delante del autor de poemas que me han fascinado durante años era demasiado entumecedora, y me refugié en ir trazando lazos con Begoña y Sebensuí. Tras ser pagada la cuenta, el poeta nos acompañó al cuartel general de Alea Blanca, que recuerdo como un almacén repleto de ordenadores obsoletos y libros antiguos de toda índole; allí fuimos comprobando cómo la conversación con Leopoldo María Panero era muy semejante a sus poemas: a veces hilarante, a veces mortalmente seria, siempre enferma de la más poderosa literatura. En un solo parlamento cruzaba de forma vertiginosa frases en sus idiomas originales de Dante, Corbière, Blake, Virgilio o Pound. Reconocí una cita de este último ("the frogs singing against the fauns") y él respondió, muy serio: vaya, por fin un hombre con el que se puede hablar, para después soltar una de sus explosivas carcajadas. A partir de ese momento acercarme a él fue mucho más sencillo, aunque la tensión jamás se perdía. Panero era imprevisible y quizá por ello resultaba tan agotador seguir su torrente verbal y vital, seguirle hacia lugares desconocidos y de pronto delirantes. Reía y bromeaba, y de pronto su mirada se ensombrecía terriblemente, afirmando con crudeza: no soy un niño gilipollas. Recitó unos versos en inglés que no pude identificar y señaló: John Donne es mi poeta favorito. Aproveché para mencionarle su poema 'Ann Donne: undone'; me miró fijamente y corrigió mi pronunciación de la palabra undone con una fría rotundidad que me puso literalmente la carne de gallina, para después hablarnos de la dedicatoria de ese poema y otros a Ana María Moix. Era imposible rehuir la sensación de que, debido a la tortura yatrogénica de la que había sido víctima, Panero vivía en gran medida atrapado en el pasado, no sabría decir si por voluntad propia. A lo largo de esa semana, el hueco sintáctico de John Donne lo cubrirían muchos otros: T. S. Eliot es mi poeta favorito; Mallarmé es mi poeta favorito; Villamediana es mi poeta favorito; Ezra Pound es mi poeta favorito, en sentencias que parecían obedecer a las fluctuaciones de su estado de ánimo. 





Dictó a Tomás García un puñado de poemas inéditos, con una mezcla de desinterés y desdén hacia ellos; en cambio, cuando le mencionábamos alguno de sus poemas de Teoría o Narciso en el acorde último de las flautas comenzaba a recitarlos de memoria, con verdadero orgullo, con tremenda gravedad. Panero nunca ha ocultado que escribe por dinero desde hace muchos años. Ese fue el titular de la entrevista que le hicieron esos días en un periódico local, donde respondió a las ingenuas preguntas del periodista con su habitual talante corrosivo: Detesto el 'Romancero Gitano' de Lorca, me parece un libro repugnante. Ese tipo de herejías que la Poesía Española nunca le ha perdonado, menos aún que su talento o su escandalosa vida, como cuando dijo que Antonio Machado es un poeta para el bachillerato o No me gusta el Quijote, es una novela río asquerosa. El placer de blasfemar, de decir como los niños lo que muchos adultos respetables opinan y callan, es un privilegio exquisito del loco y un atentado contra quienes viven de la sacralización de la literatura. Contra la cultura española en general, y sus altares. Qué feo es Javier Bardem. Yo creo que podría matarlo telepáticamente. Conozco a un loco de mi manicomio que provocó con telepatía un accidente de trenesOtro privilegio: la fabulación, el cruce laberíntico donde la ficción trasmuta quién sabe qué realidades. ¿Sabes, Rubén? La CIA nos encerró en un manicomio a todos los de la antología de Castellet. Si no llega a ser por los poderes de Gimferrer, no hubiéramos podido escapar, me diría en otro momento. Qué listo es Gimferrer, era el más inteligente de todos...



                                                                                      (Leopoldo María Panero y R.M., 2010)


Como no podía ser de otra forma, el recital que organizamos en el Jardín Botánico fue un completo desastre. Begoña Callejón y yo intentamos recitar unos cuantos poemas para caldear el ambiente, pero Leopoldo, sentado cerca del micro, no dejaba de hacernos reír con bromas de mal gusto, obscenidades y frases inconexas. Después fue su turno y continuó haciendo lo mismo; se negó a leer los poemas de Locos de altar "este libro es una mierda, no quiero leer poemas de él", y comenzó a divagar sobre la CIA y sobre que España es un país insoportable, que si hubiera nacido en Francia las cosas serían distintas para él. El público por lo general estaba contento de la oportunidad de oírle, aunque un paleto con pinta de no haber abierto un libro en su vida ni ayudado de fórceps se sintió estafado y rebuznó improperios en voz alta, ante la risueña indiferencia del poeta. Todo ello en la ciudad donde se expele el premio de poesía más ambicioso del país, con una pantagruélica dotación de decenas de miles de euros, discursos de concejales de 'cultura' y copiosas cenas a costa de dinero público. Pensado así, su performance era un involuntario y refrescante corte de mangas.   

Después hubo una especie de celebración, en un café-bar cercano a la calle Pedro Antonio de Alarcón, al que por desgracia Begoña no pudo asistir. Se instaló un micro e improvisó un escenario, donde varios espontáneos recitamos poemas suyos. Leí 'La canción del crupier del Mississippi' y Leopoldo, que estaba sentado cerca, murmuraba o declamaba entre dientes algunos de sus versos: "Escribir en España no es llorar, es beber, / es beber la rabia del que no se resigna / a morir en las esquinas, es beber y mal / decir, blasfemar contra España / contra este país sin dioses pero con / estatuas de dioses...". A pesar del alcohol o gracias a él, pocas veces me he sentido tan electrificado por lo que recitaba como aquella vez: "... caerse húmedo babeante y tonto y / derrumbarse como un árbol ante los farolillos / de esta verbena cultural". De las muchas anécdotas memorables, quizá me quedo con una protagonizada por la poeta Natalia Manzano, que tímidamente se acercó a la mesa en que estábamos para decirme algo que no recuerdo. ¿Tú me has leído?, le preguntó Panero de pronto. «Sí», respondió ella. Entonces siéntate aquí. Hubo después más días con Leopoldo María Panero, más momentos de extrañeza, deslumbramiento y desconciertos, pero al fin y al cabo todo se reduce a eso, a ese gesto cordial y al mismo tiempo orgullosamente exclusivo, sectario casi. Estábamos allí sentados con Panero porque lo habíamos leído. No por el malditismo ni la leyenda ni el morbo que algunos pretenden cifrar como su única razón de ser, y que no son nada. "Vivo en la fantasía paranoica del fin del mundo y no solo no pretendo salir, sino que pretendo que los demás entren en ella", nos dijo también, citando de memoria palabras suyas de hacía décadas. Ahora el fin del mundo personal de Leopoldo ha llegado, después de sobrevivir a sus padres, sus hermanos, a Ana María Moix tan solo unas semanas. Inevitable pensar en aquello de la 'muerte propia' rilkeana, al fin con un gesto de paz y serenidad según cuenta su doctor. Inevitable sentirse triste, aunque Leopoldo se jactara de llevar muchos años ya muerto. Inevitable sentirse parte de unos pocos escogidos. Hora por fin de leer al poeta y olvidar al loco, el muerto viviente, el outsider. De leer el poema.






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