– ¿Es usted inocente? –preguntó.
–Sí –dijo K. La respuesta a esta pregunta le causó alegría, especialmente porque la respondió ante un particular, es decir, sin asumir responsabilidad alguna. Nadie hasta ese momento le había preguntado de un modo tan directo. Para disfrutar de esa alegría, añadió:
–Soy completamente inocente.
–Si usted es inocente, entonces el caso es muy fácil.
–Mi inocencia no simplifica el caso –dijo K, que, a pesar de todo, tuvo que reír, sacudiendo lentamente la cabeza–. Todo depende de muchos detalles, en los que el tribunal se pierde. Al final, sin embargo, descubre un comportamiento culpable donde originariamente no había nada.
–Bueno, sí–dijo K
–Eso es lo principal–dijo el pintor.
No había manera de influir en él con argumentos en contra; a pesar de su resolución, K no sabía si hablaba así por convicción o por indiferencia. K quiso comprobarlo, así que dijo:
–Usted conoce este mundo judicial mucho mejor que yo, yo no sé más que lo que he oído aquí y allá, aunque lo oído procedía de personas muy distintas. Todos coinciden en que no se acusa a nadie a la ligera y que el tribunal, cuando acusa a alguien, está convencido de la culpa del acusado y que es muy difícil hacer que abandone ese convencimiento.
Franz Kafka, El proceso