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lunes, 4 de enero de 2010

la culpa



– ¿Es usted inocente? –preguntó.

–Sí –dijo K. La respuesta a esta pregunta le causó alegría, especialmente porque la respondió ante un particular, es decir, sin asumir responsabilidad alguna. Nadie hasta ese momento le había preguntado de un modo tan directo. Para disfrutar de esa alegría, añadió:

–Soy completamente inocente.

–Bien –dijo el pintor, bajó la cabeza y pareció reflexionar. De repente subió la cabeza y dijo:

–Si usted es inocente, entonces el caso es muy fácil.

La mirada de K se nubló: ese supuesto hombre de confianza del tribunal hablaba como un niño ignorante.

–Mi inocencia no simplifica el caso –dijo K, que, a pesar de todo, tuvo que reír, sacudiendo lentamente la cabeza–. Todo depende de muchos detalles, en los que  el tribunal se pierde. Al final, sin embargo, descubre un comportamiento culpable donde originariamente no había nada.

–Sí, cierto, cierto –dijo el pintor, como si K estorbase innecesariamente el curso de sus pensamientos–. Pero usted es inocente. 

–Bueno, sí–dijo K

–Eso es lo principal–dijo el pintor.

No había manera de influir en él con argumentos en contra; a pesar de su resolución, K no sabía si hablaba así por convicción o por indiferencia. K quiso comprobarlo, así que dijo:

–Usted conoce este mundo judicial mucho mejor que yo, yo no sé más que lo que he oído aquí y allá, aunque lo oído procedía de personas muy distintas. Todos coinciden en que no se acusa a nadie a la ligera y que el tribunal, cuando acusa a alguien, está convencido de la culpa del acusado y que es muy difícil hacer que abandone ese convencimiento.

–¿Difícil? –preguntó el pintor, y elevó una mano–. Nunca se le puede disuadir. Si pintase a todos los jueces aquí en la pared, uno al lado del otro, y usted se defendiese ante ellos, tendría más éxito que ante un tribunal real.


Franz Kafka, El proceso