Traducción: Rubén Martín.)
martes, 1 de julio de 2014
Elizabeth Bishop: 'The Man-Moth'
Traducción: Rubén Martín.)
viernes, 29 de julio de 2011
villaurrutia: nocturno de la estatua

Soñar, soñar la noche, la calle, la escalera,
y el grito de la estatua desdoblando la esquina.
Correr hacia la estatua y encontrar sólo el grito,
querer tocar el grito y sólo hallar el eco,
querer asir el eco y encontrar sólo el muro
y correr hacia el muro y tocar un espejo.
Hallar en el espejo la estatua asesinada,
sacarla de la sangre de su sombra,
vestirla en un cerrar de ojos,
acariciarla como a una hermana imprevista
y jugar con las flechas de sus dedos
y contar a su oreja cien veces cien cien veces
hasta oírla decir: "estoy muerta de sueño".
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viernes, 8 de enero de 2010
cuatro secuencias oníricas de 2009
21 de junio (transcrito el día 22 de junio)
Una amiga y yo estábamos en una habitación muy estrecha, pero cómoda, medio desnudos (sin demasiadas connotaciones sexuales: teníamos calor), y yo le explicaba a ella que a diferencia del neocórtex, el sistema límbico es la parte más primitiva del cerebro y es la que rige el deseo y las emociones. Estábamos contentos porque el Estado nos pagaba la habitación para que debatiéramos sobre neurología.
23 de octubre (transcrito el mismo día)
Una chica y yo recorríamos en una especie de vehículo biplaza los exteriores de un gran aeropuerto abandonado, de noche. Entre los dos había una atracción antigua y obvia, queríamos follar pero alguna norma social o ética nos lo impedía. Así que nos dedicábamos a analizar qué lugares del aeropuerto eran los más apropiados para el acto sexual, fría y desapasionadamente, especialmente los rincones más vacíos.
Después uno de los dos sacó una foto de una prostituta tailandesa con el torso desnudo -alta, morena, sonriente, pechos muy pequeños-, que se ofrecía por sólo quince euros. Dado que no podíamos estar vínculados sexualmente de otra forma, planeamos tener trato carnal con ella los dos por separado.
18 de noviembre (aproximadamente)
Yo era el guitarrista David Gilmour, un cincuentón de pelo canoso y gafas, y caminaba de noche por una ciudad muy parecida a la mía pero de calles circulares, como una enorme rotonda peatonal. Pensé que era raro que ni siquiera yo conociera los discos que grabé en solitario tras la separación de Pink Floyd. De repente mi cuerpo empezó a transformarse, a rejuvenecer y decrecer, tomando formas femeninas. Me había convertido en una joven de unos veinte años, vagamente parecida a la Lily Taylor del film The addiction, y me sentía eufórica por haber recuperado de pronto ese tiempo de vida.
Empiezo a recorrer la ciudad en busca de alguien que me hiciera un carnet de identidad falso a nombre de Patricia Gilmour. Me pongo el iPod para escuchar los discos de mi antiguo yo pero dos toxicómanos, entre risas, intentan robármelo tirando de los auriculares. Echo a correr pero las calles son circulares por lo que calculo que tarde o temprano me atraparán. Meto la mano en el bolsillo de la chaqueta –de cuero marrón- y me doy cuenta de que llevo una navaja.
19 de diciembre , sábado
La escritora del siglo XIX a la que estoy traduciendo está a punto de dar a luz y yo debo asistirla, sentado frente a ella. Está tumbada en una camilla, completamente desnuda y con las piernas abiertas, apoyadas en una especie de muletas. Me sorprende ver que es bastante más voluptuosa que en los daguerrotipos; incluso demasiado voluptuosa para mi gusto. Me mira fijamente mientras comienza a masturbarse. Siento la tentación de intervenir, pero comprendo que mi labor como ginecólogo-traductor consiste en sostenerle la mirada mientras jadea cada vez más frenéticamente. Realmente parece estar disfrutando del parto, y yo también, aunque algo menos. Cuando llega al orgasmo, de su enorme vagina sale una mujer un poco más joven que ella, una adolescente, también desnuda y sin una gota de sangre en su piel.

